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La era de las cadenas globales de valor

Las guerras comerciales son perniciosas por sus efectos negativos sobre el crecimiento económico, pero en la actual fase de la globalización, basada en las cadenas globales de valor, pueden además resultar inútiles

DAVID TORNOS. DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO INTERNACIONAL DE FOMENT DEL TREBALL

La era de las cadenas globales de valor

ANDREW KELLY

Ni las guerras comerciales son buenas ni son fáciles de ganar. Por ello, tras la segunda guerra mundial y bajo el liderazgo de EEUU, la comunidad internacional se dotó de un conjunto de instituciones y reglas para garantizar la estabilidad macroeconómica a nivel global. En el ámbito comercial, en 1947 se firmó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), que derivó en la creación, en 1995, de la Organización Mundial del Comercio, hoy integrada por 164 países miembros.

Pero si  históricamente las guerras comerciales se han mostrado perniciosas por sus efectos negativos sobre el crecimiento económico, en la actual fase de la globalización económica, basada en las cadenas globales de valor, pueden resultar inútiles en relación con los efectos que persiguen quienes las inician frente a terceros países, cuando no tener efectos negativos sobre su propia economía.

Desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una aceleración de la integración comercial global basada en las redes de producción internacional (o cadenas globales de valor). Identificar quiénes ganan y quiénes pierden en la cadena de valor se hace tremendamente complicado. Las ganancias de comercio que crean las cadenas globales de valor se reparten entre los factores de producción de los países que conforman la red. Por lo que medir las ganancias de comercio es complicado y aún más saber quiénes se las apropian. Pensemos que en el caso de la fabricación de un Boeing 787 participan empresas de países de cuatro continentes.

El caso paradigmático del iPhone 7

En relación al conflicto comercial entre EEUU China, en un reciente artículo publicado en 'The Conversation', los profesores Dedrick, Linden y Kraemer analizan el caso del iPhone 7 que es paradigmático. Las importaciones de iPhone 7 y iPhone 7 plus contribuyeron en 15.700 millones de dólares al déficit comercial de EEUU con China el año pasado. Cuando un iPhone 7 llega a EEUU se registra como una importación con un coste de fábrica de unos 240 dólares. Pero casi ninguno de los componentes del iPhone 7 se fabrica en China. Sus componentes, sobre todo los más valiosos, provienen de empresas de EEUU, Japón, Corea del Sur o Taiwán, como Intel, Sony, Samsung o Foxconn. En China únicamente se realiza el ensamblaje. De manera que China solo gana 8,46 dólares por cada iPhone ensamblado, el 3,46 % del coste total de fábrica que es de 237,45 dólares. Los restantes 228 dólares se distribuyen principalmente entre EEUU y Japón (68 dólares cada uno), Taiwán (48 dólares) y Corea del Sur (17 dólares). Además, unos 283 dólares de ganancias brutas sobre el precio minorista (cerca de 650 dólares para el modelo con 32 GB) van directamente a las arcas de Apple.

China obtiene muchos empleos (mal pagados) mientras que las ganancias fluyen hacia otros países. Debido a las cadenas globales que operan en China, los déficits comerciales en la economía moderna no son siempre lo que parecen. Lo que lleva a los autores a concluir que la guerra comercial de la Administración Trump con China está basada en una comprensión simplista de la balanza comercial, lo que la puede hacer no sólo inútil, sino negativa para EEUU, ya que si la imposición de nuevos aranceles encarece el iPhone, el beneficiado puede ser una empresa competidora de Apple, por ejemplo Samsung, que acabe obteniendo las ganancias e incluso llevarse los empleos de gama alta desde EEUU a Corea del Sur. Otros estudios reflejan casos similares al del iPhone. Y es que más de una tercera parte del déficit comercial de 375.000 millones de dólares de EEUU con China corresponde a productos chinos que contienen inputs procedentes de otros países, incluido EEUU.

Las advertencias del FMI

Tras los primeros anuncios de la Administración Trump de imponer aranceles a las importaciones de productos procedentes de algunos de sus principales socios comerciales (UE, China, México, Canadá, etc), el FMI alertó de los efectos adversos de las guerras comerciales. Al FMI se le han sumado otras entidades, como bancos centrales, organizaciones empresariales, o gabinetes de estudio de entidades financieras (como Caixabank Research o del BBVA). Especialmente importante ha sido la campaña de la potente Cámara de Comercio de EEUU dando datos sobre los efectos negativos para EEUU de las guerras comerciales, llegando a detallar los efectos por sectores económicos y Estados concretos. En su revisión del panorama económico mundial el mes de julio, el FMI advertía que el “riesgo de que las tensiones comerciales actuales se intensifiquen y que impacten negativamente sobre la confianza y en la inversión, representa la mayor amenaza para el crecimiento mundial a corto plazo”. Y su directora gerente, Christine Lagarde señalaba que “las tensiones ya están dejando su marca, pero la extensión del daño dependerá de qué hagan seguidamente quienes definen la política”.

En las últimas semanas hemos asistido a un recrudecimiento de la guerra comercial entre EEUU y China. Pero también se han producido hechos que introducen cierta esperanza en una reconducción de los conflictos. Por una parte, el reciente anuncio del acuerdo entre EEUU y México. Al que esperemos que se una pronto un acuerdo también con Canadá. Y, por otra parte, la inesperadamente positiva reunión entre Trump y Jean-Claude Juncker, el pasado 25 de julio, tras la que anunciaron la creación de un grupo de trabajo para negociar divergencias arancelarias y acordaron que mientras se lleven a cabo las conversaciones, ninguno de los dos bloques impondrá nuevas barreras comerciales al otro. En el comunicado conjunto tras la reunión, EEUU y la UE se comprometen a avanzar hacia la reducción de aranceles, fortalecer la cooperación energética, abrir un diálogo sobre estándares de facilitación comercial y colaborar en una reforma de la OMC.

Hacer predicciones de futuro con la actual Administración americana es imposible. Pero esperemos que la potente campaña de la Cámara de Comercio de EEUU con la que está demostrando los perniciosos efectos de una guerra comercial para su país tenga sus frutos. Claro que vivimos en la época de la posverdad, en la que parecen no importar las hechos y los datos, cuando es en base a estos que los políticos deberían tomar sus decisiones. Porque si no,  como señala Moisés Naim, las decisiones de gobierno donde los datos no importan no son decisiones de gobierno, son brujería.