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Y ahora, ¿qué deberíamos hacer?

Nuestro país tiene problemas importantes, que vienen de lejos, y que necesitan acciones urgentes y decididas, no para hacer, sino para poder hacer. Los políticos, y la sociedad civil deben señalar prioridades, plazos y soluciones

ANTONIO ARGANDOÑA. PROFESOR EMÉRITO DE IESE BUSINESS SCHOOL

Y ahora, ¿qué deberíamos hacer?

EFE/Javier Etxezarreta

Lo que ahora deberíamos hacer depende de lo que queramos conseguir, claro. El problema es que no tenemos muy claro eso que queremos conseguir. O mejor, no todos queremos lo mismo. Pero esto no es nuevo: en la sociedad individualista, emotivista y utilitarista en que vivimos en Catalunya, en España y en Europa, todos tenemos muchos fines personales, no siempre coherentes, y los compartimos con colectivos distintos: el barrio, el club de fútbol, el grupo político, los adictos a tal o cual web, la clase social (cada vez menos) …

Yo podría explicar a los lectores lo que a mí me gustaría conseguir en el 2018, pero me temo que esto no interesaría a nadie. De modo que me limitaré a pedir un marco económico y social que maximice las oportunidades de todos, aunque no satisfaga plenamente a ninguno. Y al hacerlo parto de un supuesto que me parece importante: el protagonismo hay que dárselo a los que, de verdad, contribuyen al bienestar de todos, o de casi todos, a los que están en condiciones de ofrecer oportunidades a muchos para que hagan, creen, innoven, trabajen, descansen, se olviden de sus miedos y estén en condiciones de lograr sus ambiciones.

Pero, claro, he de dirigirme inmediatamente a los que toman las decisiones en nombre de todos, para recordarles que tienen dos tareas que cumplir. Una, transitoria aunque importante: ofrecer soluciones rápidas y eficaces a los problemas extraordinarios que se nos puedan presentar, como una nueva crisis financiera, una recesión imprevista o una catástrofe natural. Y otra, permanente y mucho más importante: crear aquel marco de actuación que va a condicionar las decisiones de todos los ciudadanos, su nivel de vida presente y futuro, en definitiva, su control de la vida, que es lo que nos interesa.

Problemas que necesitan acciones urgentes

Y de esto último quiero hablar aquí brevemente. Nuestro país tiene problemas importantes, que vienen de lejos, y que necesitan acciones urgentes y decididas, no para hacer, sino para poder hacer: para crear ese marco en el que los ciudadanos tomemos, libre y responsablemente, nuestras decisiones. Me gustaría oír la lista de prioridades que tienen nuestros líderes políticos. Les puedo dar algunas pistas.

No podemos desperdiciar el potencial productivo de cerca de cuatro millones de parados, sobre todo los jóvenes, que se debaten entre el fracaso escolar y el fracaso del modelo de inserción en el mercado de trabajo. No podemos dejar a los jubilados y a los que lo serán en breve en la eterna duda sobre el nivel menguante de sus pensiones. No podemos esperar que una incierta prosperidad consiga reducir los niveles de nuestra deuda pública a algo que no sea una pesada carga para las generaciones futuras. No podemos aparcar el problema de la financiación autonómica, la estructura ineficiente de nuestros impuestos, la sostenibilidad de nuestro Estado del bienestar y las debilidades de la función pública.

Son solo algunos problemas, conocidos desde antiguo, pero que se agravan cada día. Y podemos añadir otros: la formación profesional, las universidades, la solidez de nuestro sistema financiero, la integración de los inmigrantes, nuestro papel en Europa, la economía sumergida, la corrupción, la desigualdad de rentas y, sobre todo, de oportunidades…

Proyecto ético y social atractivo

Sí, ya sé que no podemos hacer frente a todos estos problemas al mismo tiempo. Pero nuestros políticos, y la sociedad civil, deben señalar prioridades, plazos y soluciones. Más allá de los sesgos políticos, sabemos qué medidas suelen funcionar y cuáles fracasan, cuánto puede costar cada una y qué resultados cabe esperar de ella, cómo se complementan o anulan unas a otras y, por tanto, cómo se puede y se debe implicar a las partes interesadas, en lo que unas veces parecerá un enfrentamiento y otras una negociación, quizás con pagos aplazados, pero siempre con vistas a un proyecto ético y social atractivo.

Vaya: me ha salido una bonita carta a los Reyes Magos, quizás tan irrealizable como las que hacíamos cuando éramos pequeños y no sabíamos cuánto costaban las cosas y cómo encajaban en las exiguas finanzas familiares, o en las preferencias -líneas rojas- de nuestros padres. Pero la carta que propongo aquí es factible. Mejor: debe serlo, porque la política de aplazar las soluciones, cambiar los enfoques cuando cambia el gobierno, en cualquier nivel, no querer enfrentarse con los problemas y echar la culpa a los demás puede servir para posicionarse en el Parlamento, pero no es lo que los ciudadanos necesitan.

Nueva reforma laboraL

Por ejemplo, la reforma laboral es necesaria. Lo es cada cierto número de años, por exitosa que sea la anterior, pero, ya lo he dicho, las cifras siguen siendo vergonzosas, de manera que ahora es aún más necesaria. Claro que el Gobierno no quiere, ni la oposición, ni las patronales, ni los sindicatos, ni los medios, ni muchos colectivos de empresas y de trabajadores. Pero, como reza el título de este artículo, eso es algo que habría que hacer, más allá de intereses pequeños y de miedos infantiles. Se debe hacer, se puede hacer, sabemos cómo hacerla, sabemos cómo explicarla, sabemos que tendrá costes que algunos tendrán que asumir, pero que también tendrá ventajas para todos que, como decimos los economistas, puede servir para «sobornar» a los perdedores para que acepten entrar en el juego. ¡Bendita «corrupció» la que podemos proponer a los que viven mejor con nuestro deficiente mercado laboral, para que acepten el cambio!

¡Ah!, pero no olvidemos lo que decía al principio: el objetivo es crear un marco legal, institucional, político y económico en el que todos podamos aspirar a una vida digna, en la que colaboremos con nuestro esfuerzo, nuestra iniciativa y nuestra creatividad. El protagonismo debe estar ahí, no en los círculos del poder. Porque solo así estaremos dispuestos a colaborar. Todos, o casi todos.

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