Miguel Díaz-Canel, elegido presidente de Cuba

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Ricardo Mir de Francia

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Miguel Díaz-Canel ha sido ratificado como nuevo presidente de Cuba, la primera vez desde 1959 que un cubano sin el apellido Castro gobierna formalmente el país. En un discurso ante la Asamblea Nacional, el que era hasta ahora brazo derecho de Raúl Castro y vicepresidente primero ha anunciado su intención de continuar la senda de su predecesor y ha disipado cualquier expectativa de cambios bruscos en el país caribeño. "El pueblo ha entregado a esta legislatura el mandato de continuidad de la Revolución", ha dicho ante el aplauso en pie del Parlamento unicameral cubano. A sus 58 años, Díaz-Canel llega sin la legitimidad interna y el aura de la generación que derrocó al régimen de Batista y aunque algunos gestos lo definen como un reformista, todo hace indicar que el poder último seguirá en manos de Raúl y el Buró Político del Partido Comunista, el único que existe en la isla.  

Es en este último órgano donde, según los conocedores de la realidad cubana, reside el mando del país y Raúl, a pesar de sus 86 años y los 12 que ha pasado dirigiendo Cuba desde que cayera enfermo su hermano Fidel, aspira a seguir liderándolo hasta el final de su mandato en 2021. Así lo ha dicho también su delfín Díaz-Canel: "Raúl, como primer secretario del Partido Comunista, encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro de la nación".

Tanto el uno como el otro saben que Cuba tiene que cambiar para mantener la paz social entre una población estrangulada por las penurias económicas, resignada a callar para evitar problemas con la seguridad del Estado y cada vez más consciente de las desigualdades sociales que el nuevo modelo económico está generando."Antes todos éramos pobres, ahora las clases son cada día más visibles", decía estos días un cubano.  

Fiel al sistema

En la calle poco se sabe de Díaz-Canel, más allá de lo que transmiten los medios oficialistas. Pero hay pocas dudas de que es un superviviente, un hombre extraordinariamente fiel al sistema porque, otros antes que él, sonaron también para tomar el testigo de los Castro y acabaron siendo defenestrados por unos motivos u otros. El suyo ha sido un ascenso muy gradual, con paradas en casi todos los peldaños de la oficialidad cubana, y sin desviaciones doctrinarias. "El compañero Díaz-Canel no es un novato ni un improvisado" dijo Raúl cuando fue nombrado vicepresidente primero en 2013.

Eso no quita que la oficialidad cubana resalte en su perfil el cambio generacional que el relevo representa, un hecho nada desdeñable para un país acostumbrado a estar gobernado por dirigentes octogenarios. Díaz-Canel nació en abril de 1960 en Placetas, una ciudad de la provincia de Villa Clara, donde está enterrado el Ché Guevara, y lo hizo poco más de un año después del triunfo de la Revolución. De él se cuenta que utilizaba la bicicleta para ir al trabajo en Santa Clara, donde estudió ingeniería eléctrica, que ha llevado una vida modesta y cercana a la gente, que le encantan The Beatles y Rolling Stones o que usa el iPad con asiduidad. También que simpatiza con la comunidad LGBT, una postura que ya no comporta los riesgos de antaño porque Mariela Castro, la hija de Raúl, es la principal abanderada de sus derechos en la Cuba actual.

El saludo militar

En el traspaso de poder de este jueves, los gestos han dicho casi tanto como las palabras. Tras ocupar su nuevo lugar en la presidencia de la Asamblea y antes de abrazar a su predecesor, Díaz-Canel le ha hecho el saludo militar, un además tan poco habitual en los tiempos que corren como significativo. No solo porque Raúl ha sido ministro de Defensa durante más de cuatro décadas, sino porque los militares controlan una parte muy significativa de la economía a través de Gaesa, un consorcio empresarial que domina el sector hotelero, las tiendas minoristas, las aduanas o los puertos. Esencialmente los sectores que acaparan las divisas extranjeras.

También al acabar su discurso, el nuevo presidente ha obviado el "Viva Cuba Libre" con el que Raúl suele cerrar últimamente sus alocuciones para recuperar una de las primeras consignas de Fidel. "Patria o muerte. Socialismo o muerte. ¡Venceremos!". La oficialidad cubana no ha hecho ningún intento por maquillar la naturaleza del sistema de la isla, al que no obstante se le define constantemente como democrático. Díaz-Canel era el único candidato y ha sido elegido con el 99.83% de los votos de los diputados. Solo uno de los 605 le ha negado su respaldo.

El nuevo presidente, que fue también ministro de Educación y miembro del Buró Político, se ha comprometido a continuar la senda reformista de su predecesor. Empezando por la lenta apertura de la economía al capitalismo, un proceso estrechamente tutelado por el Estado. "La Revolución sigue y seguirá viva cambiando lo que tenga que ser cambiado", ha dicho Díaz-Canel después de mandar una advertencia a todos aquellos que tienen prisa. "Aquí no hay espacio para los que aspiran a una restauración capitalista".  También la política exterior ha afirmado que se mantendrá "inalterable".

Discurso largo

Ocho años después de que empezaran las reformas, queda mucho por hacer, como ha reconocido Raúl en un discurso bastante más largo que el de su sucesor. La doble moneda; la cartilla de racionamiento y los productos subsidiados que no discriminan entre los que tienen dinero y los que no; las pensiones pírricas; o unos salarios públicos que no dan para vivir y obligan a la ciudadanía a robarle al Estado en sus puestos de trabajo para sacarse unos pesos extras. Es lo que aquí llaman "vender el estímulo".

No es un proceso nuevo, pero esa extrema precariedad, con salarios que rondan los 25 euros, está haciendo que los médicos dejen su trabajo para abrir peluquerías, que los ingenieros prefieran trabajar de guías turísticos o que aquellos que tienen plata hagan las maletas para irse muy lejos, ahora que es legal salir del país. Por no hablar de hablar de la situación de las escuelas, donde la falta de maestros se está volviendo endémica.

Cuba ha logrado grandes conquistas que no tienen los países de su entorno. Desde una seguridad ciudadana envidiable, a unas leyes que protegen férreamente los derechos de las mujeres o esa sanidad y educación gratuitas que fueron la envidia de América Latina. Pero con el aislamiento, el embargo, el empecinamiento de sus líderes o la falta de libertad de expresión y democracia necesita reinventarse si quiere que la música de la Revolución siga sonando.

Los cubanos solo gritan en silencio. Desde el breve Maleconazo de 1994 no ha habido nada parecido a una explosión popular. Pero el liderazgo sabe que nada es eterno si no sabe adaptarse a su tiempo. Muchos creen que la verdadera nueva era en Cuba comenzará en 2021, cuando Castro se jubile definitivamente y se renueve el órgano ejecutivo del Partido Comunista. Todo hace indicar que esto es otra cosa.