'en el jardín de las bestias'

El profesor que no pudo plantar cara a Hitler

Erik Larson convierte en una novela la vida del embajador de Roosevelt en Berlín

William Dodd y su familia en Hamburgo.

William Dodd y su familia en Hamburgo. / CORTESÍA EDITORIAL ARIEL

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ERNEST ALÓS
BARCELONA

Las voces que clamaron como Casandra anunciando los peligros del régimen de Hitler fueron muchas. Y la del embajador que envió el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt a Berlín en 1933, William E. Dodd, no fue ni una de las más heroicas ni de las más eficaces. Sí quizá una de las más patéticas. Su historia, explicada por Erik Larson enEl jardín de las bestias (Ariel),con derroche de documentación y notas pero también con gracia narrativa, se convirtió en un inesperadobest-sellerel año pasado en EEUU.

Dodd era un profesor de Historia en Chicago que al final de su carrera, sin haber conseguido ninguna canonjía por su militancia demócrata, pidió algún puesto en una embajada tranquila para ahorrarse las clases y acabar su historia del Viejo Sur. Su elección fue tan sorprendente que al pobre Dodd le cayó encima el mote deDodd el de la agenda: según esta leyenda, que Larson desmiente, Roosevelt quería al profesor de Yale Walter F. Dodd, pero su secretaria se equivocó al buscar el teléfono.

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Así que Dodd se fue a Alemania con el encargo de Roosevelt de dar ejemplo como liberal y conseguir que los bancos de EEUU cobrasen sus créditos a Alemania. Y más bien con prejuicios sobre los judíos que incordiaban pidiendo que su país fuese más beligerante. Como un niño perdido en el bosque, aterrizó en un avispero de conspiraciones. La forma como Dodd abrió los ojos a las salvajadas de Hitler y su conocimiento directo de los jerarcas nazis es uno de los atractivos del libro; también la figura de su hija, Martha Dodd, que entre sus muchísimos amantes incluyó primero al jefe de la Gestapo, Rudolf Diels, y a después a un agente ruso (que le hizo la cama por encargo de la GPU), para acabar como comunista exiliada en Praga.

Dodd alertó insistentemente a sus elitistas y antisemitas superiores del Departamento de Estado y se negó a asistir a ningún mitin de Núremberg. El resultado: fue visto como un incordio alarmista y relevado en 1937. Enfermo y agotado, dedicó sus dos últimos años de vida a viajar por su país alertando de que Hitler quería la guerra y que su intención con los judíos era «matarlos a todos». Sería ingenuo, pero entendió lo que se incubabó ante sus ojos en Berlín.