24 oct 2020

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El regreso de un icono del 'underground' de la transición

Memorias de un crítico de rock kamikaze

Oriol Llopis relata su vida por el lado salvaje en 'La magnitud del desastre'

   RAMÓN VENDRELL / Barcelona

Una entrevista con Iggy Pop en la que se quedó impresionado con el tamaño del pene del cantante. Una tarde de toros en Las Ventas con Johnny Thunders, que a su paso por el programa de tele La edad de oro le identificó al punto como camarada tóxico. Unas azafatas de una compañía aérea de las que aprendió a jugar con una cuchilla de afeitar con la lengua durante las sesiones de grabación de El fin de la década, de sus hermanos Burning. Un duelo de navajas abiertas con fines viciosos, aunque también para marcar territorio pues entre ambos no había precisamente simpatía, con Ramoncín. Robos cada vez más abultados de revistas y discos de la redacción de Rock Espezial para costearse su debilidad química. Son algunos de los episodios de su vida que Oriol Llopis relata en La magnitud del desastre (66 Rpm Edicions).

¿Oriol Llopis? Dado que su producción desde mediados de los 80 se limita a contados artículos en la publicación musical Ruta 66 habrá que presentarlo. Decir que fue el Keith Richards de la prensa underground (Star, Disco Express, Vibraciones... ) de la transición está justificado porque su estilo de vida kamikaze impregnó sus textos, pero es una definición que escatima el verdadero valor de Llopis, no otro que el poder evangelizador de su prosa novelesca, callejera y directa. El rock and roll era una religión, y él, un fervoroso profeta.

«Nick Kent -dice Llopis-, inglés que pontificaba desde el New Musical Express, y el francés Patrick Eudeline fueron mis modelos. Kent era exquisitamente analítico: te explicaba con precisión los hechos, por qué al entrevistado le incomodaba esto o lo otro... aparte de que tenía material de primerísima mano. Pillaba en los mismos sitios que el guitarrista de los Stones y, si se terciaba, iban juntos a ponerse a gusto en Richards Manor. Eudeline me atrapaba porque era gráfico. Para describir un disco no es necesario hablar de la música: si sabes hacerlo, narrar por ejemplo escenas de Santa Monica Boulevard en los 50 puede ser muy efectivo, y en eso era un maestro».

MISIÓN DE FE / Pero Llopis vivía en la cutre España de los 70, donde la cultura rock era una cultura alienígena. Burning, los «chuleaguiris» del barrio madrileño de la Elipa, según idiosincrásico hallazgo llopisiano, fueron una bendición que le permitió desarrollar una narrativa rock cercana. «Tenían una forma de entender la música, en este país y en su momento, que era una pura misión de fe suicida. Burning fue la primera banda de rock and roll que me permitió caminar junto a ella», dice.

La magnitud del desastre alterna (de forma un tanto caótica, no podía ser de otra forma) interioridades del mundo de la música popular moderna, filias del autor, estampas de una era extinta, abracadabrantes peripecias de un bala perdida y una vena reflexiva poco común en Llopis. No es tanto un regreso como un trozo de la subcultura rock de los 70 atrapado en ámbar. Incorrupto y orgulloso, aquí está el Llopis de siempre.

Un tipo que rechaza el malditismo como causa de su largo síndrome de Bartleby («¿un dosier sobre los nuevos románticos? Preferiría no hacerlo. En esta situación me encontré a principios de los 80. No hay que darle más vueltas») y al que san Bob Dylan le sigue pareciendo un tostón. «Vengo de un tiempo

-dice- en que Dylan era una voz no particularmente agradable y una guitarra de palo que a su vez no era particularmente sugestiva. Exponías esto y te salían con que 'lo que pasa es que no entiendes lo que dice'. ¿Y tú sí? No me jodas con que tú sí comprendes el supuesto mensaje. Cuando posteriormente empecé a entender lo que decía, entonces... entonces fue peor, tú».