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AVANCES DE CIENCIA

Ideas para liberarse del plástico

Reducir drásticamente el consumo de plástico no conlleva necesariamente volver a la vida paleolítica

Así lo demuestra la bloguera ecologista Yurena González en una guía práctica que sale esta semana

Yurena González

Mejor sin plastico (Plataforma Editorial, 2019) de Yurena González (derecha)

Mejor sin plastico (Plataforma Editorial, 2019) de Yurena González (derecha)

Fragmento de "Mejor sin plástico. Guía para llevar una vida sostenible", de Yurena González (Plataforma Editorial, 2019).

Selección a cargo de Michele Catanzaro. 

Lee aquí los otros Avances de Ciencia de El Periódico.

A menudo escucho decir que una sola persona no puede cambiar el mundo, sin embargo, muchos de los grandes cambios que ha vivido y sigue viviendo nuestra historia han sido promovidos inicialmente por una sola persona. Aunque nadie tiene la capacidad ni el poder de cambiar a otra, sí que puede influir en ella para que el cambio lo haga por sí misma, tiene el poder de influir en otros y provocar una reacción en cadena que nos lleve a un cambio masivo en el mundo.

Este libro va precisamente de cambios, de dentro hacia fuera, y viceversa. Cambios  que perduren, que lleguen a formar parte de nosotros mismos y que nos permitan transformar nuestra manera de vivir e influir positivamente en nuestro entorno. Un simple cambio de hábito puede revolucionar nuestro interior y llevarnos a gestos mayores, y una toma de conciencia puede materializarse en un gran cambio y transformar nuestra percepción del mundo y la de quien nos rodea.

Ese ha sido uno de los grandes descubrimientos para mí: darme cuenta de cómo un hecho aparentemente tan superficial como podría ser reducir la basura que generaba se convertía en algo tan profundo que transformaría mi vida, mi manera de pensar y actuar. Durante parte de mi vida he vivido con la sensación de que había un cierto desequilibrio e incoherencia entre lo que sentía, lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía. Por un lado, desde los veinte años, he centrado mis esfuerzos en desarrollar el altruismo, el agradecimiento, el amor por todo cuanto existe y la importancia de proteger nuestro único sustento de vida: la naturaleza. Pero, por otro lado, vivía en mi nube de ilusión arropada por mis teorías mentales, que me impedían encontrar la manera de materializar todo lo que iba aprendiendo y actuar de un modo más concreto, más minucioso. Realmente, no sabía qué podía hacer, más allá de poner dos frutas diferentes en una misma bolsa de plástico para ahorrarle una al planeta cada vez que compraba o recoger el agua de la ducha mientras se calentaba. Jamás se me ocurrió pensar que tenía el poder de elegir cada uno de mis pasos, y de que hay miles de maneras de cambiar la corriente.

"Me quedé paralizada frente a mi cubo de basura plástica, como otras tantas veces, pero esa vez pensé por primera vez que tenía que haber alguna manera de dejar de generar tanta basura."

Yurena González

Autora de "Mejor sin plástico" (Plataforma Editorial, 2019)

Seguramente, y no por casualidad, aquellos sentimientos me llevaron a un punto de inflexión en mi vida. Llegó ese momento que muchas personas vivimos, en el que sabes que tienes que hacer un cambio, pero no tienes ni idea de cómo hacerlo ni si realmente puedes hacerlo. Me quedé paralizada frente a mi cubo de basura plástica, como otras tantas veces, pero esa vez pensé por primera vez que tenía que haber alguna manera de dejar de generar tanta basura. En esos días, además, una amiga compartió por las redes sociales un artículo en el cual se hablaba de la toxicidad del agua embotellada ocasionada por el plástico. Mi hijo de cuatro años y mi hija de apenas unos meses por aquel entonces estaban expuestos al plástico las veinticuatro horas del día, como cualquier otro niño. Así que, más allá de pensar que no sería para tanto, pensé todo lo contrario: me obsesioné, de manera un tanto exagerada (o no), con que el plástico, que estaba en contacto con el agua y los alimentos que consumían mis hijos, podría estar afectando a su salud. No sé si era para tanto, seguramente sí, pero, en cualquier caso, aquel miedo me empujó a tomar la decisión de hacer un giro de ciento ochenta grados en nuestra manera de vivir.

Aun así, los efectos del plástico en la salud humana pasaron a un segundo plano para mí cuando, poco después, descubrí el impacto medioambiental de este, algo que ignoraba por completo. Ya no se trataba solo de las repercusiones que tiene en nuestra salud el uso del plástico, sino las que tiene en la salud de la Tierra y en la de todos los seres vivos que habitamos en ella.

Todo aquel descubrimiento formó una revolución dentro de mí. El estado de shock inicial, y los sentimientos de frustración y culpa, me tuvieron paralizada varios días. La venda que tenía en los ojos había comenzado a desprenderse y ya no podía volver a taparlos y seguir con mi vida como si nada, por lo menos no con la conciencia tranquila. Así que, en un ataque de valentía y motivación, le dije a mi marido «¡Se acabó!,  a partir de hoy quiero vivir sin plástico». Aún recuerdo su cara, la típica cara que pone siempre cuando no da crédito a lo que escucha, pero, sin hacerme muchas preguntas, me contestó con un simple «vale». No creo que fuera muy consciente del lío en el que íbamos a meternos, aunque quizás yo tampoco lo era. Quizás tampoco imaginó que me duraría tanto la motivación. Al fin y al cabo, teníamos dos hijos muy pequeños y muchísimas ocupaciones, excelentes excusas para no hacer nada. Pero yo lo tenía muy claro, y contaba con que su sensibilidad por el medioambiente y por la preservación del entorno estaba muy desarrollada, ya que, durante los últimos diez años, junto con otros jóvenes, había organizado y participado en reforestaciones y limpieza de entornos naturales.

"El proceso ha sido una verdadera revelación, porque no solo he aprendido una serie de cambio de hábitos cotidianos, sino cambios mucho más profundos que me han llevado a un nivel de conciencia mucho más amplio."

Yurena González

Autora de "Mejor sin plástico" (Plataforma Editorial, 2019)

Generalmente, los cambios nos dan miedo. Salir de la zona de confort no es algo de lo que podamos presumir las nuevas generaciones,  pero, cuando hacemos una toma de conciencia profunda sobre la importancia de hacer cambios en nuestro modo de vida, y de abandonar nuestros prejuicios y limitaciones, difícilmente puedes mirar hacia otro lado y los miedos al cambio se disipan.

Así, comencé a estudiar de manera autodidacta el impacto que genera la basura que producimos  los seres humanos, tanto en la naturaleza como en nosotros mismos, la problemática del plástico a nivel medioambiental, los efectos de nuestro consumo desmedido y su relación con el cambio climático. Y profundicé en otras industrias, como la alimentaria, la tecnológica y la textil, que contribuyen significativamente al deterioro del planeta.

El proceso ha sido una verdadera revelación, porque no solo he aprendido una serie de cambio de hábitos cotidianos, sino cambios mucho más profundos que me han llevado a un nivel de conciencia mucho más amplio. Con el tiempo, mi preocupación  ya no solo estaba centrada en evitar un simple envase, sino en todo lo relacionado con nuestro consumo en todos los ámbitos de nuestra vida, con todo lo que hay detrás, lo que no vemos.

Los primeros meses fueron caóticos, porque, a diferencia de hoy día, que existe una gran comunidad que comparte buenísimas ideas para llevar una vida más sostenible y de la que aprendo mucho, encontrar información por aquel entonces sobre cómo reducir nuestro impacto evitando los envases y materiales de un solo uso en el día a día no fue nada fácil para mí. Partir de cero hizo que tuviese que experimentar y sufrir muchas «novatadas», pero también me permitió encontrar soluciones y alternativas más sostenibles para prácticamente todo. Fue por ello que creé un blog, Ecoblog Nonoa, para compartir todo lo que aprendía durante el proceso y para facilitar el de todas aquellas personas que están empezando o que están en el camino.

A su vez, creé a Nonoa, un personaje ilustrado que durante estos años ha puesto cara a muchas de las situaciones anecdóticas que he vivido. Ella le da ese toque de humor realista a este tema tan serio. Y no conozco mejor forma de cambiar el mundo que con una sonrisa siempre por delante. Por eso también nos acompañará a partir de la «Guía práctica para reducir nuestro impacto» para representar muchas de las situaciones que he vivido en estos años (basadas en hechos reales, aunque un tanto exageradas) y que quizás, solo quizás, tú también vivas.

Este libro no es solo una guía sobre cómo reducir nuestra basura y llevar una vida más sostenible, sino una oportunidad para reflexionar sobre nuestro modo de vida, a nivel individual, pero también como sociedad, en el que es tan importante reducir nuestra basura material como la basura mental y la que pueda albergar nuestro interior, a veces lleno de terquedad y limitaciones que no nos permiten avanzar. Pero, sobre todo, para animarnos a disfrutar del camino, a vivirlo con intensidad y alegría y a aprovechar todas las situaciones como una oportunidad de aprendizaje.

"Vivir de manera sostenible no significa dedicar todo nuestro tiempo y dinero a intentar salvar el mundo regresando a la era paleolítica, sino todo lo contrario. Este modo de vida sirve para abandonar nuestro apego a las cosas superfluas, a aprender a diferenciar sobre una necesidad real y una impuesta y a simplificar nuestra vida."

Yurena González

Autora de "Mejor sin plástico" (Plataforma Editorial, 2019)

Desmontaremos muchos mitos que rondan a la vida sostenible en general y podremos darnos cuenta de que, cuando saltamos las barreras autoimpuestas  y cruzamos la línea que nos aleja de la comodidad, todo se vuelve más simple y auténtico de lo que habríamos podido imaginar.

Al contrario de lo que se piensa, vivir de manera sostenible no significa dedicar todo nuestro tiempo y dinero a intentar salvar el mundo regresando a la era paleolítica, sino todo lo contrario. Este modo de vida sirve para abandonar nuestro apego a las cosas superfluas, a aprender a diferenciar sobre una necesidad real y una impuesta y a simplificar nuestra vida hasta el punto de que nos permita disponer de más tiempo y dinero para disfrutar de todo aquello que verdaderamente importa. Más allá de si nuestro tiempo es limitado o nos sobra, de nuestra posición social, de nuestra economía, nuestras costumbres, nuestra filosofía de vida, nuestros ideales políticos o nuestra religión, todos, sin excepción, podemos hacer algo para disminuir nuestro impacto con pequeños gestos, porque, igual que tenemos capacidad para generar basura, también la tenemos para reducirla.

Aunque no podamos hacerlo todo, eso no debe impedirnos jamás hacer algo, evitar las comparaciones y sentirnos orgullosos de cada avance que hagamos, porque, cuando se trata de cambiar el mundo, todo cuenta y «el poco o el mucho» no existen.

Lo único que necesitamos son dos cosas: la primera es perder (o aprender a sobrellevar) el miedo a salir de la zona de confort, y la segunda, tener claro que este camino no solo va a mejorar nuestra vida, sino la de todo nuestro entorno. Descubriremos  que vivir en armonía con la naturaleza, respetando el equilibrio  y el orden de las cosas, no solo nos proporcionará más tiempo y calidad de vida, sino que también nos empoderará, nos acercará a nuestros orígenes, a la naturaleza, parte esencial de nuestra existencia, y nos hará sentir que somos útiles en la transformación de un mundo mejor. La felicidad y la libertad que se puede llegar a alcanzar es inexplicable y lo más increíble es que todo ello se puede conseguir a través de nuestro cubo de basura; impresionante, ¿verdad?

Al fin y al cabo, si es posible destruir el planeta a partir del cubo de basura, ¿por qué no va a ser posible cuidarlo también a través de él?