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RESULTADOS DE LA EXPEDICIÓN MALASPINA

Un mural de la vida abisal

Biólogos del CSIC descubren miles de microorganismos en la absoluta oscuridad de los fondos oceánicos Confían en que sirvan en un futuro para fabricar descontaminantes o crear energía

Confían en que sirvan en un futuro para desarrollar productos descontaminantes o crear células generadoras de energía

ANTONIO MADRIDEJOS / BARCELONA

A 4.000 metros de profundidad, en las más absoluta oscuridad de los fondos oceánicos, con una presión infernal y aparentemente sin alimento disponible, existe un sorprendente mundo poblado por seres de un tamaño tan minúsculo -bacterias, arqueas, virus y hongos- que su existencia solo puede conocerse indirectamente mediante análisis genéticos. Son tan esquivos, invisibles al ojo humano, que el 60% de los microorganismos detectados son totalmente nuevos para el mundo de la ciencia. Esta es una de las conclusiones a la que se ha llegado después de someter a técnicas de secuenciación algunas de las miles de muestras de agua obtenidas durante la expedición Malaspina, un proyecto dirigido por el CSIC que durante los años 2010 y 2011 recorrió los mares del mundo a bordo de los buques Hespérides y Sarmiento de Gamboa.

Los resultados de la campaña, cuya envergadura científica no tiene apenas parangón a nivel internacional, empiezan a ver ahora la luz en forma de artículos y ponencias en congresos, pero quedan «al menos 10 años de trabajo» habida cuenta de las 200.000 muestras tomadas durante el viaje, como explica el biólogo Carlos Duarte, investigador del CSIC y coordinador de la expedición. «Hemos empezado a elaborar un mural de los océanos del siglo XXI», añade. Los dos barcos -aunque especialmente el Hespérides, que completó una vuelta al mundo- recorrieron en total 42.000 millas náuticas durante siete meses y acogieron en sus camarotes y en sus laboratorios a 400 científicos de todo el mundo.

DESPEDIDA Y CIERRE

Duarte, acompañado de Pep Gasol Jordi Dachs, investigadores del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, clausuraron simbólicamente ayer los actos divulgativos y científicos desarrollados tras el fin de la expedición. Por si las moscas, y en previsión de que la tecnología de análisis mejore con los años, las muestras se tomaron dos veces y se congeló una de ellas como copia de seguridad. No se podrán abrir hasta dentro de 20 años. «Quizá nuestros sucesores puedan ver cosas que nosotros no pudimos», confía Duarte. Los trabajos de análisis se realizan en colaboración con el Centro Nacional de Análisis Genómico y el Barcelona Supercomputing Center.

El viaje del Hespérides contó con cerca de 400 paradas en alta mar que se aprovechaban para lanzar al agua la llamada roseta, un instrumento científico que permite analizar diversos parámetros y tomar muestras de agua a distintas profundidades. Es una operación lenta pero esencial. Ahora, el fruto de todo ello se guarda en diversos centros de Barcelona (fitoplancton, atmósfera), Cádiz (zooplancton) y Vigo (materia oceánica profunda), explica Dachs.

La expedición sirvió también para desarrollar infinidad de estudios sobre corrientes, contaminantes (plásticos, dioxinas, hidrocarburos aromáticos) y cambio climático, entre otros. Incluso se llegó a analizar si el agua tenía restos de radiactividad procedente del accidente de Fukushima, que se produjo mientras el Hespérides circulaba por el Pacífico hacia Hawái.

Las aguas profundas ya habían sido sondeadas en el Atlántico, pero apenas había datos del Índico y el Pacífico. «Muchos microorganismos detectados no figuran en ninguna base de datos», concluye Gasol. Los investigadores creen que gracias a este gran repertorio de seres microbianos aflorarán millones de genes de gran valor que podrían emplearse para desarrollar productos degradantes del petróleo, captadores de CO2 o incluso células energéticas más eficientes.

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