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Beirut: 30 años después de la guerra

LUCAS VALLECILLOS

EL RENACIMIENTO DE UNA URBE

Beirut: 30 años después de la guerra

Tres décadas después del acuerdo que significó el inicio de la paz, la ciudad libanesa ha recuperado su esplendor

Lucas Vallecillos

A principios de los años 70, cuando nadie podía imaginar la guerra que iba a estallar cinco años más tarde, la prosperidad iluminaba Beirut. Las crónicas de la época la catalogaban como la Suiza de Oriente o el París del Levante. Después de casi 30 años del fin de la guerra civil -que se empezó a fraguar el 22 de octubre de 1989, con el acuerdo de Taif-, la ciudad ha resurgido de sus cenizas con ganas de devorar el presente, recuperando la grandeza del pasado. Incluso han salido movimientos sociales que solicitan parar la reconstrucción total de la ciudad. Piden mantener en pie los pocos edificios que quedan desquebrajados, como testimonios de la historia moderna del país. Según Nivine, una activista universitaria que reivindica la memoria de la guerra civil, «una fiebre reconstructora y especuladora se ha apoderado de la ciudad, induciendo al olvido de nuestro pasado más reciente». 

El lugar que abandera la modernidad y el futuro de Beirut es el denominado Downtown, que durante la guerra civil fue el epicentro de la batalla entre facciones, dejando este antiguo y prospero distrito comercial reducido a ruinas. Aquí se hallan los vestigios más emblemáticos de la contienda, como la llamada Línea Verde, el frente que dividía la ciudad entre el este musulmán y el oeste cristiano. «Por suerte» -apunta Nivine- «sobrevive a la especulación urbanística el horadado Hotel Holyday Inn, recordando la crudeza de los enfrentamientos. Y el conocido popularmente como el Huevo, una mole ennegrecida que durante los años 60 fue el cine más grande del país. Así como, la emblemática Casa Amarilla, el punto más codiciado del frente».

Proyecto de Hariri

El flamante Downtown, que encandila a autóctonos y alóctonos, es fruto de la reconstrucción emprendida por Solidere (The Lebanese Company for the Development & Reconstruction of Beirut Central District), empresa que fue fundada en 1992 por el antiguo primer ministro Rafiq Hariri, que invirtió miles de millones de su propia fortuna en este colosal proyecto de futuro, donde se pretendía levantar una nueva ciudad de carácter residencial y comercial, que aunque no está terminada al 100%, le falta muy poco. Nour, compañera de clase y de activismo de Nevine, apunta algo que es sabido por todo el mundo, «La adquisición por parte de Solidere de los terrenos arrasados por la contienda ha sido mediante prácticas corruptas y mafiosas para conseguir el suelo a precios muy bajos». Nevine y Nour, en un tono menos combativo, también se quejan de la falta de carácter de una ciudad que está recién estrenada y que en ocasiones puede dar la sensación de un decorado. 

Según mis anfitrionas, la mejor manera de iniciar una visita al Downtown es tomando un café en una de las terrazas de la plaza Nejmeh, contemplando el discurrir de la vida, y el porte de la torre del reloj, erigida en un bellísimo diseño art déco, que se alza en medio de la plaza; data de la época del mandato francés. La plaza está configurada también por el edificio del parlamento, y las catedrales de San Elías de la iglesia griega y San Jorge de la iglesia griega ortodoxa. En las inmediaciones la religión sigue presente con fuerza, en la catedral de San Jorge Maronita y en las imponentes mezquitas de El Omari y en la de Mohammad Al-Amine. 

En la plaza Nejmeh proliferan las terrazas, desde donde se puede apreciar el reloj art déco que se emplaza en el mismo centro. /LUCAS VALLECILLOS

A imagen de la mezquita Azul

Esta última es conocida popularmente como la 'mezquita de Hariri'. Está construida a semejanza de la mezquita Azul de Estambul y los 65 metros de altura de sus minaretes la hacen visible desde casi cualquier  parte del Downtown. Fue encargada y financiada por el exprimer ministro Rafiq Hariri, que hizo traer desde Arabia Saudí la piedra para su construcción. A pesar de ser levantada en tan solo 5 años, Hariri no pudo ver finalizado su templo; fue asesinado el día de San Valentín del 2005 con un coche bomba. Frente a la mezquita está, al aire libre, el mausoleo donde yace su cuerpo. Que a su vez, se abre a un gran balcón con vistas a los vestigios del foro romano, que junto con los baños, también de época romana, son los dos recintos arqueológicos más interesantes de la capital. Además, se ha levantado Beirut Souks, un moderno centro comercial de 160.000 m2. Y todo un entramado de calles peatonales denominadas la «milla de Oro», donde están presentes todas las firmas más importantes de la alta costura mundial.

La reconstrucción
de la ciudad no 
ha estado exenta
de polémica, por
los métodos
especulativos
en la compra
de edificios

Finalmente, la reconstrucción del Downtown termina besando el Mediterráneo, con un lujoso puerto que alberga yates de millonarios y restaurantes de diseño, denominado Zaitunay Bay. Llama poderosamente la atención el bombardeado Hotel San Jorge, erigiéndose sobre este escaparate de la opulencia con un monumental mural que reza 'Stop Solidere'. No estamos ante un hotel cualquiera, su bar era conocido antes de la guerra como el de «los espías», muy frecuentado por los corresponsales de guerra y por los servicios secretos de todos los países que tenían algún interés en Oriente Medio. Frente a él fue detonado el coche bomba que acabó con la vida de Hariri.

Hassan, el guarda del hotel, nos cuenta que «actualmente, una gran disputa enfrenta a los propietarios del hotel con Solidere. El establecimiento siempre fue famoso por su playa particular y su acceso exclusivo a la bahía que alberga actualmente Zaitunay Bay. Un derecho al que se opone Solidere, que pretende explotar en exclusiva la bahía que domina el hotel. Dicha disputa tiene paralizado el proyecto de reconstrucción del establecimiento». «Es sabido que Hariri alternaba medidas coercitivas y ofertas de compra mediante prácticas mafiosas, que sigue manteniendo Solidere», puntualiza Nora. 

El puerto deportivo de la ciudad, Zaitunay Bay,  alberga yates de millonarios y restaurantes de diseño. /LUCAS VALLECILLOS

Barrio de moda

En estos momentos el barrio de moda es Gemmayze. «Es el preferido de los modernos para cenar, comprar, ir a la peluquería o la barbería. Pero si buscas el alma de la ciudad, está en Hamra», dice Nivine. Un barrio que recuerda al ambiente de El Cairo, con sus antiguos comercios, cafés, teatros, cines, casas de cambio y el mítico Hotel Commodore, que fue el preferido por los corresponsales de guerra debido a que su teléfono y su télex rara vez fallaban. 

Pero, si hay un lugar que mantiene el espíritu de siempre, que solo interrumpió su actividad durante los momentos más crudos de la contienda, es la Corniche. «La cara más veraz de la ciudad», según Nora. Y añade: «Es un agradable paseo marítimo donde todas las clases sociales de la ciudad acuden para pasar un rato de esparcimiento: pescando, contemplando el ir y venir de las olas, tomando un baño, fumando una narguile o realizando una actividad deportiva. Es la la sonrisa de Beirut».

La Casa Amarilla

El edificio que perteneció a la familia burguesa Barakat, que también es conocido como La Casa Amarilla debido al color de su fachada, fue uno de los puntos más codiciados del frente que dibujaba la denominada Línea Verde, que  dividía la zona cristiana de la musulmana. Debido a su ubicación, en la esquina de uno de los cruces más estratégicos del frente, y por su fachada abierta, que servía de atalaya para controlar un ángulo de 30º sobre el paisaje urbano, era una de la posiciones más codiciadas por los francotiradores. 

Desde el 2017 fue acondicionada y recuperada por el arquitecto Youssef Haidar, para la memoria histórica de la ciudad, convirtiéndola en un museo de la guerra civil y en un centro cultural. La Casa Amarilla se ha erigido como el testimonio por antonomasia de la contienda, solo ella sabe los horrores que han visto sus paredes, y de cómo el odio impulsado por la religión indujo a la destrucción absoluta de la parte más bella de Beirut. Ahora aquí se mantiene viva la memoria de la guerra, que invita a debatir y reconstruir la historia del conflicto. 

Según Mohamed, un guía de Beit Beirut, «averiguar qué pasó en el pasado es una actividad que, aunque parezca mentira, despierta poco interés entre los libaneses. El objetivo de este museo es intentar cambiar esta actitud». Es quizá una de las principales razones por las que después de la paz adquirida en 1990, el país ha estado numerosas veces apunto de volver a las armas.

Ante una imagen donde posan los firmantes del acuerdo de Taif, en Arabia Saudí, Mohamed comenta: «No se ha levantado nunca un monumento nacional que invite a la reconciliación, cada facción se ha dedicado a construir monumentos que rinden tributo a sus mártires. En lugar de una reconciliación basada en la rendición de cuentas donde impere la veracidad, la guerra civil llegó a su fin mediante un acuerdo de redistribución del poder entre cristianos y musulmanes, con  una amnistía para los mandos militares más poderosos. El pasado no le interesa a nadie, se convirtió en una amenaza a la convivencia. Esta casa es el monumento a la reconciliación nacional que nos faltaba».
 

Temas: Beirut