VICTORIA HISTÓRICA DEL CAMPEÓN

El día que Marc Márquez volvió a coronarse

Marc Márquez (Honda), feliz, emocionado y eufórico, en el podio de Sachsenring.

Marc Márquez (Honda), feliz, emocionado y eufórico, en el podio de Sachsenring. / ALEJANDRO CERESUELA

  • Después de tres ceros consecutivos (Le Mans, Mugello y Barcelona), MM93 decidió que no podía desaprovechar la oportunidad de Sachsenring, donde ha ganado siempre

  • Alberto Puig, su jefe en Honda Repsol, le llamó el lunes y le recordó que entraban en la semana escogida para sorprender, de nuevo, con una victoria histórica por inesperada

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Emilio Pérez de Rozas
Emilio Pérez de Rozas

Periodista

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El móvil de Marc Márquez sonó en Cervera (Lleida), el pasado lunes, como otras muchísimas veces. Y, como en decenas de ocasiones, en su pantallita se iluminó el nombre de “Alberto”. Era Alberto Puig, era el jefe quien le llamaba, como, casi, en los 574 días anteriores, como desde el día que se fracturó el húmero derecho en Jerez-2020. Pero esta vez no era para animarle, para preguntarle cómo se encontraba. Esta vez era para dar la vuelta al reloj de arena en la mente del campeón. Márquez descolgó y lo único que oyó fue: “Marc, ya sabes en la semana que estamos”.

Era la semana del Gran Premio de Alemania. Era la semana de Sachsenring. Era la semana que estos dos ‘enfermos’, que estos dos locos, que estos dos apasionados de las carreras, tan heridos, tan lesionados, tan valientes y encorajinados como Àlex Crivillé, Carlos Checa o Mick Doohan, heridos, dañados, operados y resucitados como ellos, con quien Marc había dialogado durante los últimos meses para saber qué sintieron, qué hicieron y cómo resucitaron cuando les habían dados por muertos, habían escogido para ganar. No para intentarlo: para ganar.

El lugar ideal

Es posible que nadie, nadie, sepa en qué términos hablaron Marc y Alberto. Son dos tipos, que no tienen necesidad alguna de contárselo a nadie. Marc llevaba tres ceros seguidos (Le Mans, Mugello y Barcelona) y llegaba a su jardín donde llevaba 10 años seguidos, del 2010 al 2019, de 125cc a MotoGP, dando lecciones magistrales de coraje, determinación, pilotaje y dominio de la situación. “Sabía que era el lugar para dar una alegría a todo el mundo”, reconoció el piloto. Puig, que vive de la desesperación de no haber podido ser campeón de 500cc cuando un (casi) trágico accidente acabó con su carrera y de la frustración de no haber podido convertir a Dani Pedrosa en rey de MotoGP, aprendió muy pronto que a Marc solo hay que darle la orden, poner en marcha su reloj de arena mental, para que se cumpla la gesta. La que sea.

Márquez había notado mariposas en su estómago en las carreras de Mugello y Barcelona. Esas mariposas se confirmaron tras un test agotador en Montmeló. Cierto, todos Honda, equipo y piloto vivían (casi) en el caos en el desconcierto. La fábrica alada sumaba 21 grandes premios sin ganar (récord negativo histórico), el equipo no sabía cómo y por donde mejorar la RC213V y Marc estaba en plena recuperación. “Tanto el caballo como el jinete estaban tocados”, reconoció Márquez. Todo fue llegar a Sachsenring y dispararse las ilusiones. Y trazar un plan.

El equipo Repsol Honda se encarama a su muro para recibir a Marc Márquez, vencedor.

/ ALEJANDRO CERESUELA

Marc fue el mejor, es decir, el más rápido el viernes. Y todos empezaron a asustarse. “Por supuesto que puede ganar”, dijo el campeón Joan Mir. “Como poco, hará podio”, pregonó el líder del Mundial, Fabio Quartararo. “No hay duda: está para ganar”, sentenció Johann Zarco, la revelación de la temporada. El sábado, MM93 se metió en medio de la segunda fila, donde quería estar. Y el domingo…”el domingo, por vez primera en mucho tiempo, sentí la presión, no abrí la boca en la parrilla, quería estar lo más concentrado posible. ¿Por qué?, porque hacía mucho tiempo que no me exigía tanto a mí mismo”.

Riesgo a tope

Salió (5º) y cerró la primera vuelta (1º). A las cuatro vueltas cayeron cuatro gotas. “No, no, no eran cuatro gotas, era lluvia, lluvia, y Marc le echó unos….de narices y se fue, nadie pudo seguirle”, reconoció el gran Aleix Espargaró (Aprilia), que iba pegadito a él. Llegó Miguel Oliveira (KTM), sí y, entonces, Marc convirtió Sachsenring en el divertido trazado de tierra de Rufea y a Oliveira en su ‘sparring’, asistente personal, entrenador y amigo José Luis Martínez (¡ojito!, todo un campeón de España de moto-cross) que siempre intenta ganarle y nunca lo logra. “Es cierto, es imposible ganarle, pero podría haber ahorrado ese comentario ¿no?”, me dijo José Luis por la noche antes de lanzar la mayor de sus carcajadas y ser el hombre más feliz de la tierra.

Puig, repito, el loco que vive con el loco, no solo puso en marcha el reloj de arena de la gesta, también asomó más de la mitad de su cuerpo sobre el muro, en cada vuelta, haciéndole gestos a Marc, cuando cruzaba la meta, líder, que no aflojase, que corriese aún más y más y más. “¡Menudo pájaro! ¡Te dije que lo lograría!”, le dijo Puig al ingeniero japonés Takeo Yokoyama y creador de la crítica RC213V, que unicamente Marc convierte en ganadora.

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“Me lo merecía. Esta victoria es la mejor recompensa a tanto sufrimiento y lucha”, comentó Márquez, que dio las gracias a todos. “Este es el triunfo de demasiada gente. Uno no sube solo ni baja solo”. Y, justo, cuando subía al podio, Quartararo le miró y le dijo: “Oye, Marc, ahora no empieces a ganarlas todas”. Marc le devolvió la mirada y, con esa sonrisa de loco, la misma que Puig intuyó el lunes cuando arrancó la espoleta con su llamada, le respondió: “Tranquilo, Fabio, tranquilo, estamos en Sachsenring”.

Pero hace tiempo que nadie cree a Marc Márquez cuando dice que no está (aún) para ganar.