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COOPERACIÓN DESDE BARCELONA

Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre

Rosa Mari Sanz

SOLIDARIOS SIN FRONTERAS

Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre
Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre
Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre
Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre
Solidarios con Yemen, un país que muere de hambre

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Eva Erill estaba sentada en un café viendo cómo el atardecer iluminaba la ciudad antigua, con el canto del muecín de fondo. Los ojos humedecidos de emoción. El 'Happy birthday' que oyó a su lado, cantado por un grupo de jóvenes, chicos y chicas juntos, llamó su atención. Les miró con una sonrisa y pensó erróneamente que eran extranjeros. Una de las mujeres se percató de que les observaba. Se levantó, le llevó un trozo de pastel y la invitó a que se uniera al grupo. Aceptó la propuesta de Faten. Allí se empezó a forjar una relación que ha traspasado lo personal. Esta podría ser solo la historia de esa amistad que nació en el 2012, pero la guerra ha llevado a estas dos mujeres a reconvertir su caso en una historia de solidaridad y de valentía. Eva Erill, catalana, y  Faten, yemení, sueñan con volver a verse en ese café, con unas increíbles vistas a la ciudad de Saná, capital del Yemen, una de las más bonitas del mundo antes de ser devastada por una contienda silenciada por Occidente que dura ya más de dos años. Desde el 26 de marzo del 2015.  

Tras aquella primera vez, Eva Erill volvió a Yemen en varias ocasiones, enamorada de su gente y de sus pueblos, principalmente de Saná y de la isla de Socotra. En uno de esos viajes, en enero del 2015, de vuelta a casa, cuenta que ya detectó un ambiente hostil en el aeropuerto de Saná. Era el preludio de una guerra contra las milicias de los hutis (de inspiración chií y apoyados por Irán) dirigida por Arabia Saudí y una coalición de nueve países árabes apoyados por EEUU, Francia y Reino Unido.

Poco después empezó a recibir imágenes y vídeos de los bombardeos que le enviaban sus amigos yemenís, especialmente de Faten, una joven soltera, empoderada, con un cargo en la compañía aérea de Yemen acostumbrada a dirigir equipos de trabajo, que le presionaba día sí día también para no quedarse de brazos cruzados. Sabía de la experiencia de Eva en cooperación internacional. Esta psicóloga social había colaborado durante 13 años en un orfanato en Etiopía. «No podía no hacer nada. Empecé a buscar qué oenegé española trabajaba en la zona y no encontré ninguna. Una amiga mía (Noèlia Ruiz) siempre me había dicho que quería hacer algo, que sentía la necesidad de ayudar y le propuse cooperar. Pensamos qué hacer y decidimos colaborar con alimentos», explica Erill. 

EL DRAMA DEL CÓLERA

Así nació Solidarios sin Fronteras, la única oenegé española que está ayudando en un país que ya suma más de 15.000 fallecidos y 40.000 heridos (con un promedio de casi 150 niños muertos cada día), 3,5 millones de desplazados y 475.000 menores que sufren desnutrición aguda. Unas víctimas que parecen no doler a Occidente. 

¿Y cómo ayudan? El panorama no es fácil. Solo Médicos sin Fronteras y Save the Children trabajan sobre el terreno. Los aeropuertos y las vías marítimas están cerradas. Yemen sufre un bloqueo internacional que impide enviar  contenedores  con ayuda, lo que está matando de hambre a más de 21 millones de personas (el 83% de la población), que ahora se enfrentan también de manera dramática al cólera. Diversas oenegés claman por un alto el fuego para poder parar una epidemia que podría afectar en los próximos meses a 150.000 personas y que no hace más que sumar muertos. Con ese panorama, la única manera de colaborar es enviando dinero. Y en este punto entra Faten, que actúa como una contraparte, o sea, como una organización local que ejecuta el proyecto. «En un país que está en guerra, y donde más de 80% de la población necesita ayuda humanitaria urgente has de tener a alguien de mucha confianza que reciba ese dinero, sino, nunca sabrás a dónde va a parar», cuenta Erill.

Con ese dinero, Faten compra alimentos y prepara lotes que se reparten sobre todo en campos de refugiados y a familias desplazadas que viven en la calle o en casas abandonadas. Por seguridad, a veces le acompañan sus hermanos. Cada caja, con un coste de 72 euros, está pensada para una familia de unas cinco o seis personas y contiene 10 kilos de arroz, legumbres, aceite, 30 kilos de harina (roja y blanca) y 30 huevos, entre otros. Empezaron enviando el dinero para 10-15 cajas al mes y ahora reparten de 100 a 150, en función del presupuesto. Esta forma de trabajar tiene una ventaja, remarca Erill, y es que el dinero se queda en el país, ayudando a la economía local.

Aunque comenzaron solo con alimentos, al poco tiempo de hacer ese reparto Faten les alertó de que no había agua, un problema que ya existía antes de la guerra, pero que el bloqueo ha acentuado. Primero instalaron dos depósitos de agua de 2.000 litros cada uno en el campo de refugiados de Amram, donde viven 800 personas. Ahora ya están a punto de instalar el quinto. Los rellenan dos veces a la semana. Están dando 64.000 litros de agua al mes. Un tercer proyecto es la reconstrucción de casas en Socotra, que aunque no sufre los bombardeos fue azotada por dos huracanes seguidos. De las 50.000 personas que habitan la isla, unas 15.000 se quedaron sin hogar. Ya han reconstruido 120 viviendas, lo que ha beneficiado a unas 1.200 personas.

PRUEBAS FOTOGRÁFICAS

Toda esta cooperación, incide Erill, está documentada con fotos que prueban que la ayuda llega y que llega a quien tiene que llegar. Solidarios sin Fronteras tiene en su web y difunde por Facebook imágenes de cada una de las entregas de las cajas, de cada una de las instalaciones de agua, de todas las acciones que realizan. Y de las facturas de las compras, unas imágenes que le envía Faten a través de Whatsapp. Es la manera en que los donantes pueden ver a dónde va el dinero. 

¿Y quién les ayuda? De momento, ninguna empresa ni institución, aunque están a la espera de que la Agència Catalana de Cooperació al Desenvolupament ayude a conseguir 235 cajas de alimentos. Solo reciben donaciones privadas. La mayoría modestas, pero no por ello menos importantes. El proyecto de la comida está financiado a través de 'crowfunding', en la página migranodearena.org, y donaciones en su cuenta bancaria, desde donde recogen unos 7.000 euros mensuales. El del agua se realiza a través de la plataforma Teaming, donde cada persona que se apunta da un euro al mes. No se puede dar más. Solo un euro. Con ese dinero pagan el agua mensual (440 euros) y ahorran para más depósitos. Son algo más de 900 altruistas. Y por último, ante la falta de programa de socios, tienen 15 personas fijas que les envían una pequeña transferencia al mes.

Entre todos ellos han logrado repartir alimentos a 12.000 personas en Saná, Amran, Taizz, Hodeida y Al Dorihimi, un 70% de ellas, niños, y han proporcionado 500.000 litros de agua. Un grano de arena en la que es la mayor crisis humanitaria del planeta en un país en el que trabajadores y voluntarios humanitarios ponen en peligro sus vidas para ayudar a millones de personas que necesitan desesperadamente ayuda, mientras el mundo parece darles la espalda.

Eva Erill no ve en un futuro cercano el fin de la guerra. Pero sí se ve de nuevo en una Saná en paz, en un café con Faten, seguramente también con Noèlia, contemplando una vez más un atardecer que las bombas que están devastando la ciudad no se podrán llevar nunca por delante. Y mientras llega ese momento, tiene claro que seguirá pidiendo ayuda para los yemenís y denunciando el conflicto.

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