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Primera clase, asientos vacíos y aviones viejos causan la mitad de las emisiones de la aviación

Volar de forma más eficiente recortaría las emisiones de la aviación mucho antes de la implementación de combusibles limpios. Pero no serviría, si el sector siguiera creciendo.

Vuelos de larga distancia: el 0,4% del total, pero el 55% de las emisiones de la aviación

Limitar las fugas de metano permite ganar tiempo al cambio climático

Aeropuerto de El Prat

Aeropuerto de El Prat / Manu Mitru

Michele Catanzaro

Michele Catanzaro

Barcelona
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Entre los causantes del cambio climático, la aviación es uno de los problemas más duros de pelar. Los combustibles limpios no son una solución a corto plazo, ya que no se preve su uso generalizado hasta dentro de décadas. Tampoco sirve plantar árboles para absorsber las emisiones de los aviones: no hay tanto espacio para ello y hay efectos colaterales, cómo los incendios.

Sin embargo, algo mucho más asequible podría ayudar: mejorar la eficiencia de los vuelos. Así lo afirma un estudio publicado en la revista 'Nature Communications & Environment'. El trabajo estima que entre mitad y tres cuartos de las emisiones de la aviación se deben al espacio extra asignado a los asientos de clases superiores a la económica, a los vuelos medio vacíos, y al uso de aviones viejos, que queman más combustible para hacer el mismo trayecto que los más modernos.

Sin embargo, la eficiencia no es ninguna solución mágica, advierten diversos expertos. Por una parte, la economía de la aviación no prioriza la eficiencia. Por otra, las mejoras quedarían en nada si el sector continuara creciendo.

Un asunto “intratable”

Los aviones son responsable de un 2-3% de las emisiones de gases que causan el cantamiento global, pero esa porción está en crecimiento porque el sector está en expansión. Tomar un vuelo es la actividad más contaminante que se pueda hacer a nivel individual: no hay dieta vegana, apuesta por la bicicleta o instalación de placas solares que compense el impacto de viajar en avión.

“Hay cada vez más evidencia de que la transición hacia carburantes limpios no funcionará. No hay sufciente capacidad para producirlos y son demasiado caros”, constata Stephan Gössling, investigador de la Universidad Linnaeus (Suecia) y coautor del trabajo. Descarbonizar la aviación es un problema que muchos expertos califican de “intratable”. Pero el nuevo estudio “muestra una vía alternativa, basada en usar el potencial de la eficiencia”, afirma Gössling.

El equipo del investigador recopiló los datos de 27 millones de vuelos comerciales que transportaron 3500 millones de pasajeros entre 26.000 parejas de ciudades en 2023. Los investigadores calcularon cuanto CO2 se emitió para transportar un pasajero a lo largo de un kilómetro de vuelo. La variabilidad es enorme: de 30 a 900 gramos. Los vuelos que contaminan menos son los más eficientes.

Los investigadores calcularon cómo cambiaría ese escenario de emisiones, si se maximizara la eficiencia. En primer lugar, computaron qué pasaría si la entera flota de aviones estuviera compuesta por los modelos más modernos. Luego, estimaron el efecto de no tener más del 5% de asientos vacíos (en 2023, fueron un 21% en un vuelo promedio) y de reemplazar cada asiento de primera clase (que ocupa mucho espacio) con tantos asientos de clase económica como cupieran en esa superficie. Las cuentan arrojaron un resultado asombroso: sólo con esas medidas se podría ahorrar entre un 50% y un 75% de las emisiones.

Etiquetas, prohibiciones, multas y premios

Gössling cita una multitud de medidas que podrían empujar la eficiencia. “Todas las aerolìneas podrían tener una puntuación, parecida a la escala de colores de los electrodomésticos: eso empujaría a los clientes a elegir las compañías más verdes”, explica.

Los aeropuerto podrían imponer unas tasas a las aerolíneas ineficientes y emplearlas para premiar las eficientes - algo que Noruega ya aplica a los coches. “También se podría prohibir la circulación de los aviones más ineficientes, así como ahora está prohibida la de los más ruidosos”, añade Gössling.

Los expertos consultados que no trabajaron en el estudio coinciden en que se trata de un trabajo riguroso. “Es una muy valiosa estimación empírica de la eficiencia en emisiones de la aviación”, afirma James Morrison, investigador del Institut de Ciències i Tecnologies Ambientals (ICTA-UAB).

Pero dudan de su aplicabilidad. “Hay una eficiencia intrínsica en el sistema que es muy difícil de eliminar”, afirma Marina Efthymiou, experta en aviación de la escuela de negocios DCU de Dublín.

Las trampas de la eficiencia

En primer lugar, la economía de la aviación no está diseñada para maximizar la eficiencia. Para muchas compañías aéreas, el negocio se basa en la primera clase y business class, explica Efthymiou. Además, “el sector hará todo lo que pueda para explotar al máximo la flota actual, que tiene un valor conjunto de más de 1000 millones de euros”, afirma Paul Peeters, profesor de turismo sostenible en la Universidad de Breda.

En segundo lugar, el tiro de la eficiencia podría salir por la culata: unos vuelos más eficientes serían también más económicos para las compañías, que podrían aprovechar ese ahorro para poner aún más aviones a volar (un fenómeno llamado “efecto rebote”).

“Si pones más asientos en un avión, los precios bajarán y eso incentivará la gente a volar aún más: la eficiencia podría acabar por aumentar las emisiones en lugar de reducirlas”, constata Peeters. De hecho, esto es exactamente lo que ha ocurrido con las aerolineas low-cost.

Los expertos advierten también de efectos indirectos. “Los más ricos de la primera clase podrían optar por comprarse sus propios jets privados”, aventura Peeters. “El esfuerzo necesario para hacer esos cambios podría resultar en menos inversión en desarrollar combustibles limpios”, advierte Morrison.

No hay salida fácil. “Se necesita un poco de cada medida: inversión, impuestos, regulación, innovación.... Pero debería ser un esfuerzo global y mucho dependerá de lo que ocurra en Estados Unidos: no soy optimista”, concluye Efthymiou.

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