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APUNTES

De lo bueno, de lo malo, y de todo lo contrario

Josep Maria Pou

El año ha empezado como siempre, con una mezcla de buenas y malas noticias, de buenos y malos presagios. Será el día a día el que vaya poniendo las cosas en su sitio y el que hará que lo que hoy parece blanco luminoso llegue a parecernos negro medias tintas a mediados de junio o negro sin remedio ya doblado diciembre. O al revés. ¿Por qué no creer que del proyecto más pesimista pueda surgir con el tiempo la sorpresa que lo transforma en el más adecuado? Las gentes del teatro estamos muy acostumbrados a estos quiebros y vaivenes, a dejar que la idea inicial vaya transformándose en el curso de los ensayos hasta llevarnos a lo inesperado.

Empiezo por lo malo y así me lo quito de encima, no vaya a ser que se convierta en peor: la desaparición de CNN+ ha sido un golpe bajo que me ha dolido y me ha dejado huérfano y sin compañía. Me había acostumbrado a sus profesionales, a sus programas de entrevistas, a esa manera dinámica de dar las noticias como con prisa, como si estuvieran a punto de salir corriendo a por más para la próxima entrega, a sus debates (los únicos en los que conseguía aguantar más de 59 segundos), a sus cabeceras, a su rojo y blanco distintivo. El hachazo brutal que les ha derribado lo siento como propio. Me ha dejado cicatriz. Y tardará en cerrar la herida.

Buena noticia

En el lado de lo bueno, la mejor noticia llegaba con el nombramiento de Ferran Mascarell como conseller de Cultura del Gobierno de la Generalitat. Mascarell ha vuelto donde debe. La alegría es grande, no puedo ocultarlo. Sabemos que es uno de los nuestros. Y, por favor, que esto no se entienda en términos de facciones o partidos, bastante ha llovido sobre el tema. Digo que es de los nuestros porque durante años le hemos sentido cercano en las plateas de todos los teatros, porque ha dado muestras sobradas de buen señor y mejor gestor en la materia, porque juega en el mano a mano, en el cara a cara, en el persona a persona. Y porque le gusta lo que hace. Y porque se le nota.

Y aún me queda espacio para lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario: la ley del tabaco. Que conste que no fumo. Y que nunca me he quejado de quienes lo hacen a mi alrededor. Allá cada cual con sus radiografías de tórax. Pero no me parece mal que se regulen espacios, aunque se alteren costumbres. Todo sea por un país sin humos. De eso andábamos sobrados. Qué gusto dará ahora poder decirle a más de uno: «¡Menos humos, caballero, menos humos!».

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