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Joana Roche, Jun Komura, Alba Segarra y Pere Francès. 

LOS NUEVOS MODELOS DE CONSUMO DE LOS JÓVENES

"Hemos dejado de comprar ropa nueva"

Núria Marrón

No hace falta tener una conciencia ecológica a escala Greta Thunberg para constatar que la industria de la moda, considerada la segunda más contaminante, se ha convertido en una maquinaria desbocada, cuyo carburante, el consumo feroz, arroja cifras de calibre: por ejemplo, seis de cada 10 prendas acaban en el vertedero durante el primer año de uso. Sin embargo, frente a la cultura del usar y tirar, un grueso creciente de chavales están acabando con el fetichismo de lo nuevo y, donde antes había estreno, ahora se abre paso el intercambio, la reventa y la reutilización. El nuevo modelo de consumo, cabe decir, no huele a pasajero: se estima que el sector de la segunda mano será mayor que la moda rápida en 10 años. Así, de esta conciencia emergente –y de sus topes y contradicciones–, hablamos con Alba Segarra, Jun Komura, Joana Roche y Pere Francès, que han dejado de comprar ropa nueva, coinciden, por economía y por las cuentas pendientes del sector con el medio ambiente, los derechos laborales y los animales.

«Reduzco el consumo y busco alternativas éticas»

«No alimentes el trol», dicen los ecologistas ingleses. ¿Cuándo y por qué dejasteis de hacerlo? 

Jun: yo hice el clic hace dos años, cuando fui a un festival juvenil en el que había una actividad sobre la industria de la moda. Y ahora incluso evito la segunda mano. Si puedo no gastarme dinero, mejor. Primero intento ir a centros de jóvenes donde se intercambia ropa, porque lo típico que pegas el estirón y ya no te cabe nada. Y luego tengo la suerte de ir a un instituto en Sant Gervasi y allí muchas veces encuentro ropa casi nueva y chula junto a los contenedores de la basura.

Jun Komura. Tiene 17 años, estudia segundo de bachillerato, es vegetariano y ha empezado a participar en espacios libertarios. En la foto, con una sudadera de segunda mano que compró en Portugal. / elisenda pons

Alba: yo en la ESO era muy consumista, pero luego empecé con el veganismo y a ser más consciente no solo de lo que implica la industria alimentaria, sino también la de la moda: las condiciones laborales de los trabajadores y los residuos que produce. Así que empecé a reducir drásticamente el consumo y a buscar alternativas sostenibles y éticas.

"Muchas veces encuentro ropa casi nueva y bastante chula junto a la basura», asegura Jun

Joana: para mí, al principio, fue una cuestión de estilo, de rebotarme con esa idea de ser un eslogan andante. Empecé a buscar tiendas 'vintage' y hace un año regularicé ese dejar de comprar, sobre todo por el impacto ambiental. Desde entonces me obligo a encontrarle la gracia a toda aquella ropa que antes igual tiraba en cuanto le salía una bola; intercambio, y busco en mi entorno: creo que la mitad de mi armario es ropa de las amigas de mi abuela.
Pere: yo primero empecé a comprar de segunda mano porque me gustaba, pero me he dado cuenta de que, en realidad, la mayoría de cosas que ahora tengo son de mi abuela, de mi tío abuelo, de mi hermano y de mi padrastro. Y al ir cogiendo lo que los demás no utilizan, tomas conciencia de cuánta ropa poseemos y de cómo tenemos de inculcado el consumismo. Creo que está bien que los jóvenes estemos sacando adelante este tema.

«Hay un nuevo consumismo de ropa de segunda mano»

La ropa de segunda mano permite variedad y asequibilidad sin culpas ni desperdicios. En este 'boom', sin embargo, ¿cuánto creéis que hay de conciencia y cuánto de nuevo consumismo, de que 'lo viejo' es el nuevo cool?

Pere: yo sí he notado un cambio generacional. Por ejemplo, en las 'influencers' y sus armarios infinitos, ahora muchos vemos a gente rica abusando de sus privilegios. Pero también es verdad que hay muchos jóvenes que se pasan a la segunda mano porque está de moda y porque mola llevar 'bombers' de los años 70. Incluso marcas de moda rápida que están sacando colecciones nuevas cada semana venden prendas que parece que llevan 40 años en el armario y productos que dicen ser sostenibles. Es bastante... ¡wow!

Alba Segarra, de 23 años, es vegana, estudia un máster de innovación y eficiencia energética y pertenece a la asociación ecologista de la UPC. Lleva una camisa que adquirió en una 'charity shop' de Londres. / elisenda pons

Jun: yo creo que la cosa también va por barrios. Seguramente la parte económica va ligada a la clase. De hecho, yo antes iba a un colegio concertado, donde mi madre es profesora, en el que todos iban con marcas caras. La ropa tiene un fuerte factor identitario y grupal, y quizá ahora llevo cosas que allí no me habría atrevido a ponerme. Y luego está el activismo ecologista que, al hacerse masivo y transversal, resulta muy efectivo pero también corre el riesgo de banalizarse. Creo que sí hay gente que igual no hace el análisis de «yo, consumidor del primer mundo» y acaba comprando ropa de segunda mano gastándose lo mismo que antes y acumulando jerséis al fondo del armario.

Alba: sí, yo también veo un poco de doble juego y que lo que deberíamos hacer es parar la rueda. No tener en casa lo que necesitamos y 40.000 cosas más. Además, a veces el proceso de reciclaje es incluso más contaminante y costoso que fabricar de nuevo.

«Los problemas: la ropa interior y los zapatos»

¿Y con qué tipo de dificultades os topáis?

Joana Roche, de 21 años, estudia producción y gestión musical en la Esmuc. No consume productos derivados de la vaca y compra en comercios éticos. La cazadora tejana es una de las primeras prendas de segunda mano que adquirió.  / elisenda pons

Joana: el problema que no tengo resuelto es la ropa interior: es obvio que no hay de segunda mano y hay opciones que no pagaré. Y luego están las cosas específicas. Cuando, por ejemplo, vas a la nieve y necesitas un anorak. Entonces tiro de contactos.

"En todo este proceso necesito ir a mi ritmo y hacer las cosas con calma y sin culpas, pero a veces me acabo agobiando», admite Joana

 
Alba: sí, junto con los zapatos, que es difícil encontrar de tu talla y en buen estado, el  mayor problema suelen ser las prendas concretas.
Jun: como cuando necesitas, por ejemplo,un jersey de cuello alto. Por lo demás, en casa la ropa no me da problemas, más allá de que, cuando la traigo de la basura, me dicen «no la metas en la lavadora con mis cosas» o «lávatela a mano» [se ríe]. Soy vegetariano y las dificultades suelen surgir más con la alimentación. Y luego están las lecciones gratis de los típicos tíos en la cena de Navidad que de repente tienen el título de nutricionista y te dicen que el ser humano evolucionó gracias al consumo de carne. Lecciones de moral gratuita en las que van soltando «todo esto es una moda» y «estos niños...»
Pere: pasa a menudo con las cuestiones sociales, incluso con el feminismo y el movimiento LGTBI. «Ser bisexual está de moda», repiten. ¿Ah sí? ¿De verdad?
Alba: a mí a veces mi padre me dice: «¡Comes unas cosas que no sabes ni de dónde vienen!» [se ríe] No entro al trapo y compro mi comida: intento que sea ecológica, a granel y de kilómetro cero. Siempre procuro hacer ese balance y que mi impacto, mi huella, sea mínimo.

«Intento ir con calma, aunque a veces me estreso»

Ahora se empieza a hablar de ecoagobio o ecoansiedad. ¿Reconocéis el estrés?

Pere Francès tiene 17 años. Estudia segundo de bachillerato, le gusta la moda, aunque recela de la industria, y confecciona modelos espectaculares con su máquina de coser. Lleva una chaqueta que compró en la tienda de segunda mano Texas.  /elisenda pons

Joana: pues no conocía la palabra pero me la hago mía, porque es lo que siento a menudo. Leo mucho, intento averiguar siempre la fuente de la información que me llega y  ser coherente y decidir si una cosa vale o no la pena. Necesito ir a mi ritmo y hacer este proceso con calma y sin culpas, pero a veces me agobio.

"Incluso marcas de moda rápida que sacan colecciones cada semana venden prendas que imitan a las de segunda mano», cuestiona Pere

Pere: yo, honestamente, no me estreso mucho. Si hago alguna cosa que no encaja con lo que creo, oigo una voz interior que dice «¡hey, espabila!», pero me lo tomo con tranquilidad. No me quiero agobiar pero sí mantener una mentalidad crítica y abierta.
Jun: yo creo que el agobio también nace un poco de los límites de la acción. Quizá, en el mejor de los casos, has hecho autocrítica, te has concienciado y estás dispuesto, por ejemplo, a renunciar a viajar en vacaciones o a comprar un determinado producto. Sin embargo, llegas a un cierto lugar, porque lo que está en cuestión está más allá de ti: es  un modelo de producción y consumo basado en la explotación humana y ambiental, y ahí ya entran en juego gobiernos y corporaciones.
Alba: estamos llegando a un punto de no retorno y, de la pura necesidad, ha surgido a la carrera la nueva conciencia ecologista. Sin embargo, aunque tú intentes hacer las cosas bien, todas las medidas que se quieren aplicar son insuficientes para un cambio real en 10 años. Yo tengo amigos que dicen: «Si el mundo se va a pique y los gobiernos no hacen nada, ¿por qué he de dejar de comer carne o hacer cosas que me gustan?».

«Luchamos por nuestro futuro»

Sois una generación bajo escrutinio. De golpe, hemos descubierto que los jóvenes existen y que están pasando a la acción.

Joana: yo creo que tenemos el derecho y la obligación de ir contra lo establecido, pero manteniendo los ojos abiertos y siendo conscientes de que vendrán cosas que seguramente nos irán grandes.
Jun: yo siento que hay hartazgo, que somos la generación de las crisis y que todo parece colapsar a nuestro alrededor. El acceso a la vivienda, el mundo laboral, el espejismo de la igualdad, el clima... el capitalismo, en definitiva. Y parece como si se estuviera delegando en nosotros la responsabilidad de cambiar las cosas. Queremos hacerlo, de acuerdo, pero hemos crecido en la inmediatez y nos falta organización. ¿Con qué herramientas contamos?

"Siempre procuro generar el menor residuo posible y que mi huella sea mínima en todo lo que hago», afirma Alba

Pere: sí, sentimos la necesidad de luchar porque lo que está en juego es nuestro futuro, y estamos dispuestos a vivir con menos comodidades que nuestros padres, pero queremos vidas justas. Ahí entra también el factor clase: con quién te agrupas para combatir lo que crees que es injusto.
Jun: igual donde pueden coincidir las luchas transformadoras es en el punto de ser conscientes de que la libertad individual acaba cuando pisas la de los demás. Si comprar una camiseta de 5 euros implica la precariedad de una chica en Bangladesh, hemos de saber hasta qué punto nuestro interés va por delante.
Alba: respetar es muy importante y el problema es que a menudo no somos conscientes de que no lo hacemos.