Cumbre del clima (COP30)
La cumbre de Brasil, vista desde dentro: calor asfixiante, helados derretidos y una metáfora constante de la crisis climática
Las altas temperaturas registradas en los pasillos de la cumbre de Belém sirven de recordatorio sobre la urgencia de actuar frente a una crisis que, de seguir así, convertirá estas condiciones en la nueva normalidad para millones de personas
Cumbre del clima 2025, en directo: última hora de la COP30 de Brasil y de la participación de España en las negociaciones

Indígenas de la tribu Pataxó, del estado de Bahía, asisten a la COP30 en Belém (Brasil). EFE/André Coelho / André Coelho / EFE

Hay artistas que pasan años intentando plasmar un concepto en una obra. Hay escritores que dedican la vida a encontrar las palabras exactas para expresar una idea. Y hay académicos que invierten carreras enteras en explicar, a veces sin éxito, el alcance de investigaciones que parecen demasiado abstractas. Pero en Belém, epicentro de las negociaciones climáticas más importantes de la década, la metáfora se construye sola. Basta caminar por los pasillos de la cumbre del clima de Brasil (COP30) para entenderlo. Es como si las calles, el aire y hasta la misma lluvia amazónica quisieran intervenir en el debate para recordar que lo que aquí se discute no es una realidad intangible ni una colección de cifras sin alma, sino una crisis que nos atraviesa a todos. También a los negociadores reunidos en Belém.
El recinto que en estos momentos acoge la cumbre del clima se sitúa en el norte de la ciudad de Belém, a un paso del majestuoso río Guamá y en plena antesala del estuario amazónico. Se trata de un espacio que se concibió originalmente como aeropuerto militar pero que, con el tiempo, ha sido reconvertido en un espacio de unión entre la cultura, el deporte y la naturaleza y, cómo no, en un centro de eventos. Con la llegada de la cumbre del clima, el Parque da Cidade se ha visto obligado a esconder su verde y a desplegar, en su lugar, unas gigantescas carpas blancas, de apariencia plástica, aíslan a los asistentes del exterior y los sumergen en una realidad paralela. Y es que una vez cruzado el umbral de entrada a la cumbre, y pasados los múltiples controles de seguridad, la ciudad de Belém desaparece y se entra en la que ahora es la ciudad climática más importante del mundo.
El recinto que acoge la cumbre del clima y sus más de 56.000 asistentes es un gigantesco recinto de carpas blancas que convierten el espacio en una burbuja aislada del resto de la ciudad
La cumbre de Belém es en sí misma una metrópolis en miniatura en la que deambulan sin descanso más de 56.000 personas. Hay cientos de diplomáticos que, con sus trajes perfectamente ajustados y sus maletines llenos de apuntes, caminan frenéticamente de una reunión a otra acompañados de sus asesores. Hay activistas que se pasan el día alzando la voz en todos los espacios posibles, ya sea a través de llamativas protestas o de charlas pausadas, para concienciar sobre cuestiones como, por ejemplo, la necesidad de proteger el Amazonas, la urgencia de movilizar fondos climáticos para paliar el caos climático en el sur global o la cuestión de “vida o muerte” que supone para muchos el dejar atrás los combustibles fósiles. También hay expertos, observadores internacionales, oenegés, líderes indígenas, empresas y entidades de todo tipo deambulando por los pasillos. Y cómo no, decenas de periodistas y comunicadores para contarlo todo.
Un calor asfixiante y un aire acondicionado que no llega para todos
Si algo tienen en común todas estas personas es que, una vez entrados en la cumbre de Belém, respiran el mismo aire empapado de calor, humedad y un ambiente asfixiante. En la entrada del recinto, donde cientos de países y entidades despliegan sus pabellones informativos y congregan a gente para celebrar eventos para hablar sobre cuestiones relacionadas con la crisis climática, la temperatura es tan alta que hay equipos de voluntarios dedicados a repartir latas de agua congelada y, para los más afortunados, coloridos abanicos. El calor es tal que, conforme avanza el día, la gente va perdiendo la compostura, se va quitando desabrochando la camisa y, en ocasiones, hay quien acaba tirado en el suelo en busca de respiro. Hay aire acondicionado, sí, pero irónicamente no llega a todos sitios por igual. Hay zonas en las que el calor asfixia y otras en las que casi hace falta un abrigo. Una vez más, la metáfora se dibuja sola.
En algunas zonas el calor asfixia a los asistentes y en otras el aire es tan fuerte que congela (y despeina) a muchos a su paso, como si de una metáfora climática se tratara
Los pocos lugares donde el calor da un respiro son aquellos que reciben de forma directa el rugido de los aparatos industriales de aire acondicionado instalados en el techo y que, según bromean muchos asistentes, crean su propia corriente de aire y despeinan hasta a los más pulcros al pasar. Ahí, en vez de sufrir por las altas temperaturas, la gente sufre por el ruido intenso y constante que generan estas máquinas y que, en ocasiones, tras un intenso día de trabajo, deja a más de uno con un intenso dolor de cabeza. Hace unos días, además, en una de las zonas más nobles de la cumbre se reportaron goteras de gran tamaño tras el paso de un temporal amazónico. Y esto, una vez más, puede leerse como una simple trivialidad, un error logístico o, cómo no, parte de una ‘performance’ involuntaria para recordar que no hay refugio posible ante un mundo inmerso en caos climático porque todos, antes o después, podemos estar expuestos a sus impactos.
Un buen termómetro para entender una cumbre del clima es la afluencia hacia los puestos de comida situados dentro del recinto. En el ecuador de la segunda semana de negociaciones, y mientras se acerca la fecha límite para cerrar un acuerdo, los más concurridos han sido los de café y los de helados brasileños. Los primeros, claro está, porque se necesita cafeína para aguantar las largas horas de negociación que quedan por delante. Y los segundos porque, según se ha puesto sobre la mesa durante este encuentro, para hacer frente a extremos climáticos como el calor asfixiante se necesitan medidas de adaptación y resiliencia. Aunque sean helados medio derretidos que ilustran la urgencia de cerrar un acuerdo ambicioso de “soluciones climáticas” antes de que sea demasiado tarde y el manjar se funda del todo.
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