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CRÓNICA

Marcia Ball, pura frontera

La cantante y pianista cerró con estilo y agitación el festival Blues & Ritmes

JORDI BIANCIOTTO
BADALONA

Las localidades de Vinton, Luisiana, y Orange, Tejas, están unidas a través de una carretera de 24 kilómetros que, el 20 de marzo de 1949, los padres de Marcia Ball recorrieron en busca del hospital más cercano para darle a luz. Con estos antecedentes, la cantante y pianista es un fruto del mestizaje fronterizo de dos tradiciones ya de por sí impuras: el blues tejano y el crisol afroamericano con sede en Nueva Orleans. Dicho así parece material de tesis antropológica, pero, el sábado, en el teatro Zorrilla, en Badalona (cierre del festival Blues & Ritmes), pudimos comprobar que todo es más fácil de lo que parece.

Un concierto de Marcia Ball es un festín de música americana roots sin coartada moderna ni pretensiones revolucionarias. Y así como el viernes Lambchop hubiera encajado mejor en una sala con asientos que en un Apolo con el público de pie, el sábado en el Zorrilla fue al revés, y las sillas encorsetaron a los asistentes en una sesión que desprendió ritmo y excitación. Música contagiosa defendida por una Ball de voz incisiva y con abundantes y trepidantes recursos al piano. Su digitación mezcló el dinamismo del boogie con huellas de rhythm'n'blues pantanoso, arropada por cuatro músicos; guitarra, bajo, saxo y batería.

BLUES-ROCK Y AROMA CAJUN / Ball apostó por su último disco, Roadside attractions, que tiene casi un año. Canciones robustas que se movieron entre un blues-rock de carretera y manta en That's how it goes y el perfume cajun de Look before you leap, con una nota sentimental en This used to be paradise, con citas al «abuelo pescador» e indicios autobiográficos.

Aunque la mayor parte del recital tuvo un tempo agitado (con piezas como Mama's cooking, Foreclose on the house of love o Party town), Ball ganó credibilidad al compensar las arremetidas rítmicas con incursiones en un blues más hondo y espiritual, como en Where do you go?, que evocó el desastre del Katrina, en su álgida adaptación de Louisiana 1927, de Randy Newman, y en ese I wish you well con el que nos deseó lo mejor en la tanda de bises. Muy edificante.