crítica

'Déjame entrar', una moderna historia de vampiros

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Quim Casas

Pocas películas recientes de terror podían despertar mayores espectativas queDéjame entrar, y casi todas se cumplen con creces. Para los amantes de uno de los mejores periodos en el género, el de la productora británica Hammer Film en los años 50 y 60, el filme resulta muy goloso: Hammer ha vuelto por sus fueros tras varias décadas desaparecida en combate. Para quienes han seguido las andanzas televisivas y cinematográficas de J. J. Abrams, el nombre del director Matt Reeves es todo un seguro: mano derecha de Abrams en sus inicios, es el firmante deMonstruoso, una epopeya de terror con monstruo gigante y planteamiento de falso documental. Y para quienes saben que no todo el buen cine de terror procede de Hollywood,Déjame entrar les permite revisar una de las obras clave de la vertiente vampírica rodada con idéntico título por el sueco Tomas Alfredson en el 2008.

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Ahí reside el único inconveniente que se le puede poner a la bella y envolvente película de Reeves: el recuerdo del original sueco es demasiado cercano y algunas de las notables imágenes del remakefluyen, precisamente, de la devoción y fidelidad mostradas hacia el original.

Salvado ese escollo, pequeño o grande según cada espectador, y la pátina digital demasiado evidente de los ataques de la niña vampiro,Déjame entrar en versión estadounidense -ambientada en los años 80, durante el mandato de Reagan, en una localidad tan nevada como la del filme de Alfredson- puede, debe, disfrutarse como un relato hipnótico que acentúa algunos de los aspectos del filme que versiona, caso de las relaciones escolares y los sentimientos que unen a la vampira con su protector (excelente, como siempre, Richard Jenkins), y reproduce con fidelidad casi manierista algunos de los grandes logros del original: la secuencia final en la piscina, por ejemplo. La imagen de apertura, con el coche de policía y la ambulancia captadas a los lejos en un paisaje de hiriente blancura, da el tono de lo que es el filme, un relato ingrávido, como suspendido en el vacío, sobre la diferencia y sobre el afecto.