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apuntes

El teatro 'amateur', escuela de espectadores

Josep Maria Pou

Soy un aficionado. Lo confieso. O lo que es lo mismo un amateur: amo profundamente mi trabajo. Y lo amo hasta el punto de convertirlo en mi razón de ser. No me imagino siendo otra cosa que actor y dedicando mi vida al teatro. Y precisamente porque mi oficio se funde -que no confunde- con mi vida, me emociona reflexionar siempre que puedo acerca de quienes comparten conmigo esa pasión. Por suerte, Catalunya está llena de amateurs (amadores) del teatro.

El teatro amateur ha sido, históricamente, elemento fundamental de la cultura catalana; un movimiento social nacido, muchas veces de manera espontánea, al abrigo de sociedades obreras, ateneos, centros parroquiales o cualquier otro tipo de órgano asociativo. El teatro amateur ha sido -y sigue siendo, por suerte- elemento aglutinador de muchas y diversas voluntades, factor importante de cohesión e integración social, y responsable en buena medida del mantenimiento de una lengua que se sabe amenazada. Aún hoy, personas llegadas de lejos, sin conocimiento apenas de la realidad de este país, se atreven a hablar nuestra lengua integrándose en el reparto de alguna de las muchas funciones que casi todos los fines de semana se representan a lo largo y ancho de toda Catalunya.

Merecida distinción

Datos de la Federació de Grups Amateurs de Teatre de Catalunya cifran hoy en 270 el número de grupos federados, repartidos en 170 poblaciones, con 7.000 personas (actores, actrices, directores, técnicos), que ofrecen 3.000 representaciones anuales. Ahí es nada. La Federació celebra en este 2010 sus 25 años de existencia y ha sido distinguida, merecidamente, con la Creu de Sant Jordi.

Es habitual reconocerle al teatro amateur el mérito de ser cantera de grandes profesionales. Y es verdad: muchos de quienes actúan a diario en el teatro y la televisión de nuestro país dieron sus primeros pasos en alguna agrupación de este tipo (permítanme, aquí y ahora, un recuerdo especial para el grupo de teatro del Centre Parroquial de Mollet, que vió mis primeros balbuceos).

Pero no es menos cierto que junto a esa capacidad de impulsar vocaciones posee otra que es la que me lleva hoy a mostrales mi agradecimiento público: la de ser escuela de espectadores, la de hacer que el teatro siga presente, como hecho familiar, como hecho cotidiano, en la vida de miles de personas. Para ellos -para los amateurs-, mi reconocimiento y homenaje. Y mi gratitud.

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