crítica

'Balada triste de trompeta', Payasadas crudas y salvajes

'Balada triste de trompeta',   Payasadas crudas y salvajes
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Quim Casas

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Álex de la Iglesia propone en su última película una relectura bárbara de algunos de los temas y situaciones desarrollados anteriormente en su cine. Está el antagonismo entre comediantes, aquí dos payasos, el clown y el augusto, que era la base de Muertos de risa, y una serie de persecuciones y enfrentamientos en las alturas que remiten a El día de la bestia y La comunidad. Pero Balada triste de trompeta no es solo un compendio de hechos y motivos reconocibles en la obra de un autor que, en los últimos años, había perdido parte de su credibilidad artística. Balada triste de trompeta parece, finalmente, la película que De la Iglesia siempre ha querido hacer y que, por razones diversas, no había logrado culminar.

Es una comedia negra sobre payasos enloquecidos y herencias de la posguerra, un filme descarnado y crudo, bárbaro, que hace de la desmesura su razón de ser. Montado en bruto, con saltos de raccord narrativo deliberados, histriónico e inquietante a partes iguales, funde además con excelente criterio los elementos de la ficción con aspectos tan reconocibles de la reciente historia española como las cacerías de Franco, la construcción de El Valle de los Caídos, el atentado a Carrero Blanco y el éxito de Raphael. Alberto de la Torre y Carlos Areces han entendido la jugada; su complicidad es esencial para la visceralidad de la película.