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Ideas

Cadaqués en China

Ramón de España

Andaba yo por Cadaqués cuando aparecieron esos chinos tan emprendedores que planean construir en su país una réplica del pueblo para solaz de turistas domésticos con hambre de Mediterráneo. La idea me recuerda esas chaladuras de Las Vegas en las que tan bien me lo pasé hace unos años: el hotel Venice, con su canalillo y su gondolero cantando O sole mio con acento del Medio Oeste, la torre Eiffel con su metre de Montana haciéndose el francés, el falso volcán de otro hotel cuyo nombre he olvidado por completo, los juegos de agua y luz del Bellagio¿O sea, como el Poble Espanyol de Montjuïc, pero a lo bestia (aunque ambos lugares son perfectos para tomarse un ácido de los de antes y volverse loco).

Por lo que pude oír, los habitantes de Cadaqués andan divididos en sus opiniones sobre el proyecto. Hay quien piensa que esos chinos a los que paseaba el alcalde no están bien de la cabeza, hay hasta a quien le hace ilusión contar con una copia de su pueblo en el quinto pino y no falta quien opta por sangrar convenientemente a los chinos en concepto de derechos de autor.

Y también están los que enviarían gustosos a algunos de sus vecinos al nuevo Cadaqués: la nómina de desterrados es amplia y variopinta, pues en este pueblo todo el mundo es como Truman Capote, quien aseguraba tener una lista de 3.000 personas despreciables.

¿Llegará a buen puerto, nunca mejor dicho, esta iniciativa? Ni lo sé ni me importa mucho, francamente, pero hay en ella algo que me recuerda al mundo del escritor J. G. Ballard (apuntando alto) o a esos que se construían un chalé suizo en la Cerdanya o una pagoda tailandesa en Castelldefels (apuntando bajo).

Lo que sí recuerdo es que los camareros de la torre Eiffel de Las Vegas eran mucho más simpáticos que los de París y que el hotel Venice estaba mucho más limpio que la ciudad italiana de la que venía su nombre. Siendo optimistas, es posible que en el Cadaqués chino no sucedan esos apagones tecnológicos como el que dejó hace unos días el original sin teléfono y sin conexión a internet, convirtiéndolo en un agujero negro incomunicado donde las tarjetas de crédito no servían para nada y los cajeros automáticos no te daban ni la hora.

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