18 feb 2020

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Piera Aiello: "Me enteraba de homicidios y no podía contarlo"

Max Firreri Ropi (Zuma)

Piera Aiello: "Me enteraba de homicidios y no podía contarlo"

Viuda de un capo siciliano, durante 27 años fue testigo protegido en la lucha contra la mafia

Irene Savio

Viuda de una familia mafiosa, Piera Aiello [Partanna, Sicillia, 1967] desapareció del mapa en 1991. Asistió al brutal asesinato de su marido, Nicolo Atria, hijo de un capo mafioso, y entró en el programa de protección de testigos. Empezó a relatar lo que sabía a los fiscales, enviando a la cárcel a unos cuantos. Era su forma de escapar del pasado. Poco tiempo después, también obtuvo una nueva identidad.

Aiello se sintió satisfecha, pero pasados los años ya no pudo soportar el peso de aquella decisión. En el 2018, se presentó–primero, sin mostrar el rostro– a las elecciones generales, las ganó y fue elegida diputada en el Congreso italiano. El suceso levantó tal revuelo que algunos opositores arguyeron que su nombre de bautismo ya no existía y que su elección no era válida. Pero, finalmente, los tribunales le dieron la razón.

–Empecemos por el principio. ¿Cómo era su familia?
–Humilde. Una familia de pan y cebolla. Mi padre era obrero; mi madre, costurera. Emigramos a Venezuela después del terrible terremoto del valle de Belice [afectó a las provincias de Trapani, Agrigento y Palermo] de 1968. Yo apenas tenía unos meses y mi hermana nació en América. Volvimos a mi pueblo seis años después porque mi padre quiso que estudiáramos en escuelas italianas.

–¿Cómo entró en contacto con una familia mafiosa? Alguna vez ha hablado de un "matrimonio forzado" con su esposo.
–Le conocí cuando yo tenía 14 años y él, 17. Empezamos a salir, aunque decir que estábamos enamorados sería exagerado. En aquella Sicilia muy patriarcal, como mi padre no me permitía salir a la calle sola, me ennovié rápidamente. Fue en la casa de los Atria cuando empecé a darme cuenta de que esa familia no era como la mía.

–¿En qué sentido?
–En mi casa se discutía, mientras que en la familia Atria se hacía todo lo que decidía una persona: don Vito [el mafioso y padre de Nicolo]. Al salir, le besaban las manos. Empecé a sospechar. Un día, una amiga me contó que don Vito era un mafioso. Entonces fui y se lo pregunté.

"Rompí con el hijo de don Vito [Atria] y a las dos horas vino y, sin preguntar las razones, me dijo que  seguiría siendo su nuera el resto de mi vida"

–¿Qué le respondió?
–Se rio en mi cara y me explicó que lo que él hacía era resolver disputas. Me dijo: "Si roban un tractor, yo lo encuentro; si roban una oveja, yo la recupero; si alguno se pelea, encuentro la forma de que lo resuelvan".

–¿Le creyó?
–No. Días después rompí el noviazgo, pero a las dos horas me vino a ver don Vito. Sin preguntar la razón por la que había roto la relación, me dijo que no importaba adónde fuera, yo seguiría siendo su nuera el resto de mi vida. En aquellos años te mataban por mucho menos.

–Espere, eso era una amenaza.
–Sí. Si no me casaba con su hijo, matarían a mi madre y a mi padre. Así que acepté, claro, con la esperanza de poder alejar a mi marido de aquel mundo algún día. Pero él no quiso escucharme, y al final lo mataron a él, porque descubrió quién era el responsable del homicidio de su padre [en 1985].

–Eran años terribles en Sicilia.
–Eran los años en que estaba llegando la droga. Las nuevas generaciones habían visto el negocio y querían lucrarse, mientras que los viejos, no. Ese fue el caldo de cultivo que desembocó en la 'Mattanza' [la segunda guerra de la Mafia], que se desencadenó no solo en Palermo [donde Toto Riina y Bernardo Provenzano orquestaron los peores ataques], sino también en Trapani, donde estaba Matteo Messina Denaro,que aún sigue fugado.

–¿A qué clan pertenecía su suegro?
–Hasta la guerra, en Partanna, mi pueblo, mandaban los Accardo y los Ingoglia. Era un grupo manejado por algunos viejos 'capos', entre ellos mi suegro. Su negocio principalmente era el 'pizzo' [impuesto mafioso]. La vieja mafia también era un asco, pero tenían algo de respeto por las personas.

–¿Y usted se enteraba de todo?
–Yo escuchaba a escondidas y lo consignaba en diarios. Lo hacía porque no tenía a nadie más con quien hablar. Imagínense: te enteras de un homicidio y ¿qué haces? No podía contárselo a una amiga, ni a mis padres, ni a mi marido. Las pocas veces que lo hice, él me molió a golpes.

–Todos sabían.
–Todos sabían pero nadie sabía. Así funcionaba.

–¿No pensó en huir?
–Habían dejado muy claro lo que iba a pasar si me iba. Además, en la Sicilia de aquellos años nadie entendía la importancia de denunciar. Yo fui una de las primeras mujeres.

–Cuando el juez Paolo Borsellino [también asesinado por la mafia] vio esos diarios suyos no debía dar crédito.
–Tras el homicidio de mi marido, entendieron que el caso era complejo y entonces, un día, me llevaron hasta una comisaría de Terrasini, un pequeño pueblo costero. Allí vi a Borsellino por primera vez, con su bigote y su cigarrillo. Tenía un acento tan fuerte que le dije que tenía la sensación de que él también era un mafioso.

–Bastante atrevida, usted.
–Digamos que siempre ha sido la manera de ocultar el miedo que sentía.

"No quería ser una 'viuda de la Mafia', que nunca denuncia y busca ‘vendetta’. Fui a los tribunales, dije lo que sabía y ya está"

–¿Qué la decidió a atestiguar?
–A mi marido lo asesinaron delante de mis ojos. Uno de ellos era un amigo de infancia, otro era un sicario a sueldo al que llamaban 'el Abogadillo'. Pero la decisión la tomé el día del funeral de Nicolo, cuando vi a algunas parientas con el pañuelo negro, que llevaban el luto por todos los asesinados. Pensé: "¿Quiero ser una de esas 'viudas de la Mafia'?". No y no. Eso me dije.

–¿Cómo son las 'viudas de la mafia'?
 –Son mujeres que saben quién fue el asesino, no denuncian nunca y buscan 'vendetta'.

–¿A cuántos ha hecho arrestar?
–Francamente, no lo sé. A muchos.

–¿Sabe algo de la vida de esas personas?
–No. Yo acudí a los tribunales, dije lo que sabía y ya está. No lo hice por venganza.

–¿Por qué entonces?
–Para que entendiesen que no se puede disponer de la vida humana. Hay una base común de legalidad que hay que respetar. Es fácil contratar a alguien y decirle que asesine a una persona. Pero no es justo.

"He entrado en política para intentar volver a situar las medidas antimafia en el centro del debate"

–Pese a todo lo vivido, decidió entrar en política.
–Es un intento de situar las medidas antimafia en el centro del debate político de nuevo.

–¿Cuántos testigos protegidos hay en Italia?
–Unos 120, aunque los que activamente aún están en el sistema son unos 50. En cambio, hay 7.000 'pentiti' [exmafiosos que decidieron colaborar con el Estado]. Pero en Italia el sistema no está funcionando bien.

–¿En qué sentido?
–La atención psicológica es insuficiente, por ejemplo. Hay solo tres especialistas para todos y están en Roma, donde no hay testigos protegidos. Y el sustento económico para los que están activamente en el programa es escaso, lo que desincentiva. Queda mucho por hacer.