El festival de cine fantástico de Catalunya

Melancolía robótica

El certamen homenajea a su proyecto en común 'A. I.: Inteligencia artificial', con ocasión de su 10º aniversario

Tráiler de Inteligencia Artificial. / YOUTUBE

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JULIÁN GARCÍA
SITGES

A finales de los 70, circulaba un chiste por Hollywood. Steven Spielberg moría e iba al cielo, pero San Pedro no le dejaba entrar. «Es que a Dios no le gustan los directores de cine». En ese momento, un tipo desastrado, barbudo, con pantalones de pana gastados y unas bambas roñosas, paseaba distraídamente en bicicleta por las puertas del cielo. Spielberg preguntaba. «Oiga, ¿pero ese no es Stanley Kubrick?». San Pedro se lo mira de soslayo y le dice: «No, es Dios, pero se cree que es Kubrick».

En aquellos años, Kubrick era una figura totémica para Spielberg y los directores de Nuevo Hollywood. Ambos se habían conocido en 1979, cuando coincidieron en Londres realizando la preproducción de El resplandoryEn busca del arca perdida. Su relación personal nunca fue lo que se dice íntima, pues Kubrick era un auténtico perro verde; pero sí lo bastante estrecha como para que de la aleación de sus talentos respectivos surgiera una de las obras maestras de la ciencia ficción reciente: A.I.: Inteligencia artificial. Una revisión poética y melancólica del cuento de Pinocho, de la que se cumplen 10 años y a la que ayer homenajeó el festival de Sitges con la proyección del filme y una clase maestra a cargo de su productor, Jan Harlan, y de su diseñador conceptual, Chris Baker.

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SUPERJUGUETES/ Kubrick estuvo más de 10 años dándole vueltas al relato corto de Brian AldissLos superjuguetes duran todo el verano,que narraba la relación afectiva entre un niño androide y su madre de carne y hueso. El director de El resplandorcontrató a cuatro escritores para que le ayudaran a escribir el guión, pero se acabó dando cuenta de que jamás podría llevar esa historia al cine y de que si alguien podía hacerlo, ese era Spielberg, de quien valoraraba su sensibilidad y capacidad para retratar emociones.«Kubrick citó a Spielberg en su casa de Londres. Vieron juntos 600 bocetos que había realizado Chris Baker y le había ido enviado por fax», recordó ayer Harlan. Spielberg también recibió una especie de guión firmado por Ian Watson y, a partir de ese material, creó su visión personal de la historia. «Aunque todo, absolutamente todo, ya estaba en la idea original de Kubrick. Incluido el osito de peluche que lleva el niño robot, la fábula del Hada Azul y la resolución en el futuro con la Humanidad devastada», advirtió Baker.

El filme, lo recordarán, relataba la historia de un niño robot con capacidad de amar, que un día es abandonado por su madre. Su único propósito será reencontrar ese amor materno, en un viaje que, literalmente, terminará en el fin del mundo, miles de años después. Muchos añoraron la visión racionalista de Kubrick y vieron cursilería donde solo había emoción pura, sin percatarse, quizá, de que esa fábula solo podía ser contada desde el corazón. Spielberg supo extraer un carrusel de sentimientos a flor de piel: el desamparo, el desamor, la búsqueda obsesiva de una última oportunidad afectiva. El corazón en un puño, las lágrimas a borbotones. Una de las obras maestras de Spielberg; indiscutiblemente la más bonita de todas ellas. «En cinco o diez años, la película renacerá y se valorará lo avanzada que fue a su tiempo», sentenció Harlan.