20 feb 2020

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La nueva vida de un inocente condenado

EDWIN WINKELS

VÍCTIMA DE LA JUSTICIA

La nueva vida de un inocente condenado

Romano van der Dussen, que salió en el 2016 de la prisión tras pasar 12 años encarcelado por delitos que no había cometido, toma en Palma de Mallorca el timón de su futuro

Edwin Winkels

El mar. Ahí se siente libre, lejos de todo. De todos. No soporta muy bien los espacios cerrados o abarrotados de gente. Quiere mirar lejos, a un horizonte sin límites, sin obstáculos, sin rejas. A menudo coge su bicicleta, la baja desde su piso a una calle de tráfico intenso de Palma de Mallorca y se dirige al puerto, por el carril bici que discurre al lado del Mediterráneo. Se detiene, se sienta en las rocas, en un muro o en un banco, y se pone a mirar. Y a pensar. Y a soñar.

Romano van der Dussen, sentado en unas rocas frente al Mediterráneo que baña Palma de Mallorca. /EDWIN WINKELS

«Ahí está mi futuro. Mi trabajo, mi vida», dice Romano van der Dussen, mientras el sol invernal destella en el agua. Y, con orgullo, añade: «Ya puedo decir que soy patrón de embarcación comercial».

Al lado del mar se detuvo su vida, en septiembre del 2003. El joven holandés, de 30 años entonces, acababa de salir de la playa de Fuengirola, localidad donde residía desde hacía un tiempo, cuando dos policías le interceptaron en la calle y lo arrestaron. Van der Dussen no volvería a pisar la calle hasta 12 años y medio después, tras un periplo por siete prisiones españolas, víctima de uno de las mayores errores judiciales de las últimas décadas.

La última prisión donde estuvo encarcelado fue la de Mallorca, y ahí decidió quedarse al obtener repentinamente la libertad el 11 de febrero del 2016. «Tampoco es que tuviera dónde ir y por suerte el padre Jaume Alemany me acogió unos meses en su parroquia». Mallorca le encanta, y es ahí, al lado del mar de nuevo, donde ha rehecho su vida, aunque no sin dificultades.

El holandés, el 11 de febrero del 2016, saliendo en libertad tras pasar 12 años encarcelado injustamente. /AFP (JAIME REINA)

Sigue la eterna lucha judicial para que su inocencia sea completa. Al holandés le condenaron por agresiones, robos y una violación a tres mujeres, en una misma noche de agosto del 2003 en Fuengirola, en tres lugares muy cercanos el uno al otro. 

Errores y contradicciones

Clamó por su inocencia desde el principio, sus abogados de oficio cometieron errores, no había pruebas físicas, pero a base de testimonios contradictorios fue condenado a más de 16 años de prisión. Después quedaría probado, a través del ADN, que el autor de la violación había sido un conocido violador y asesino británico, Mark Dixie. Según la primera sentencia del 'caso Van der Dussen', las tres agresiones fueron cometidas por el mismo autor, pero al declararle inocente de una de ellas, la violación, el Tribunal Supremo no le absolvió de las otras dos, al no existir pruebas nuevas.

«Cuando un 
empresario
que quiere
contratarme lee
mi historia
en Google,
puede ser que
le entren dudas»

«Así que oficialmente sigo figurando como autor de dos agresiones a mujeres. Cuando busco trabajo y el empresario rastrea en Google mi nombre, ve toda mi historia y puede ser que le entren dudas», lamenta Van der Dussen, que intenta luchar contra el estigma de ser un exconvicto.

El estigma y, más aún, el trauma. El de haber estado en prisión como un violador, rechazado por los otros presos, durante largas épocas en la celda de aislamiento como protección de las agresiones. Lleva la cruz de haber pasado entre los 30 y los 42 años entre rejas. Lo más fácil, dice, hubiese sido seguir en ese mundo una vez fuera de la cárcel, ya que cuando salió de prisión no tenía nada.

«Por la calle te vas encontrando a antiguos compañeros de celda o galería que te piden u ofrecen cosas, pero siempre me he mantenido lejos de ese ambiente», confiesa.

Buena gente

Lo logró con ayuda de gente buena, gente imprescindible en su recuperación e reintegración. Como el padre Alemany, capellán de la prisión. O Maarten, un empresario holandés, que al conocer su caso le pagó, entre otras cosas, el alquiler de un piso. O Gerard, un emprendedor náutico que le ha ayudado en el largo trayecto de sacar el diploma para poder patronear barcos. O los amigos que hizo en el primer bar donde se sentó a tomar una cerveza después de quedar en libertad. O sus abogados Silverio García, de Madrid, y la holandesa Rachel, que consiguió la prueba exculpatoria en Reino Unido. O el embajador de Holanda en Madrid, que le visitaba y le llamaba por teléfono para saber cómo le iba. Pero, sobre todo su novia, a la que conoció en prisión; ella lo visitaba como voluntaria de una ONG dedicada a hacer la vida más llevadera a los presos. 

«Romano era diferente a otros presos»,  dice ahora ella. La mujer prefiere mantenerse en un segundo plano; no todo el mundo acepta su relación con un exconvicto. «Veía que tenía capacidades. Era una persona que nunca perdía la educación, pese a llevar tantos años entre rejas. Y pese a la injusticia de la que era víctima». Ella ha sido el ancla de Romano van der Dussen en estos cuatro años en libertad. «Me ha corregido cuando me hacía falta», agradece él. «Y no ha sido fácil para ella, que a veces también tengo mis momentos de nerviosismo y de enfado». «Pero se le nota que está mejor que antes, está más calmado», replica su novia.

Ayuda psicológica

Fue ella quien le puso en contacto con dos psicólogos. Uno para ayudarlo a superar los traumas de su juventud, su paso por internados, donde sufrió abusos. De joven, su vida no fue fácil. Cometió pequeños hurtos, y fue de mal en peor. Al final, dejó Holanda para buscar en la Costa del Sol, donde trabajaba de camarero, un futuro. Otro psicólogo le ha tratado de sus difíciles secuelas por la estancia en la  prisión.

Secuelas que ahora, en algún momento, le causan problemas. «A veces, hablo muy fuerte, muy alto», ejemplifica Van der Dussen. «En prisión, tienes que alzar la voz para hacerte oír, para que no te pisoteen». Y sí que su voz puede llegar a intimidar. En algún restaurante, el camarero le ha tenido que pedir que bajara el tono. De hecho, la voz le costó su primer trabajo, de recepcionista en un hotel. «Yo era amable con los clientes, les informaba de lugares interesantes en Mallorca, pero a veces mi manera de hablar les asustaba». Una manera tosca, aunque en un castellano fluido. O en holandés, inglés o alemán, idiomas que domina.

«Tenía que acostumbrarme a no usar las mismas palabrotas que en prisión», recuerda riéndose, aunque le cuesta reír; pocas veces se le adivina una sonrisa. Ni siquiera cuando es feliz, con su novia en un bello lugar de retiro en la costa mallorquina.

Patrón de barco

Peor lleva estar en sitios con mucha gente. Una presentación, una fiesta, una cola del supermercado, un aeropuerto. «Me pongo a sudar, quiero salir fuera, no aguanto ahí dentro, me agobio. A veces he tenido que bajar de un autobús. Por eso me gustan tanto los barcos, y, como capitán, estar solo en mi cabina».

El alcohol fue al principio un fiel compañero para olvidar las miserias de la cárcel, junto con los porros. Pero se dio cuenta de que, para trabajar, tenía que abandonar esos hábitos. Ahora pasa largas temporadas sin beber. «Hay cervezas sin alcohol que están bastante bien», bromea.

Su  novia, a la
que conoció en
la cárcel donde
era voluntaria,
ha sido su ancla
durante todo
este tiempo

Lo que más le cuesta es encontrar sentido a los días, que son largos cuando no tiene nada que hacer. Van der Dussen quiere trabajar, quiere ganarse la vida, ocupar su tiempo. El Estado le pagó una indemnización de 147.000 euros por el tiempo que pasó inocente en la cárcel: por los tres años y medio de la violación de la que fue absuelto, pero nada por los otros nueve años. Con ese dinero ha pagado a su abogado y saldado deudas contraídas cuando salió en libertad sin nada en el bolsillo. Ahora, la justicia le reclama grandes cantidades por los costes procesales de los recursos presentados y no ganados. «Pero, no me rindo: iremos al Tribunal Constitucional», anuncia el holandés.

Su mejor inversión han sido los euros gastados en un año de estudios para sacarse todos los diplomas posibles para ser capitán de embarcación comercial.

Los exámenes los hizo en inglés; los teóricos en un aula en Holanda, los prácticos en el puerto de Palma. «Fueron muchos días haciendo maniobras en el mar. La primera vez suspendí por los nervios, pero después aprobé fácil». Con orgullo, enseña el carnet internacional, expedido en octubre del año pasado por la Royal Yacht Association. «En español, pone capitán, y en italiano, comandante. Un compañero de estudios ya encontró trabajo en Italia. Me da mucha envidia».

Porque Van der Dussen quiere pilotar barcos ya. Su licencia le capacita para navegar con yates por todo el Mediterráneo. «Primero necesito experiencia, horas de navegación. Pero noto las reticencias de los dueños de los barcos, por mi pasado. Uno me ofreció 500 euros al mes, pero no de capitán, sino para limpiar el barco. A eso me niego. Quiero pilotar, y soy muy capaz de ello, después de todo lo que he superado».