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apuntes

Las últimas funciones y el peligro de la indolencia

Josep Maria Pou

Inevitable: siempre en las primeras semanas de enero se producen movimientos en la cartelera teatral. Y eso ocurre no tanto por el salto de año como por el cambio de trimestre. Muchas de las obras que se estrenaron en septiembre (inicio de la temporada) tienen su final una vez superadas las navidades. Es como si los Reyes pasaran también por los teatros y dejaran a pie de taquilla los nuevos juguetes (las nuevas funciones) con la urgencia de su estreno inmediato.

Nunca se sabe como va a salir el regalo. En el teatro todas las noches de estreno tienen algo de noche de Reyes: con ilusión, expectativas y grandes esperanzas (gracias, Dickens), se le quita el envoltorio al producto y surge la sorpresa; grata en ocasiones, decepcionante en otras, en unos porcentajes que rondarían el fifty/fifty (gracias, Keynes). En el teatro no existe la cata, como en los melones. En el teatro en una sola noche se abre, se prueba, se paladea y se decide. Si el melón sale bueno, albricias y parabienes; si, por el contrario, ni pulpa ni aroma convencen, se envuelve de nuevo y a por otro, que el tiempo es corto.

Este año, los Reyes han dejado en Barcelona un buen saco de novedades al tiempo que se han llevado funciones que merecían más tiempo. En algunos teatros la permanencia de la obra en cartel viene marcada de antemano: se brindan temporadas cerradas y uno sabe que dispone de tantos días y tantas funciones para disfrutar del producto.

¡Agotadas las localidades!

Pero otros se arriesgan a que sea el público quien determine la permanencia en cartel: a mayor asistencia, más tiempo de vida; o, por el contrario, si no viene nadie, cerramos el tenderete. ¿Ventajas? Muchas. ¿Peligros? Algunos. Y el mayor de ellos, la indolencia, el descuido, el dejarlo para mañana, el quiero verlo, pero no encuentro el momento, el me han dicho que es muy bueno, tenemos que ir, ¿quién saca las entradas? que nunca se concreta en día, hora y persona. Y de repente el espectáculo -dado el número insuficiente de espectadores- anuncia sus últimos días. Luego -¡agotadas las localidades!- todo son prisas, llamadas influyentes: «Aunque sea una por favor, que no quiero quedarme sin verlo». E inexorablemente: último domingo, despedida, si te he visto no me acuerdo y un largo coro de lamentaciones.

Un consejo: cuando quieran ir al teatro vayan cuanto antes. Porque son ustedes, con su asistencia, quienes deciden la vida del espectáculo. Como debe ser.

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