Ir a contenido

De la era de las necesidades a la de las aspiraciones

Aunque los avances sociales no son ni rectilíneos ni generalizados, hemos ingresado en un estadio superior en el que, cubiertas gran parte de las necesidades básicas, aspiramos a vivir instalados dentro de los parámetros del ocio

JOSEP FRANCESC VALLS. CATEDRÁTICO DE ESADE BUSINESS AND LAW SCHOOL

De la era de las necesidades a la de las aspiraciones

XAVIER JUBIERRE

En un principio, los humanos trataron de satisfacer las necesidades, entendidas como un estímulo incontrolable para reequilibrar los desajustes. Durante muchos siglos, hasta la era industrial, los esfuerzos por resolver las cuestiones más cotidianas se presentaban titánicos y requerían, no solo esfuerzo físico y de tiempo, sino también elevadas dosis de ingenio. Fundamentalmente, se trataba de funciones relativas a la alimentación, a la vivienda, a las enfermedades, a la seguridad y la protección físicas, al confort y a las relaciones con las otras personas en el seno de las comunidades. Y a algunas de la creatividad, la cultura y el ocio. Muy pocos alcanzaban el objetivo.

Los avances de la revolución industrial redujeron enormemente los esfuerzos de las personas. Pero hubo que esperar un par de siglos para que, en la segunda mitad del siglo XX, amplias mayorías ingresaran en determinados estados de bienestar. La productividad de las empresas y el impulso de las administraciones públicas facilitó enormemente la riqueza en esta etapa posindustrial y tecnológica. A las élites políticas, económicas, eclesiásticas y militares, que habían figurado a lo largo de la historia del lado de la satisfacción de las necesidades, se añadieron a partir de entonces amplias clases medias que pasaron a engrosar el grupo de los satisfechos, a medida que la urbanización se abría paso como signo de reducción de las fatigas ante la vida. La revolución tecnológica de finales de siglo dio una vuelta de tuerca a base de asegurar suficientemente las necesidades para las tres cuartas partes de las sociedades occidentales. La cuarta parte restante se mueve desde entonces en el exterior de esta sociedad entre los que viven por debajo del nivel de subsistencia y los que malviven en torno a él. El grupo de desheredados va oscilando en esa otra orilla al ritmo de los ciclos económicos cortos y largos. Lo que sí está claro es que lo de impuestos a cambio de servicios públicos de John Kenneth Galbraith no les alcanza y, en los parámetros actuales, ni les alcanzará.

La nueva frontera

Pues bien, el desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XX abrió una ventana de oportunidad en este campo. De la era de las necesidades se pasó en pocas décadas a la de las aspiraciones. Se contrajeron y se sofisticaron las primeras, mientras aumentaban las segundas. Ya no se trataba de disponer de un hogar, sino de un habitáculo determinado; de alimentarse, sino de desarrollar la gastronomía; de abrigarse, sino de usar prendas que caigan bien y denoten la pertenencia a una tribu; o de descansar, sino de pasar un fin de semana de relax y a la vez realizando múltiples actividades. Satisfechas una parte importante de las necesidades gracias al Estado del bienestar, más o menos mantenido, se abre el paso a una nueva frontera.

Las aspiraciones se entienden como las metas fijadas, en la mayoría de los casos, a título individual, en comparación con las de los otros y demuestran un carácter mucho más subjetivo que las necesidades. El ocio va ganando terreno a medida que la productividad reduce el tiempo de trabajo y aumenta el de libre disposición. Los viajes a cualquier lugar, en vacaciones de verano, durante los fines de semana, los puentes, las escapadas, el nacimiento de múltiples motivaciones personales que ocupan cada vez más tiempo y presupuesto son ejemplos valiosos de este nuevo estado de cosas. En los 15 últimos años del siglo pasado, en España, las actividades de ocio, recreación, cultura, actividad deportiva han tomado el liderazgo de las vidas frente al trabajo, al puesto de trabajo y su entorno, que había distinguido a los humanos prácticamente desde los inicios del concepto laboral, entendido como transacción de esfuerzo personal a cambio de una remuneración.

A pesar de las enormes limitaciones y desigualdades, la felicidad, la experiencia, lo lúdico, el entretenimiento, el bienestar, la diversión, el placer, la autorrealización, la exclusividad puebla las mentes, las conversaciones y los escenarios comunicativos contemporáneos, relegando las antiguas necesidades al baúl de los recuerdos. Las ciencias en boga son las de ocio, del turismo, de las industrias culturales, de lo aspiracional, del espíritu, del cultivo personal, de ponerse en forma.

Sociedad digital

Y sin frenar el ritmo de la historia, la sociedad digital llama a la puerta a principios del milenio y avanza inexorablemente impregnándolo todo. Se impone el 'big data', el contacto directo con el consumidor, la nube, la inteligencia artificial, la robótica, el internet de las cosas, la participación más activa del cliente y el cambio de roles en el servicio gracias a la economía colaborativa y las 'apps'. Todo ello reduce los precios de las transacciones, la manera de relacionarse en el mercado, la forma de trabajar. Aunque los avances sociales no son ni rectilíneos ni generalizados, hemos ingresado en un estadio superior en el que, cubiertas gran parte de las necesidades básicas, los humanos aspiran a vivir instalados dentro de los parámetros del ocio, del turismo, abastecidos de los productos cada vez más sofisticados de las industrias culturales.

0 Comentarios
cargando