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TRIBUNA

Invisibles, entre dos orillas

Muchos menores marroquís ven frustrado su sueño europeo y se quedan malviviendo en el puerto de Tánger

Enric Canet

Un joven en Tánger.

Un joven en Tánger. / EL PERIÓDICO

Tener proyectos educativos del Casal dels Infants en ambas orillas del Mediterráneo, en Catalunya y en Marruecos, nos ayuda a reconocer que “el sur también existe”. Poner los pies en un lugar diferente obliga a pensar desde nuevas perspectivas, sobre todo si ponemos la mirada en muchos jóvenes invisibilizados, bastantes de ellos menores que deambulan por el puerto de Tánger, esperando saltar en camiones para ocultarse y cruzar el Estrecho. Dicen que son unos 350 los que duermen en la arena de la playa.

Tánger es un núcleo importante de atracción del mundo rural del norte de Marruecos. Desde el puerto, pese a la neblina, destaca al norte el pueblo de Barbate (Cádiz), aunque la distancia para llegar hasta él no es la más corta del Estrecho de Gibraltar. Ambos factores, la urbanidad y la opción de ser un punto de partida del viaje a Europa, multiplican su efecto de atracción e impulsa a los jóvenes a huir del pueblo, que los ahoga.

Tienen motivaciones distintas, pero todos evocan las esperanzados sueños desde un pequeño pueblo que los encierra en cajitas, sin oportunidades, chocando con la tradición y el autoritarismo, sin posibilidad de un trabajo estable, moviéndose en cuatro calles rodeados de campos.

Y emprenden la huida, distinta a la que protagonizaron hace 20 años muchos que aparecieron, entonces, en la plaza de Catalunya o en el puente de Marina de Barcelona. Para tomar la decisión no les hacen falta postales enviadas por amigos, ni relatos fantasiosos de los que vuelven por unos días, ni la visión de la costa andaluza, como hace 20 años.

Tienen bastante con uno de sus móviles, con miles de imágenes de la vida en el norte, con conexión directa con los que están aquí, para tener puestas las esperanzas en un futuro que quieren y creen mejor. Una información, sin embargo, que a menudo les llega descontextualizada y distorsionada, proyectando una vida fácil, consumista y muy cómoda.

En muchos de los pueblos, casi tres cuartas partes de los jóvenes se quiere ir. Porque quieren libertad, poder expresarse. Porque creen que vivirán mejor y enviarán dinero a la familia. O porque rechazan hacer el servicio militar que, parece, se les volverá a imponer.

Los sueños, en muchos casos, se frustran enseguida. Llegar a Tánger es fácil. Encontrar la manera de seguir el viaje es un éxito al alcance de pocos. Tras varios intentos, muchos se quedan alrededor del puerto, sobreviviendo, en pequeños grupos, durmiendo en la calle, sin querer volver al pueblo y mostrar su fracaso. Entre dos orillas, jóvenes, desarraigados, invisibles.

Los que tienen más suerte o han juntado dinero para pagar una plaza en la lancha, intentarán pasar a la otra orilla, arriesgándose a morir ahogados, como algunos de sus amigos. El futuro, en cualquier caso, será complejo y les deparará muchas frustraciones. Les costará dejar de ser invisibles.

Carne de cañón

Muchos son menores, y ya conocemos su historia. Una vez en Europa, se mueven una y otra vez. Si no les hacen la jugada de considerarlos adultos con pruebas de edad sin suficiente fiabilidad, los tutelan en los centros. Algunos se escaparán de ellos, porque difícilmente les ofrecen proyectos de vida más allá de una cama y comida. También a menudo son invisibles ante la justicia. Maltratados, robados, abandonados, violados. Sobre todo las chicas, que difícilmente escapan de ser carne de cañón de organizaciones criminales.

Trabajar en red con las entidades, en Marruecos y en Catalunya, significa tender puentes de diálogo y de justicia

Si se quedan en los centros, parece que todo el mundo espere que cumplan los 18 y un día para volverlos a lanzar a la calle, ya sin la responsabilidad de tutela por parte de las administraciones que estable la ley. Son, de nuevo, jóvenes desarraigados, mayores de edad, invisibles, entre dos orillas, pese a estar en la del norte. Desprotegidos, víctimas de las redes delictivas. Frustrados, enfadados con el mundo y con todo.

Ellos, que empezaron el tránsito con ganas, han perdido la esperanza. Nosotros, las dos orillas, el sur y el norte, hemos perdido, inútilmente, un gran capital humano. Les deshacemos el sueño y perpetuamos su frustración.

Acompañar a estos jóvenes allí y aquí no arregla una gran injusticia generada por la geopolítica, el capitalismo y muchísimos factores. Pero busca reconocerlos y fortalecerlos cuando quieren definir su propio itinerario para salir adelante. Trabajar en red con las entidades, en Marruecos y en Catalunya, significa tender puentes de diálogo y de justicia que siempre habían existido en el mar Mediterráneo.