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La desertificación en España: un problema añadido que (aún) podemos detener

Según el ministerio para la Transición Ecológica, hasta el 80% de nuestro país está en riesgo de convertirse en un auténtico desierto

La desertificación en España: un problema añadido que (aún) podemos detener
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Alejandro Vega

Si la emergencia climática es ya de por sí un problema, este fenómeno supone una debilidad añadida a la hora de hacer frente a ambos. Según Greenpeace, se trata de una tendencia preocupante que se agravará si no se actúa a tiempo. Por ello, la propia ONG urge a ciudadanos, empresas e instituciones a desarrollar e implantar medidas.

La Agencia Europea del Medio Ambiente es contundente: el riesgo de desertificación es especialmente grave en el sur de España, que corre el riesgo de ser el país más afectado del continente. Por tanto, nuestro país está en el punto de mira de un fenómeno global que nos puede perjudicar de lleno.

Si analizamos las causas de este proceso, encontramos que Greenpeace pone sobre la mesa aspectos como la sobreexplotación de los recursos hídricos o la urbanización irracional. Por su parte, el ministerio para la Transición Ecológica hace alusión a la sequía, los incendios forestales o la erosión como contribuyentes a lo que denomina «un proceso complejo».

A pesar de todo lo anterior, la desertificación no debe ser vista como una amenaza hipotética, sino como una realidad. Los expertos estiman que el 30 % de nuestro país ya muestra un estado muy avanzado en este sentido. Este porcentaje, afirman, seguirá extendiéndose al resto del territorio nacional si no se toman las medidas adecuadas.

Por un momento, vamos a examinar la situación en España. De acuerdo con National Geographic, la región mediterránea y las islas Canarias son las zonas a las que este fenómeno atacará con mayor dureza. No obstante, el Gobierno lo deja claro: en un futuro próximo, este proceso se irá acercando hacia el norte peninsular cada vez más.

Si ponemos cifras a la desertificación en nuestro país, la tendencia es claramente alarmante. España tiene un total de 50 millones de hectáreas grosso modo. En comparación, la suma de tierras áridas, semiáridas y subhúmedas secas alcanzará próximamente las 37 millones de hectáreas, de acuerdo con un estudio realizado por el Gobierno hace varios años.

Las causas reflejan que nuestro modo de vida está dañando a nuestro entorno y nuestro planeta. Por su parte, las consecuencias son una representación de la gravedad del problema. Entre ellas, destacamos la disminución de la agricultura y la ganadería, dos de los principales sustentos de muchas regiones de la periferia y el interior de nuestro país.

A su vez, provocará inseguridad alimentaria, principalmente, debido a la escasez de materias primas. También ocasionará una elevada alteración de los recursos naturales y los ecosistemas, así como una pérdida inimaginable de suelos fértiles, según la Fundación Aquae. Por si fuera poco, muchas de esas consecuencias son irreversibles.

España forma parte de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD), pero no como un miembro más, sino como entidad territorial afectada. Del mismo modo, este fenómeno se ha puesto sobre la mesa en las diferentes Conferencias del Clima, si bien algunas veces ha tenido más éxito que otras.

Durante los últimos 150 años, nuestro país ha conseguido repoblar el 10% de su superficie, esto es, 5 millones de hectáreas. No obstante, el Gobierno, al anunciar este hecho, también es objeto de peticiones más ambiciosas por parte de los grupos ecologistas. Entre ellos, destacamos nuevamente a Greenpeace, que solicita un cambio en la política hidráulica.

Para la ONG ambientalista, el problema se podría solucionar con una renovación de «las políticas hidráulica, forestal y agrícola» en todo el país. Además, también arrojan un rato preocupante al comentar que, de las diez cuencas hidrográficas con más sequía crónica de Europa, siete están en España.

Junto con el Gobierno, muchas organizaciones se han propuesto implantar medidas más o menos ambiciosas en aquellas zonas que aún no han sido afectadas. Una de ellas consiste en facilitar la convivencia entre las actividades agrícolas y de pastoreo. De este modo, se crea un modelo circular de consumo que evita el desperdicio de tierras.

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En último lugar, también se ha marcado el objetivo de revalorizar la agricultura apostando por usos del suelo que no provoquen aridez. La utilización de invernaderos o las nuevas modalidades de acuicultura son dos medidas que van en esta línea. A su vez, también se recomienda innovar en nuevos usos de la tierra que, por supuesto, sean más respetuosos.

Si lo miramos bien, la lucha contra la desertificación no solo es un reto, también puede ser una oportunidad. La clave está en valorar los recursos que tenemos y adoptar modelos de consumo sostenibles. La Tierra (en mayúsculas) ha hablado, ahora es momento de comprender su mensaje y actuar en consecuencia.