20 feb 2020

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MEDIO AMBIENTE

Los 200.000 árboles de Barcelona retienen al año el agua de 15 piscinas

Su transpiración contribuye a bajar la temperatura y a aliviar la emergencia climática

El verde entre el asfalto compensa las diferencias de vegetación que hay entre barrios

Michele Catanzaro

Un cedro del Himalaya, en las calles de Barcelona. 

Un cedro del Himalaya, en las calles de Barcelona.  / JORGE GIL

Los humildes árboles callejeros – decoración o incordio, según los gustos – prestan desde siempre una ayuda callada contra el cambio climático en Barcelona.

En el 2015, los 200.000 árboles plantados en vías y plazas de la ciudad (es decir, aquellos que no están en los parques ni en Collserola) evitaron que 53.000 metros cúbicos de agua de lluvia –el equivalente a unas 15 piscinas olímpicas– se escurrieran directamente por las alcantarillas. También transpiraron 850.000 metros cúbicos de agua, contribuyendo así a mitigar la temperatura de su entorno, junto con el efecto de su sombra.

Así lo certifica un estudio publicado en la revista Environmental Science and Policy por investigadores del Institut de Ciències i Tecnologies Ambientals (ICTA-UAB). El trabajo ha cuantificado por primera vez los servicios ecosistémicos prestados por cada uno de los árboles de calle de la ciudad.

"Tendemos a idealizar los parques del norte de Europa e infravaloramos el arbolado viario. Pero en una ciudad mediterránea las extensiones de césped consumen mucha agua y lo que necesitamos es sombra", afirma Amàlia Calderón-Argelich, coatuora del artículo. "En Barcelona, el calentamiento y la irregularidad de las precipitaciones van a crecer por el cambio climático: el arbolado de la calle puede marcar una diferencia", añade.

El almez es uno de los árboles que hay en Barcelona más eficaces en la lucha contra el cambio climático. / JORGE GIL

12 árboles para 100 personas

Barcelona tiene una cobertura verde pública por debajo del promedio europeo (7 metros cuadrados por persona) pero tiene casi el doble del promedio de árboles de calle (12 por cada 100 habitantes)

El estudio del ICTA ha introducido los datos de cada uno de ellos en el programa i-Tree Eco, que cuantifica sus servicios ecosistémicos en base a su especie, diámetro, altura, y follaje.

Eso ha revelado que en el 2015 (con los datos más recientes disponibles), el arbolado retuvo 52.668 metros cúbicos de agua. "Los árboles no pueden absorber una inundación imprevista de esa talla, pero sus hojas interceptan la lluvia y ralentizan la escorrentía superficial. Parte de esa agua se infiltra por los alcorques pero la mayoría acaba goteando", explica Francesc Baró, otro coautor del trabajo.   

Los árboles callejeros también transpiraron 840.408 metros cúbicos de agua. Eso, combinado con su sombra, puede bajar en casi dos grados la temperatura de su entorno, según un estudio del 2018. 

"El arbolado de la calle es importante", confirma Marisa Graça, investigadora de ecología urbana de la Universidad de Porto, en Portugal, no implicada en el trabajo. "Los árboles que bordean una carretera tienen un impacto parecido al de un parque", afirma. En ciudades compactas como Barcelona, no hay tierra para nuevas extensiones verdes, así que el arbolado viario es crucial.

Los árboles más eficaces suelen ser los más grandes, con hojas abundantes y densas y que no las pierden a lo largo del año, como el ciprés. Por ejemplo, un ciprés de quince metros de altura, emplazado en la avenida de María Cristina (Poble Sec), llegó en el 2015 a evitar 1.7 metros cúbicos de escorrentía, a transpirar 27 metros cúblicos de agua, a eliminar 900 gramos de contaminantes y a producir 32 kilogramos de oxígeno.

"También son notables los almeces y los plátanos, porque llegan a ser muy grandes", apunta Calderón-Argelich. Por la misma razón, el verde callejero presta más servicios en barrios de calles anchas como el Eixample y Sant Martí y menos en las vías angostas de Ciutat Vella y Gràcia.

Cipreses, en la avenida de Maria Cristina. / JORGE GIL

Verde democrático

Esta distribución no guarda relación con la renta del barrio, ni con la presencia de población migrante, al contrario de lo que ocurre en Estados Unidos, donde se han llevado a cabo estudios parecidos.

"Allí, los residentes acomodados presionan parta tener más verde, mientras los pobres rechazan el verde por los problemas que conlleva la falta de mantenimiento. La presencia de verde influye también en el valor inmobiliario, lo que explica en parte estas actitudes", explica Baró.

Al contrario, en Barcelona, el verde callejero presta más servicios en barrios con más personas mayores y menos nivel educativo. "La distribución del arbolado de calle tiene un efecto redistributivo. Las zonas donde presta más servicios coinciden con áreas que tienen menos parques o espacios verdes privados", afirma Baró.

Probablemente, en Barcelona no se dan los incentivos de las ciudades norteamericanas. Además, mientras en los barrios de Sarrià-Sant Gervasi la mayoría del verde es privado, en otros, como Sant Martí y Sant Andreu, la cobertura vegetal viene básicamente del arbolado viario. Con la excepción de Ciutat Vella, este patrón coincide con la distribución de ciertos indicadores de edad y educación.

¿Árboles o coches?

Los investigadores del ICTA creen que hay que poner más en valor la infraestructura verde callejera. Nueva York, por ejemplo, dispone de una web donde se pueden consultar los servicios prestados por cualquier árbol de la ciudad. 

El potencial de este recurso natural se topa con el papel del coche en las calles que bordean. "A más privilegios para el coche, menos espacio para los árboles en la acera", afirma Calderón-Argelich. "Las superislas y los corredores verdes son oportunidades para plantar nuevos árboles”", concluye Baró.

Hojas y contaminación, una relación compleja

Según el estudio del ICTA, el arbolado viario de Barcelona absorbió en el 2015 28.000 kilogramos de sustancias contaminantes. Esta cantidad es pequeña respecto al total que emite la ciudad. Además, los científicos aún no han aclarado el efecto de los árboles urbanos en la contaminación. Los contaminantes gaseosos, como el dióxido de nitrógeno, pueden ser absorbidos por los poros de las hojas. Los sólidos, como el particulado, se engancha a las hojas y son arrastrados hacia la tierra por la lluvia. Sin embrago, también es posible que el viento los devuelva a la atmósfera. La presencia de árboles grandes en calles angostas donde pasan coches puede empeorar la contaminación local, al atrapar las sustancias emitidas por los vehículos y dificultar que el viento las disperse. Además, los árboles emiten polen y compuestos volátiles que pueden contribuir a la contaminación. Finalmente, la eficacia de la infraestructura verde depende de su resistencia al calor, sequías, eventos meteorológicos extremos e infecciones.