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Piratería digital

Xavier Bru de Sala

Caso real: compro la serie The Wire de la ya mítica productora americana HBO. Pago a toca teja. La adquiero por unos 200 euros para todas las temporadas, aunque primero he tenido que encargar las que no tenían en el FNAC y esperar un par de semanas. En uno de los DVD de la tercera temporada, que miro con un vecino el domingo por la tarde, falta un capítulo. Te pongas como te pongas, no está. Frustración. ¿Y ahora qué? No te preocupes. El vecino llama a su hija. Tomamos un té y todavía no hemos acabado cuando llama la hija, y tenemos el capítulo. DVD con carátula y todo. Bajado gratis. Conclusiones: la chica piratea y yo soy un bobo.

Los creadores, artistas, autores y proveedores de contenidos tenemos un problema. Más o menos el mismo que los productores y los editores. La alternativa para el ciudadano consiste en decidir si paga o ganga. Si paga, todo son molestias. Exactamente igual como si en la salida del súper no hubiera cajas. Quien quisiera pagar tendría que ir con el carrito hasta bastante lejos, pongamos un par de calles, hacer cola, perder el tiempo, quedar más o menos pelado. Por mucho que las leyes penalizaran al que no paga, la impunidad práctica es siempre una invitación al latrocinio. Como todo el mundo sabe, pagar por la cultura no presencial es voluntario. Si eso pasara en todos los órdenes de la existencia, si el cumplimiento de las leyes no fuera obligatorio, sobrevendría, inexorable, el caos.

Contra esta situación flagrante, podemos hacer todo tipo de discursos y planteamientos. En el plano teórico, los defensores de la piratería lo tienen perdido, si no es que consideran, con Jaume Sisa, que su casa es la casa de todos, que descerrajar la puerta es divertido y que cualquiera puede llevarse lo que le convenga. Ahora bien, de la victoria del derecho y la creación en el plano intelectual y jurídico sacaremos una buena tajada. La solución pertenece al mismo territorio que el problema. La piratería a gran escala proseguirá si no hay tecnología para evitarla. Algo más deseable que factible, por ahora, si consideramos que una de las grandes preocupaciones de los que velan por la seguridad del primer mundo consiste en prevenir el terrorismo informático.

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