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Todos somos como Wilson

Ramón de España

Un hombre pasea a su perro mientras nos informa de que le gusta la gente, de que nada le complace más que conversar con sus semejantes. Se cruza con una mujer que tira de su preceptivo can y empiezan a hablar. La conversación no tarda nada en ser monopolizada por la mujer, momento en el que ese hombre al que se supone que le gusta la gente la abronca y le dice que se calle de una condenada vez.

Así empieza Wilson, el último libro del dibujante norteamericano Daniel Clowes (Chicago, 1961) y, aunque parezca imposible, a partir de ahí todo va a peor, pues esta novela gráfica (editada en catalán por La Cúpula; en castellano lo publicará en noviembre Reservoir Books) es la reflexión más contundente que uno ha leído en años sobre el sinsentido de la vida: seguro que Stephen Hawking llega a conclusiones tremendas en ese nuevo libro con el que ha conseguido irritar a la clerigalla insinuando que Dios no existe, pero dudo de que sean tan demoledoras y divertidas como las que ofrece el señor Clowes en su obra más reciente.

Daniel Clowes alcanzó la fama (hasta cierto punto, pues hablamos de tebeos) con Like a velvet glove cast in iron (una pesadilla digna del mejor David Lynch) y la cimentó con Ghost world (las andanzas de dos adolescentes retorcidas, llevadas al cine por Terry Zwigoff, el biógrafo audiovisual de Robert Crumb) y David Boring (donde el existencialismo empezaba a imponerse a la fantasía).

Con Wilson ha puesto en práctica la teoría del menos es más, y lo ha hecho a través de un personaje que quiere una cosa y la contraría, que se mueve entre el lirismo y la abyección, que es capaz de lanzarse a buscar a la mujer que le abandonó hace años mientras, sin que entendamos muy bien sus motivos, le envía por correo a su cuñado una caja llena de mierda de perro. Wilson es, probablemente, un perturbado mental, pero a pesar de eso (¿o será precisamente gracias a eso?) uno acaba considerándolo un semejante, un hermano.

Su ridícula búsqueda de un asomo de lógica en este mundo te hace reír mientras te hiela la sangre. Página a página. Hasta llegar a ese final, discreto pero incontestable, que no les voy a desvelar.

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