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Rijeka y Barcelona

Jordi Puntí

Llevo una semana en Croacia, leyendo cuentos ante un público curioso y pensando de qué podría hablar hoy en esta columna. En Zagreb, capital del país, subí a los tranvías, observé rastros de una posguerra todavía reciente y contemplé los trenes que salían bajo la lluvia hacia ciudades como Budapest, Ljubljana, Trieste. Estaba sin duda en Europa central y me arropaba la cultura de los cafés, esa seña de identidad que tanto defiende George Steiner. Yo tomaba notas, pero seguía sin saber de qué hablarles.

Entonces nos fuimos a Rijeka, al norte de la costa adriática, y todo cambió. Las dos horas en coche desde Zagreb me mostraron el camino: los bosques y montañas, de un verde espeso, fueron dejando paso a los valles limpios y luminosos. Era una transición perfecta entre la Europa central y la mediterránea. Paseando por el centro de Rijeka, crucé un puente sobre una ría y me fijé en una estatua de bronce: un señor alto y delgado que se acodaba con gesto tranquilo en la barandilla. Me acerqué a ver quién era y leí estas palabras: Janko Polic Kamov (Rijeka, 1886 - Barcelona, 1910). Luego no me quedó más remedio que preguntar a la gente por este señor.

Kamov fue el escritor más conocido que ha dado Rijeka, y uno de los máximos representantes del modernismo en Croacia. De espíritu rebelde, escribió poemas y obras de teatro que querían zarandear a la sociedad.

También es el autor de una novela vanguardista. Por lo que he podido saber, se titula algo así como Charco de barro seco y la escribió en 1906. No existe ninguna traducción de la obra, pero este año es una buena ocasión para que un editor atrevido se lance a publicarlo entre nosotros.

Janko Polic Kamov murió de tuberculosis en Barcelona hace ahora 100 años, el 8 de agosto de 1910. Su biografía dice que vivió un tiempo en la calle de Sant Pau, 55, y que pasó sus últimos días en el Hospital de la Santa Creu. Lo enterraron en el cementerio comunitario del hospital. Desde Rijeka, me pregunto cómo fueron sus últimos días, si llegó a conocer a algún escritor de su tiempo –a Rusiñol, por ejemplo–, si esa Barcelona fue para él un buen lugar para acabar sus días. Seguro que no: tenía 24 años y buscaba algo. Ojalá algún día podamos leer sus libros.

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