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Martes 25 septiembre 2018

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LOS ESCRITORES NOS CUENTAN SU PRIMERA VEZ

Kiko Amat, "pedo como nunca"

El escritor explica cómo acabó empapado en alcohol y haciendo eses en su primera borrachera

Kiko Amat, "pedo como nunca"

Últimas vacaciones con padres. 1985, de cámping. Camiseta surf y cinta en la mano. 

Kiko Amat, "pedo como nunca"

Aprendiendo a insultar con el dedo corazón: mi amigo Polo y yo en algún pueblo de la Costa Brava, en 1986.

1. Es el año 1985. Primavera, diría yo, por la ropa ligera y la turba embriagada que abarrota este descampado de Sant Boi del Llobregat. Fiesta Mayor. Ese de ahí soy yo: el del medio, a quien sostienen por los hombros dos jevis, uno en cada lado; vamos dando tumbos en trío, como un improvisado cancán ambulante. Tengo 15 años y acabo de pillar mi primera melopea; de ahí la postura de Jesús de Nazaret recién crucificado y la sonrisa de aturdido. Aunque no lo parezca, aunque mis extremidades no respondan a ninguna llamada del sistema nervioso central y mi conversación se limite a balbuceos babosos, aullidos lupinos y accesos de carcajadas hebefrénicas, me lo estoy pasando en grande.

Y eso que el paisaje no era muy halagüeño: un concierto gratuito de Joaquín Sabina (ugh) que se celebra en lo que en mi pueblo llaman –de forma asaz optimista– La Muntanyeta. Se trata solo de un peñasco repleto de espiguillas y malas hierbas, como un furúnculo que le brota a Sant Boi en las posaderas, pero hemos acabado aquí, yo y una decena de jevis, porque las opciones de entretenimiento a nuestro alcance se hallaban en un punto crítico. Cuando tienes 15 años, te brilla la cara por saturación seborreica, vistes como un espantapájaros daltónico, todos tus amigos llevan camisetas inquietantes de Accept y Dio, y encima vas por ahí acarreando un llamativo garrafón de moscatel-con-trilita, los porteros de los grandes hoteles no se pelean para abrirte las puertas de su establecimiento.

Así que hemos acabado aquí. Un avispado ente de mi panda adujo que en un trozo de tierra sucia en plenas fiestas populares, y con el acompañamiento de la música multitudinaria de Joaquín Sabina, nadie nos diría nada. Que pasaríamos desapercibidos. Y era verdad; ese tío es un genio. Hace una hora que deambulamos sin rumbo, chocando con todo Dios y arrancándonos con arrebatos ebrios de algo que parece una jota aragonesa bailada por derviches epilépticos, y nadie nos dice ni mu; y aunque nos lo dijeran no podríamos contestarles, claro. Perdimos la facultad de la expresión oral en algún punto de la segunda Xibeca turbulenta con porros. Dios, voy pedo. Voy pedo como nunca, lo que por otro lado no es tan difícil si consideramos que esta es, a todos los efectos, mi primera taja oficial.

"Voy pedo como nunca,lo que por otro lado no es tan difícil si consideramos que esta es, a todos los efectos, mi primera taja oficial"

Todo me hace una gracia espantosa. Las gilipolleces que escupen mis amigos; la inclinación de la gorra de ese caballero tan simpático de ahí (ups, perdón, señor agente); la música atroz que emite el grupo que suena a lo lejos, cerca de Da Nang; mi andar deslavazado, mis brazos de goma y el gu-gú atávico que, por lo visto, se ha convertido en mi única forma de comunicación. Y, sobre todo, la cara de mis padres.

Mierda. ¿De dónde han salido mis padres? Quizás pueden materializarse a placer en los sitios, como el Rondador Nocturno. No importa, Kiko, déjalo estar. Su método de transporte, y la posible similitud de este con un talento de inequívoco origen mutante, es lo último que importa, ahora mismo. Lo crucial es escapar de ellos.

–¡Vengo con vosotros! –les grito a mis padres, para sorpresa de todos, yo el primero. Por supuesto, desde fuera no se escucha así, como lo he escrito. Es más bien un gruñido envuelto en vaharada de vino rancio que suena a GUENGONJOSODROZ. Los amigos jevis me empujan hacia papá y mamá con la solemnidad rezongante de unos secuestradores forzados a entregar a un rehén.

Mis padres deben estar contentos. Una de las cosas más tronchantes que puede intentar un borracho es el PRDH (o Paso Regio de Dignidad Herida), y allá voy yo con él, y encima adelantándome a ellos para que no se pierdan ni una coma de mi pérdida de papeles.

"Una de las cosas más tronchantes que puede intentar un borracho es el PRDH, o Paso Regio de Dignidad Herida"

Me visualizo a mí mismo como Rommel pasando revista a la 7ª División Panzer, bastón de mando al hombro y barbilla en ristre, pero mis padres ven la inclemente realidad: a un fantoche barbilampiño, mamado hasta las trancas, que va dando cómicos traspiés durante todo el trayecto. Quizás incluso cantando el Can you see the real me? a berridos.

2. Tengo claro por qué me eché aquel primer trago al gollete. Hasta ese momento yo había sido un 'nerd' de categoría: mi destino natural eran el Cacaolat, los cómics y los juegos de mesa Nike & Cooper. Nada indicaba que iba a volverme un taja contumaz, ni que iba a dedicarme a ello con un empeño juvenil que rozaría la monomanía. La respuesta es simple: de los 8 a los 14 años yo fui el papanatas que intenta taponar las vías de agua de un buque utilizando solo los pulgares y la ocasional presión de sus glúteos. Ahora destaponando una para taponar aquella de allá. Mientras el bajel continúa su irreversible hundimiento. Elizabeth Strout decía en 'Me llamo Lucy Barton': “Estaba haciendo lo que he hecho la mayor parte de mi vida, disimular los errores de los demás cuando no saben que se han puesto en evidencia”. Pero el alpiste liberó a aquel niño de sus tareas anti-descalabro. Aquel 'freak' angustiado hasta el infarto por las peleas paternas, la incertidumbre económica, los gritos y llantos, tomó un sorbo y casi de inmediato una sacudida de liberación inundó su cuerpo. Es así de simple: aquella medicina ardiente me curó el desasosie-go. De repente, lo otro ya no importaba. Harry Crews, JR Moehringer, Dan Fante... Todos ellos han hablado de la paz y poder del bebercio, que te quita unos problemas para ofrecerte otros bien flamantes. Colin Barrett escribió en 'Glanbeigh': “Beber no ayuda, pero sí que ayuda”. Unos cuantos tragos y ¡magia! el niño con tembleques se ha desvanecido. En su lugar os ofrezco a este tipejo, oh padres no-muy-óptimos: esta fiera, que acaba de despertar y ahora dibuja en la calzada unas eses más serpenteantes que las de la Gran Muralla China. Miradlo ahí, medio loco y cantando a los Brighton 64. ¿Qué va a ser de él? No os riais, lo preguntaba en serio: ¿qué coño va a ser de él?

Kiko Amat

Nacido en Sant Boi en 1971, Amat, que se autodefine como “escritor vivencial” y detesta la Generación Nocilla, con la que se le emparenta a menudo, tiene cuatro novelas publicadas: 'El día que me vaya no se lo diré a nadie' (2003), 'Cosas que hacen BUM' (2007), 'Rompepistas' (2009) y 'Eres el mejor, Cienfuegos' (2012), todas en Anagrama. También una recopilación de crónicas y ensayos, 'Mil violines' (Random House, 2001), y otra de artículos, 'Chap Chap. Una antología confesional' (Blackie Books, 2015).

3. Desde mi posición escucho a mis padres reír, por ahí detrás, mientras yo farfullo y tropiezo beodamente, en aquella Fiesta Mayor de 1985. Hips. Es un momento para recordar, la verdad, porque todo esto –subcultura, revuelta antipaterna y temulencia permanente– va a dejar de parecerles gracioso en menos de una semana. Que es el tiempo que tardo en volver a casa como una cuba.

Esta vez regreso de una fiesta en el instituto de la Cooperativa (el extrarradio del extrarradio) donde unos cuantos jevis pirados han engullido valiums con litronas (yo no; aún), y luego ha estallado una pelea (no ha habido bajas que lamentar; solo torpes empujones y amenazas sin voluntad de resolución), y yo he agarrado una cogorza homérica porque me apetecía, vaya, y luego he regresado a lo que llamo hogar atravesando los solares que unen el cementerio con mi barrio. Cantando. Solo. Y mi padre, esta vez, no ha sonreído al verme en la puerta. Solo me ha lanzado de bruces a una ducha fría, como en las películas, mientras me echaba una bronca de tres pares de cojones; que yo no he escuchado, claro. La regañina sonaba de fondo, amortiguada por mi canturreo de los Jam y mi mascullar épico y mis ensoñaciones pubescentes.

La guerra acaba de empezar, y tardaremos diez años en enterrar el hacha de guerra, mis padres y yo. Pero eso no me angustia. Acabo de hallar el combustible idóneo para mis cohetes. Y no parece que vaya a escasear.