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Acción pública

Los desastres naturales influyen en las elecciones, pero no generan acciones climáticas, concluye un estudio

"Confiar en que los impactos climáticos por sí solos generen una transformación social a gran escala es una estrategia lenta e inefectiva", destacan los expertos

Inundaciones en una ciudad.

Inundaciones en una ciudad. / Pixabay

Ramón Díaz

Ramón Díaz

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Existe la creencia generalizada de que sufrir en carne propia los embates del cambio climático –inundaciones, incendios, olas de calor…– es un motor potente y duradero para cambiar creencias y comportamientos. Pero un investigación que ha abarcado un período de diez años ha echado abajo esa esperanza común.

El estudio, publicado en el 'Journal of Environmental Psychology', concluye que, si bien los desastres naturales agudos producen un ligero repunte en el apoyo a partidos con políticas climáticas y un posterior fortalecimiento de la creencia en el cambio climático antropogénico, estos efectos son modestos, temporales y palidecen frente a la influencia de factores preexistentes como la ideología política o la situación socioeconómica.

Los resultados sugieren que confiar en que los impactos climáticos por sí solos generen una transformación social a gran escala es una estrategia lenta e inefectiva. El trabajo, dirigido por Omid Ghasemi del Instituto de Riesgo y Respuesta Climática de la UNSW, se propuso responder a una pregunta central: si el aumento de los costos relacionados con el clima impulsaría una acción pública más contundente.

Cambios en tres dimensiones

Para ello, los investigadores rastrearon y cruzaron miles de datos entre 2013 y 2022, comparando a nivel de código postal los patrones climáticos —tanto anomalías graduales en temperatura y lluvia como eventos extremos puntuales— con cambios en tres dimensiones: las creencias climáticas medidas en encuestas, los patrones de voto en elecciones federales y la instalación de paneles solares en hogares, esta última como indicador de comportamiento proambiental.

“La pregunta que queríamos evaluar era si la experiencia directa del cambio climático —desde inundaciones, incendios y olas de calor hasta cambios graduales en el clima— es suficiente para impulsar la acción”, explica Ghasemi.

Imagen de archivo del 30 de octubre, día después de la dana, tomada en una de las calles del centro de Sedaví (Valencia).

Imagen de archivo del 30 de octubre, día después de la dana, tomada en una de las calles del centro de Sedaví (Valencia). / EFE / Biel Aliño

Los resultados pintan un panorama de reacciones humanas matizadas y, en gran medida, limitadas. En el ámbito político, el análisis mostró que cuando un desastre declarado como catástrofe por el sector asegurador —como una inundación o un incendio— ocurría poco antes de unas elecciones, el apoyo a los partidos con políticas climáticas más sólidas aumentaba ligeramente en la zona afectada.

Efecto tenue y de corta duración

“Ese aumento alcanza su punto máximo cuando el desastre ocurre dentro del mes posterior a la votación”, afirma Ghasemi. “En una contienda reñida, los datos sugieren que un desastre meteorológico un mes antes de las elecciones podría ser suficiente para inclinar el resultado hacia un partido más afín al clima”. No obstante, el efecto es tenue y de corta duración; se desvanece con el tiempo y, tras unos cuatro meses, no se observa asociación alguna entre el desastre y el voto.

El coautor Matteo Malavasi contextualiza: “Al comparar los códigos postales afectados por el desastre con zonas similares no afectadas, y teniendo en cuenta los ingresos, la edad y las tendencias meteorológicas a largo plazo, pudimos observar que el efecto es real, pero limitado y temporal”.

En cuanto a las creencias, el patrón fue casi inverso. Analizando las respuestas de más de 8.000 participantes, los investigadores descubrieron que la convicción de que el cambio climático “está ocurriendo ahora y es causado principalmente por actividades humanas” se fortalece no inmediatamente después del evento, sino meses más tarde.

Preocupaciones inmediatas

“Las personas eran más propensas a mantener esta creencia cuando un desastre había ocurrido entre cuatro y doce meses antes de la encuesta”, detalla Ghasemi. “No observamos ningún cambio significativo en la creencia cuando el evento fue reciente, es decir, entre uno y tres meses antes”.

Incendio forestal.

Incendio forestal. / Pixabay

Una posible explicación, señalan, es que justo después de una catástrofe, la gente se centra en preocupaciones inmediatas como reparar daños o gestionar seguros, y la reflexión sobre las causas subyacentes llega después, mediada por el discurso público y los medios. Aun así, estos cambios en las creencias, aunque detectables estadísticamente en grandes conjuntos de datos, fueron de una magnitud pequeña, insuficiente para transformar actitudes públicas a gran escala.

Donde la experiencia climática mostró una influencia casi nula fue en el comportamiento personal medido a través de la adopción de energía solar en los tejados. “Durante una década que incluyó los incendios del Verano Negro, la sequía de 2019-20 y tres años consecutivos de La Niña, los hogares de los códigos postales afectados no mostraron mayor probabilidad de instalar energía solar en los meses o el año posteriores a un desastre”, afirma Ghasemi.

Efectos inconsistentes

Solo surgió una señal muy leve entre siete y doce meses después, pero fue insignificante en comparación con otros predictores. En contraste, el estudio sí encontró que las anomalías climáticas de largo plazo, como desviaciones sostenidas de temperatura o precipitación respecto al promedio de 30 años, tuvieron efectos inconsistentes y minúsculos sobre creencias, voto o instalación de paneles solares.

¿Por qué la experiencia directa, tan vívida y costosa, no se traduce en un cambio más profundo? Los autores apelan a principios de la psicología y al peso abrumador de factores estructurales y políticos. El coautor Ben Newell señala que las investigaciones sobre la percepción del riesgo muestran que las personas "dependen de ventanas de memoria cortas”.

Además, la gente recalibra constantemente su idea de lo 'normal': “Pueden recalibrar lo que se considera un clima ‘normal’ basándose en años recientes, haciendo que los cambios continuos sean menos notorios con el tiempo”.

La parábola de la rana hervida

Es la parábola de la rana hervida: la adaptación sustituye a la reacción ante cambios lentos. Los desastres, por su impacto y actualidad, sí alteran temporalmente la percepción de riesgo, pero ese efecto se esfuma rápidamente ante las demandas cotidianas. “Una vez que desaparecen los titulares, también desaparece la urgencia”, reflexiona Newell.

Sin embargo, la razón más poderosa por la que los desastres tienen un impacto limitado radica en factores preexistentes. El estudio identificó que la identidad política es el predictor más sólido de la creencia en el cambio climático, superando con creces cualquier respuesta al clima extremo. Los votantes de los partidos tradicionales eran mucho menos propensos a aceptar el cambio climático antropogénico que los partidarios de los partidos 'verdes', independientemente de haber vivido los mismos desastres.

“Una posible explicación es que los filtros perceptivos –hábitos mediáticos, mensajeros de confianza y normas comunitarias– siguen influyendo en la interpretación que las personas hacen de los fenómenos meteorológicos extremos. Los factores políticos parecen ser mucho más influyentes que la experiencia personal inmediata”, sugiere Ghasemi.

Brecha de género

Los factores estructurales también resultaron decisivos, especialmente para la acción concreta. La adopción de energía solar estuvo fuertemente influenciada por subsidios, propiedad de la vivienda y nivel de ingresos. “Los ingresos y la edad fueron los predictores más sólidos de la instalación de energía solar. Los códigos postales con una población mayor y más adinerada, en promedio, adoptaron la energía solar con mayor frecuencia, independientemente del clima”, afirma Ghasemi.

También se observó una brecha de género: las áreas con mayor proporción de mujeres mostraron una ligera mayor tendencia a votar por partidos pro-clima, pero una menor adopción de paneles solares, lo que probablemente refleja un acceso desigual al capital y a la propiedad de la vivienda.