02 abr 2020

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Crónica

Waters y sus fantasmas

El exbajista de Pink Floyd exhumó el megalómano 'The wall' en el Sant Jordi

JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Maestros represores, líderes totalitarios, métaforas sobre la incomunicación y un muro que nos empequeñece, y que va creciendo a lo largo del espectáculoladrillo a ladrillo, hasta su destrucción final. The wall, la fantasía megalómana de Roger Waters, se escenificó anoche en el Palau Sant Jordi (entradas agotadas; aún quedan para el segundo pase, esta noche) y, si bien su mensaje admite lecturas a la carta, algo parece claro: de la misma manera que algunos himnos son la expresión más bella de ciertas dictaduras, los totalitarismos son muy feos, pero... ¡cómo nos pone su estética!

Para cargar contra los abusos de poder,  el exbajista de Pink Floyd se sirvió de guiños a la simbología nazi o soviética (martillos cruzados), gritos castrenses y gags intimidantes desde el inicio con la metálica In the flesh. Si Avatar es esa película en la que, en nombre de la paz y la ecología, se convierte un bosque en un solar tras una carnicería que hace época, The wall es un espectáculo que denuncia el atropello de la identidad individual a base de aplastar al espectador. Es la paradoja Waters.

AVIÓN ESTRELLADO /No habían pasado cinco minutos de show cuando una avioneta se estrelló contra un extremo del escenario mientras se escuchaban tiroteos a través de los altavoces dispuestos a lo largo y ancho del Sant Jordi. En The thin ice se proyectaron fichas de víctimas de guerra, de Normandía a Irak. Colocar el single más claro de un disco conceptual al principio puede jugar malas pasadas: Another brick in the wall, part 2 sonó anoche muy pronto, cuando en un show ordinario le habría correspondido un tratamiento de bis. Salieron una veintena de niños que apoyaron los coros infantiles en playback e increparon a un muñeco gigante con aspecto de maestro tiránico cada vez que el estribillo repetía «¡hey, profe, deja a los niños tranquilos!». El líder les agradeció la ayuda. «Bravo pels nens», celebró.

En Mother irrumpió otro muñeco gigante, este con forma de madre posesiva (también inspirado en los dibujos de Gerald Scarfe). mientras el muro se elevaba con ladrillos colocados por los empleados de la gira y se proyectaban en él mensajes como «Big mother is watching you» («La gran madre te está observando»). Waters, de negro y con su bajo de largo mástil, mantuvo el guión con Goodbye blue sky y Young lust, aunque se permitió dos retoques: dos piezas-puente, Back to the wall Last bricks in the wall, no incluidas en el disco original.

TERAPIA DE CHOQUE / The wall es una sesión de psicoanálisis de Waters, y la exhumación de traumas siguió, tras un descanso, en la segunda parte. Is there anybody out there expresó la desolación, y tras Confortably numb, un grupo de soldados con uniformes filonazi canturreó The show must go on. Se les unió un Waters con abrigo largo y gafas negras, listo para cantar la segunda parte In the flesh, en la que un cerdo (animal muy querido por la familia Pink Floyd) surcó el espacio y que culminó disparando al público con una metralleta.

Las imágenes de la película de Alan Parker, con un ejército de martillos rojos y grises abriéndose paso, enmarcaron la asfixiante Stop. Con The trail, el paroxismo llegó al límite y, con ello, la demolición final del muro, que condujo al canto acústico pacificador Outside the wall. Ahí vimos a un Waters finalmente relajado, gritando «visca Barcelona!» y deshaciéndose en agradecimientos. Lógico, con el peso (y los fantasmas) que se había quitado de encima.