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Meryl Streep rompe todos los moldes

Josep Maria Pou

Cum laude. O magna cum laude. O summa cum laude. Lo que sea. Habrá que inventar, si no existe, la calificación adecuada para el último trabajo de Meryl Streep. Anonadado me he quedado. Su interpretación de Margaret Thatcher en La dama de hierro es la prueba evidente de que la perfección existe. No se puede estar mejor. Me caigo de espaldas. Y me muero de envidia. Por múltiples razones, y sean las principales: por su talento, por su entrega, por su olfato, por su cara y por su cruz. Una interpretación así

-una actriz así- rompe todos los moldes. La Streep no interpreta a la Thatcher, la Streep es la Thatcher. Y lo mejor de todo es que a partir de ahora la Thatcher ya no es la Thatcher, sino la Streep haciendo de Thatcher. La actriz reengendra al personaje. Y la Thatcher que nace de la Streep, mejora a la Thatcher y mejora a la Streep.

Y todo esto en una película que ni fu ni fa. Más una vida de santos que un buen filme. O sea, que el mérito es doble, porque la actriz está sola ante el peligro. Con una cuadrilla de subalternos, eso sí, que ya quisiera José Tomás. Una corte de actores ingleses, con Jim Broadbent a la cabeza, que la llevan a la sillita de la reina. Es curioso ver cómo, dentro de la película, el resto de los actores se convierten a su vez en espectadores de la Streep. Actores ingleses presentando armas a una actriz americana que finge ser inglesa. ¡Chapeau!

UNANIMIDAD TOTAL / El trabajo del actor no es una ciencia exacta. En atletismo, 100 metros son 100 metros, 9 segundos son 9 segundos, y el primero que llega es el que gana. Así de claro. En mi oficio, el actor que gana -si algo gana- nunca gana a gusto de todos. Nuestro trabajo es materia opinable. Solo hay dos maneras de hacer Hamlet: bien o mal. Y aun así, algunos que lo hacen bien pasan por hacerlo mal, y de otros que lo hacen mal hay gente que lo ve bien. Contra gustos no hay disputas. O como dijo aquel: «El gusto es como el culo, cada cual tiene el suyo». Pues bien, Meryl Streep consigue el pleno hasta en eso, en lo opinable. Unanimidad total (o discrepancias, las mínimas) en la excelencia de su trabajo.

Es un Oscar cantado de antemano. O no. La propia Meryl lo sabe en carne propia: 16 nominaciones (¡la que más!) y solo dos Oscar. ¿¿Solo?? Decir de alguien que solo tiene dos Oscar es dar por supuesto que merece más. ¡Pues claro! Los merece todos. Pido que le den los 14 que le faltan y el de este año, además. 15 de golpe. Y me quedo corto.

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