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DOMINICAL

La Cubana se va de bodorrio

La compañía catalana ha demostrado que de la cotidianidad se puede hacer parodia y espectáculo. Les visitamos en su cuartel general antes del estreno de 'Campanas de boda'

LUIS MIGUEL MARCO

El grupo teatral presenta su espectáculo Campanadas de boda. / RICARD FADRIQUE

Regresan al Tívoli de Barcelona, al teatro de sus amores. Allí han vivido muchas noches apoteósicas, desternillantes, memorables. A uno aún se le estira la sonrisa con el recuerdo de aquella Estrellita Verdiales, niña prodigio del cine español, que con aquel vestido amarillo cosido con margaritas perdía el mundo de vista en Cegada de amor. Vuelven al Tívoli, a partir del 2 de marzo, para hacernos reír de nosotros mismos utilizando la mejor de sus armas: la parodia, a partir de situaciones surrealistas y diálogos afilados. Son la gente de La Cubana, nos ahorramos las presentaciones. La obra se llama Campanades de boda y sí, esta vez nos vamos de boda-vodevil.

Visitamos la sede de la compañía semanas antes de vérselas con el público. Es una enorme nave de cinco plantas en Bellvitge (en L'Hospitalet de Llobregat. Barcelona). Un edificio consagrado a un arte antiguo: el teatro. Toda la historia  de la compañía está ordenada y almacenada aquí: Dels vicis capitals, Cómeme el coco, negro, Cegada de amor, Mamá, quiero ser famoso, Una noche de ópera... Hablar de templo de la comedia no sería impertinente. No hay altares pero sí varias vírgenes muy pías, alguna en tamaño portátil y con lucecitas incorporadas. Y muchas fl ores de plástico, luego sabremos por qué. 

Son las 10 de la mañana de un día gélido y los actores se maquillan y visten para esta sesión de fotos. Por momentos se desdoblan en sus personajes y se van por esos mundos de la improvisación.

El maestro de ceremonias es el director de la compañía, Jordi Millán, un diablillo de mirada pícara, puro nervio, el jefe supremo. Con él hablamos de la urdimbre con la que teje sus espectáculos. “El nuestro es un teatro artesanal y este edifi cio, el taller. Nuestras obras son como hacer un traje a medida: ahora acortas, ahora añades, ahora ajustas. O como hacer un árbol de Navidad al que vas añadiendo bolas y bolas hasta que esté bien cargadito, en plan cutrelux. Yo necesito tiempo, no puedo estrenar cada temporada. Es una forma de trabajar diferente, ni mejor ni peor. Desde que tengo la idea hasta que levantamos el telón pasa una eternidad. Con Campanades de boda llevamos cinco meses ensayando”. Lo explica en la sala donde trabajan, un espacio en el que han colocado un fondo blanco y el pastel de boda de atrezo que se ve en la foto que abre este reportaje.

“Si uno se fija, en los espectáculos de La Cubana siempre hemos demostrado que detrás de la vida cotidiana siempre hay teatro. Es marca de la casa. Empezó de forma inconsciente, hace más de 30 años, cuando hacíamos teatro de aficionado y ese sello no hemos querido perderlo. Aunque la compañía haya evolucionado muchísimo, yo y los que están conmigo desde el principio creemos que morirá con esa fi losofía”. Recordemos que nombres como Santi Millán y José Corbacho se curtieron en La Cubana.

DESPUÉS DE LA BODA, ¿FUNERAL? Lo dejamos caer y se hace el silencio. “Desengañémonos, La Cubana no tiene mucho sentido ni mucho lugar en el panorama cultural catalán actual, donde todo está pensado y trazado para un teatro público o para un teatro pequeño, de fabriquita, que puede estrenar tres montajes cada temporada. Nosotros no hemos tenido subvenciones, así que compañías históricas como la nuestra poco tienen que pelar ya”.

Suena a fi nal de ciclo. Pero Millán insiste en que, de funeral, nada. “Nunca haremos un funeral. Siempre hemos tenido claro que cuando tengamos que echar el cierre, lo haremos, sin más. De momento sabemos que los tiempos no están para tirar cohetes, pero nosotros con este montaje nos hemos gastado todo lo que teníamos. La apuesta es seria. Pocas compañías privadas se lanzarían a una cosa así, a una idea original y de gran formato. Si funciona, bien, y si no, ya veremos”.

VAN LLEGANDO LOS ACTORES para la foto coral del pastel nupcial, caracterizados como sus personajes, con todos los abalorios y alguno más. Están excitados. Se hacen fotos entre ellos con el móvil. Mont Plans ha traído su cámara digital y quiere inmortalizar el momento, aunque deja claro que el vestido le aprieta. Como en las bodas. “Es un ejemplo de ese teatro cotidiano del que hablaba -añade Jordi Millán-. Es como un rito ancestral y universal. Han pasado los años, han cambiado las costumbres, nos hemos modernizado, y aunque ya no es necesario casarse religiosamente, cuando lo hacemos por lo civil, usamos ese guion. Yo he alucinado en varias bodas gais a las que he ido invitado. Eran un calco de una boda heterosexual”.

Los cubanos parodian la gran parodia que todos hacemos al casarnos. Esa puesta en escena donde todo el mundo conoce a la perfección el papel que le toca interpretar. No vamos a destripar aquí el argumento, pero esta vez el enlace conecta Barcelona y Bombay. Ya saben, no importa la raza, las creencias religiosas, el dinero, la afi liación política o el sexo de los contrayentes: todos terminamos interpretando con rigor escénico nuestro personaje. El público también. Por cierto, los fl oripondios en estas fotos son porque la niña que se nos casa, Violeta, es hija de una familia barcelonesa venida a más que ha hecho su fortuna con la venta de flores las 24 horas.

Temas: La Cubana Teatro