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Ideas

¡Adiós, petardas!

Ramón de España

Pocas series de televisión me han sacado tanto de quicio como Sexo en Nueva York, pero durante mucho tiempo me sentí muy solo en su aborrecimiento. Me habían bastado dos episodios para odiar a muerte a aquellas cuatro petardas seudo-feministas que se pasaban el día hablando de hombres, comprándose trapos carísimos, bebiendo cosmopolitans (un cóctel que, francamente, da asco) y haciendo comentarios supuestamente ingeniosos de una frivolidad insoportable. No es para ti, gañán, solían decirme los fans de la serie con una sonrisita perdonavidas, cosa de la que yo ya era consciente, pues sabía que los destinatarios del engendro eran las mujeres absurdas y los homosexuales merluzos, pero de todos modos…aquello era una ofensa a la inteligencia y a la dignidad humana cuyo éxito me deprimía.

Afortunadamente, ahora compruebo, con el estreno del segundo largometraje derivado de la serie, que se ha abierto la veda de Sexo en Nueva York y todo el mundo se cisca en las cuatro petardas y su mundo de pesadilla. Muchas gracias, chicos, pero... ¿dónde estábais cuando os necesitaba? Y no me salgáis con la excusa de que la película traiciona el espíritu original de la serie –es lo que hace Alan Moore cada vez que le adaptan al cine alguno de sus pretenciosos tebeos– porque no cuela. Y que tampoco me digan que el mundo de Carrie y sus amigas resulta ofensivo en época de vacas flacas (y no me refiero a las protagonistas de la peli) porque también lo era en la de vacas gordas.

Sexo en Nueva York fue el equivalente audiovisual de esas patéticas despedidas de soltera en las que se reproducen todos los horrores de la despedida masculina, corregidos y aumentados. Carrie y sus chicas se comportaban como hombrecitos –aunque no pasaban de ser cuatro gays disfrazados de mujer, como hizo notar una de las hermanas de Marge Simpson– y fabricaban su aterradora alternativa al machismo. Bajo su aparente libertad yacían las estupideces femeninas de siempre: encontrar al príncipe azul (o en su defecto, un marido rico), alcanzar el amor eterno y demás zarandajas de origen genético. Las ya de por sí complicadas relaciones entre hombres y mujeres tardarán tiempo en recuperarse de este atentado atroz.

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