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'Castells' y territorio

Xavier Bru de Sala

Hay censadas, en la actualidad, unas sesenta colles castelleres en activo. Todas en la Catalunya estricta, excepto cuatro. Dos en Mallorca y dos en la Catalunya Nord. En Valencia ni una, faltaría más, a pesar de que los castillos son originarios del País Valencià. La distribución de la cincuentena larga que se distribuyen por Catalunya es suficientemente elocuente. La concentración máxima no se localiza, como sería natural, en las comarcas de Tarragona sino en las de Barcelona. Es significativo que más de la mitad del total de colles se sitúe en el arco que va de Vilanova i la Geltrú a Mataró pasando por Vilafranca, Igualada, Manresa y Granollers. Un arco similar alrededor de Tarragona, o el epicentro de Valls contiene un censo muy inferior.

Más allá, despoblación, si no fuera por las dos de Lleida, más Súria, Vic, Manlleu, Salt, Olot y Figueres. En el Ebro no he sabido encontrar ningún rastro de ellas.

Diría, pues, que nos encontramos en etapa de expansión, a pesar de que aún incompleta. Barcelona, la ciudad y la gran área, han sido muy receptivas. Al sur del Pirineo, ni una, pero al norte un par. En las comarcas gerundenses, solo tres, que ya es mucho. Cabe suponer que, dada la extrema dificultad de levantar castells de cierta envergadura, la primera condición para fundar una colla es la presencia de un pequeño núcleo que sepa de qué va.

Hasta no hace mucho, tan solo se podía aprender en la cuna de los castells modernos, Valls y las ciudades próximas con más tradición. Dada la proliferación de colles alrededor de Barcelona y la mayor movilidad geográfica de sus habitantes, cuando menos por la superpoblación, se puede prever que en un futuro próximo, la expansión puede ser notable. También habrá contribuido la declaración de patrimonio inmaterial de la humanidad proclamada por la UNESCO.

De esta manera, y esperando la incorporación del Ebro, los castells están en situación de convertirse en una manifestación nacional de la cultura popular que cubra todo el territorio. La gran lección consiste en la ausencia total de dirigismo. Se trata de un fenómeno natural, no programado ni previsto por los ideólogos del nacionalismo. ¡Qué contraste con la sardana!

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