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El voluntariado, ahora

Con la crisis económica del 2008, la acción colectiva toma nuevas formas, con ganas de transformar el país y el mundo desde la acción concreta

Enric Canet

Voluntarios en un comedor social.

Voluntarios en un comedor social.

El mundo del voluntariado también vive momentos movidos. Hace unos años parecía que todo el mundo sabía qué queríamos decir con esta palabra, pero son muchos los grupos nuevos, sobre todo desde la crisis del 2008, que se movilizan, a veces sin estructura pero que aglutinan a mucha gente. Colectivos grandes que quieren dar respuesta a situaciones nuevas, que antes no existían. ¿Cuáles de estas respuestas se dan desde el voluntariado? ¿Qué es el voluntariado ahora?

No es una dificultad nueva. El término voluntario/a se impuso en los años 80 del siglo pasado y mucha gente a la cual trataron como tal no se sintió representada. Hasta entonces eran monitores, activistas o socias o militantes, miembros de un 'esbart' o de un ateneo. Pero los intereses dominantes eran contrarios y se quería imponer un modelo de persona individual que servía a la bonhomía social, a la paz social, participando en acciones que mejoraban la vida de la gente y del entorno. Gente que sonreía y ayudaba. Podía ser en un lugar o en otro, era igual. El límite era el que definía la ley: quien hace acciones sin contraprestación económica.

A pesar de que el impulso de este modelo fue muy grande, había una crisis en el trasfondo debida a varios factores:
primeramente, la historia de nuestro país se ha construido gracias a la capacidad de la gente de asociarse, de implicarse colectivamente, gratuitamente y no individualmente. El equipo de deporte, la coral, el centro excursionista, el ateneo. Lo importante era el grupo y su implicación y no los deseos y las necesidades de cada persona.

En segundo lugar, las acciones colectivas que se hacían tenían un sentido trascendente: trabajar para la mejora del entorno. Con los 'esbarts', los grupos de teatro, los 'castellers' y agrupamientos, la gente se apuntaba para hacer mejor el barrio, el pueblo, el país. Seguro que había motivaciones individuales, pero quedaban controladas en el interior del grupo. De este modo, las acciones voluntarias eran militantes, o no lo eran. Tenían una implicación política de cambio, o no lo eran. Y todo a partir del compromiso del día a día, de la acción concreta transformadora.

Y finalmente, los inicios de la democracia comportaron la institucionalización de mucha parte de estas acciones, que eran asumidas desde la Administración, que contrataba a técnicos, muchos de ellos salidos del tejido social. La imposición de un modelo de voluntariado bastante individual debilitó el asociacionismo. 

Pero, a pesar de todo, el asociacionismo seguía allí. En los ateneos, los centros cívicos,  los grupos diversos. Por eso, con la crisis económica del 2008, la acción colectiva toma nuevas formas, con ganas de transformar el país y el mundo desde la acción concreta: parando desahucios, organizando manifestaciones exigiendo cambios de país o apuntándose a acciones de defensa de las personas en las costas o mar adentro. Y esta respuesta no tiene partido ni credo. Tiene necesidad de revuelta. Quizás más puntual, más inmediata, diversa atenta a la manera que la gente somos ahora y al tiempo que nos toca vivir.

Tenemos que generar militancia social que provoque cambios y sea un proyecto social nuevo

Es un gran reto para las entidades de voluntariado porque tenemos que saber encontrar otras maneras de animar colectivamente. Tenemos que generar militancia social que provoque cambios, que sea política como proyecto social nuevo. Y lo tenemos que hacer desde la revuelta y desde la sonrisa. Desde la revuelta a partir de proyectos transformadores que den la vuelta a las inercias que nos llevan a la desigualdad y a la exclusión del otro. Desde la sonrisa que se dibuja con el roce muy cerca. Proyectos que ocupen el espacio público con un discurso inclusivo, de proximidad, respetuoso de las diversidades, desde la igualdad. Discurso de militancia, de cambio, de necesidad de hacerlo desde el espacio concreto, desde el barrio y el pueblo, desde la calle.

Nos jugamos mucho. Porque nuestra proximidad, las acciones concretas son imprescindibles. Es urgente impregnar los espacios públicos de este discurso, antes de que no lo haga con fuerza el discurso excluyente, segregador, el del miedo, el generador de desigualdades que se hace atractivo al individualismo que vivimos desde nuestro confort.
La revuelta y la sonrisa tienen que ir juntos. Son presentes desde siempre en el tejido asociativo de nuestro país, es su talante. Lo hemos vivido en las calles y en la vida de cada día. Es el momento oportuno y necesario. Es ahora que tenemos que ser verdaderos militantes, todas y todos voluntarios del roce muy cerca transformador. Es el motor que genera la igualdad totalmente inclusiva.

Temas: Voluntarios

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