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CALIDAD DEL AIRE

Las mascarillas antipolución protegen pero no son impenetrables

El filtro facial contra la contaminación bloquea entre el 20% y el 50% de las partículas de promedio

Esta eficacia se alcanza con una perfecta -e incómoda- adhesión a la cara, que no es común

Michele Catanzaro

Fulvio Amato (izquierda) y Xavier Querol, investigadores del CSIC, con su dispositivo para estudiar la efectividad de las mascarillas para ciclistas.

Fulvio Amato (izquierda) y Xavier Querol, investigadores del CSIC, con su dispositivo para estudiar la efectividad de las mascarillas para ciclistas. / Laura Guerrero

Muchos ciclistas de Barcelona, y hasta algunos peatones, se ponen mascarillas antes de aventurarse por las calles de la capital catalana, una de las ciudades europeas cuyo aire presenta una calidad más baja. ¿Sirven de algo estos dispositivos? La respuesta es sí, según un estudio del CSIC, que ha analizado nueve mascarillas comerciales. Pero con matices.

En primer lugar, las mascarillas no bloquean todo el flujo de partículas nocivas, especialmente las más finas. En segundo lugar, su plena eficacia se alcanza sólo si se adhieren perfectamente a la cara. Esto no suele ocurrir, por razones como la forma del rostro, la presencia de barba, el sudor o la incomodidad.

Los expertos coinciden en que los beneficios para la salud de caminar o pedalear superan casi siempre los perjuicios de exponerse a contaminantes. En otras palabras, es mejor caminar o pedalear sin mascarilla, que sentarse en un coche. De hecho, tampoco está claro que el caparazón de un coche u de otros medios de transporte proteja de las partículas, según un análisis reciente.

También destacan que la única defensa real ante la polución es reducirla. Esto salvaría la incomodidad de llevar mascarilla. Y sobre todo ahorraría las 3000 muertes estimadas que se producen cada año en Barcelona por contaminación.

A la espera de que esto ocurra, el estudio del CSIC sugiere como es la mascarilla ideal: con exhaladores de aire, con múltiples capas de filtro y con la certificación europea EN149. Curiosamente, de los nueve modelos analizados, el que dio los mejores resultados no es el más caro, sino que tiene un precio intermedio (unos veinte euros). La razón más probable es justamente que su tejido se adapta bien al rostro.

Pregunta de los ciclistas

"Muchos ciclistas urbanos nos preguntaban si las mascarillas sirven de algo y qué tipología hay que usar", relata Adrià Arenas, miembro del Bicicleta Club de Catalunya (BACC), la organización que se dirigió al Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) del CSIC para pedir información. Los investigadores decidieron averiguarlo con los recursos internos de la institución.

Con este objetivo, adquirieron los nueve modelos de mascarillas más comunes. Se trata de artículos comerciales, con precios inferiores a los 50 euros, y no de los más aparatosos usados en contextos industriales. Entre ellas, hay de neopreno y de algodón, con filtros de una capa o de tres, sin válvulas de exhalación o con una o dos de estas.

La normativa europea EN149 establece tres niveles de eficacia de los filtros: FFP 1, 2 y 3 (de menos a más eficaz). "Sin embargo, esta es la máxima eficacia posible. Es como si el filtro estuviera directamente en la boca del ciclista, sin ninguna fuga", apunta Fulvio Amato, investigador del IDAEA y coautor del trabajo.

Cabezas de papel maché

Para simular condiciones más realistas, los investigadores fabricaron dos cabezas de papel maché idénticas, con medidas europeas estándar. Las bocas de los dos maniquíes alojan tubos que simulan la respiración y conducen el aire hacia una batería de instrumentos de medida.

Las dos cabezas se colocaron fuera de una ventana del primer piso del IDAEA. "No es una calle con tráfico, pero estamos a 200 metros de la Diagonal y la concentración de partículas corresponde al fondo promedio de Barcelona", explica Amato. "Además, estamos al lado de la estación de referencia [de medida de la calidad del aire] de Barcelona", añade.

Al inicio del experimento, los dos ciclistas de papel maché "respiran" libremente durante media hora. Luego a uno se le aplica una mascarilla y el ensayo sigue por media hora más. "El efecto es inmediato", observa Amato. Los instrumentos detectan caídas importantes en la absorción de partículas.

Las más gruesas –las PM2.5, de diámetro inferior a 2.5 micras, que afectan al sistema respiratorio– son las que se reducen más, un 48% en promedio. Las más pequeñas –el carbono negro, dañino para el sistema cardiovascular– baja solo de un 19% en promedio.

Según el tipo de mascarilla, la eficacia puede bajar a menos del 10% de las partículas o subir al 96% para las más gruesas. "La mejor fue la número 7, que es la que visiblemente se adapta mejor al rostro del maniquí", afirma Amato.

Sin embargo, los autores se niegan a revelar la marca o recomendarla. "Hemos analizado una cara-tipo. Habría que hacer un estudio en una población", explica Amato. No obstante, se pueden sacar algunas sugerencia del estudio. En primer lugar, la mascarilla 7 tenía tres capas de filtro. En segundo lugar, tenía válvulas de exhalación. "Las válvulas facilitan la salida del aire exhalado, expulsando la parte exhalada de la contaminación", explica Amato.

¿La mascarilla es la solución?

"Las mascarillas son efectivas y yo aconsejaría llevarlas, pero no son la solución", afirma Amato. "Apostaría que el beneficio real es inferior al medido por el estudio, por la variación en la forma de la cara, el sudor, etcétera", afirma Darby Jack, investigador de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, que está preparando un experimento con análisis de sangre a ciclistas en carne y hueso.

"Para ser efectivas, las mascarillas tienen que estar apretadas, es decir, deben ser incómodas. Si ir en bicicleta se convierte en una experiencia miserable, podría desanimar a la gente", observa Audrey De Nazelle, investigadora en política ambiental del Imperial College de Londres.

"En Europa, los beneficios de la actividad física superan los perjuicios de estar en el tráfico", afirma. En esto, coinciden todos los expertos consultados. "Lo más peligroso de la bicicleta es no ir en bicicleta, incluso teniendo en cuenta los accidentes", bromea Jack.

"Es cierto que el uso de la mascarilla no es agradable, especialmente en verano. Nosotros llegamos a la conclusión que va bien, pero tiene que ser el último recurso. Es preferible reducir la contaminación yendo por vías con menos tránsito", afirma Adrià Arenas, del BACC.

Amato no lo ve tan fácil. "Si vamos por calles menos contaminadas, pero alargamos el recorrido, podríamos haber tomado la misma dosis de partículas al final", observa.

"El impacto positivo de la mascarilla podría ser sobre todo otro: concienciar al público sobre la contaminación para que le ponga presión a los políticos", concede De Nazelle. La solución real, afirma esta investigadora, y los otros coinciden con ella, es recortar drásticamente la polución.