18 feb 2020

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OPINIÓN

Condenados a la pobreza

Las estadísticas desmontan la idea de que los inmigrantes extracomunitarios reciben más ayudas sociales

Enric Canet

Un nmigrante africano lleva un carrito lleno de cartones.

Un nmigrante africano lleva un carrito lleno de cartones. / DANNY CAMINAL

Cíclicamente, se oye lo mismo que se decía hace cien años como rechazo a la gente murciana que llegaba con el autobús 'Tranmiserià': "¡Los inmigrantes se aprovechan de nosotros! ¡Ellos reciben más dinero de los servicios sociales!" Ahora, ocurre lo mismo con la llegada de ciudadanos extracomunitarios. Detrás de la deshumanización de tanta gente, de la construcción de la frontera mental entre "nosotros" y "ellos", hay mentiras. Inexactitudes que se derrumban con textos como el último monográfico del estudio Insocat, sobre Migraciones y Vulnerabilidad, publicado por la Federación de Entidades Catalanas de Acción Social (ECAS).

El estudio señala que en Catalunya la tasa de pobreza antes de que la población reciba ayudas de la Administración pública, es del 27% entre la gente nacida en nuestro país o en la Unión Europea, y del 50% entre la nacida en países extracomunitarios. Una brecha que, una vez se aportan las prestaciones sociales, no disminuye, sino que se agrava: la tasa de pobreza entre los nacidos en Catalunya o en la Unión Europea se reduce casi a la mitad y se sitúa en el 14%, mientras que un 48% de la población de origen extracomunitario sigue en riesgo. ¿Dónde está el privilegio de la gente que viene de fuera?

Estos datos me recordaron la conversación de hace tres años con Amira, una madre del Casal, que relaté en este diario en el artículo 'Mujeres que transforman'. Entonces, hacía meses que ella había venido de Marruecos, con el marido y los hijos: «Solo lo dejas todo cuando en casa no hay esperanza, buscando lo mejor para tus hijos», decía.

He ido a verla. Hace de voluntaria en el Casal Familiar, y los pequeños van por las tardes al centro abierto. En confianza, me ha comentado que buscan desesperadamente trabajo, ella y el marido. Todavía no tienen el permiso de residencia. Para conseguirlo necesitan una oferta de trabajo a jornada completa y que la empresa contratante cumpla un montón de requisitos. El perverso pez que se muerde la cola: no tienen papeles porque no tienen trabajo, y viceversa. "Me paso los días en el ordenador, ayudada por Marc del Casal, buscando, enviando currículums". Intentan coger cositas, ella limpieza dos horas una vez al mes. 10 € la hora. A él a veces lo cogen de pintor. 35 € o 40 €, de 8 h a 20 h. Y si no le pagan, no puede reclamar. "Necesitamos trabajar. Quiero vivir de mi trabajo y pagar un piso que no me presten".

Es absurdo volver a darles la espalda. Hasta que no los miremos como iguales, negaremos todas sus cualidades humanas

Viven en un piso de los servicios sociales. Lo tendrán que dejar en marzo. Después, ¿qué? No lo sabe. No tienen nada más. Solo 225 euros al mes durante seis meses, gracias a las tarjetas solidarias del Ayuntamiento, para los hijos. La ayuda de Proinfància con bienes de apoyo a los niños. Y los alimentos de una entidad social para salir del paso con muchas penurias.

Me despedí de Amira pensando cómo olvidamos la historia de nuestro país, construida durante siglos por gente que ha venido de todas partes. Es absurdo volver a dar la espalda a los que llegan para trabajar, relegándolos a la beneficencia, poniéndoles obstáculos administrativos, perder su fuerza. Todo nos lleva a lo mismo: hasta que no los miremos como iguales, negaremos todas sus cualidades humanas.