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Antonio Martínez Ron: "Solo somos un chispazo fugaz en la eternidad"

José Luis Roca

Antonio Martínez Ron: "Solo somos un chispazo fugaz en la eternidad"

El divulgador combate a los vendedores de humo con un puñado de aventuras humanas que rodearon a grandes hallazgos científicos

Juan Fernández

Las redes están plagadas de vendedores de humo y embaucadores de medio pelo al mando de naves del misterio que han refinado el arte de construir relatos cautivadores para convencer al personal de memeces como que la Tierra es plana, que el viaje a la Luna fue un montaje o que existe un oscuro complot para atontarnos fumigándonos con polvillos lanzados desde avionetas. Antonio Martínez Ron (Madrid, 1976) lleva casi dos décadas utilizando esas mismas armas, las de las historias que se escuchan y se leen con la mandíbula descolgada, para lograr el objetivo contrario.

Con la pasión con que aquellos cuentan patrañas fruto de la leyenda o de teorías conspiranoicas, él relata las aventuras humanas que rodearon algunos de los hallazgos más sorprendentes de la ciencia. Ahora, casi un centenar de esas historias, la mayoría publicadas en distintos medios de comunicación o en su blog de divulgación científica, 'Fogonazos', las ha reunido en '¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?' (Crítica)

–¿Busca en la ciencia la respuesta a alguna pregunta trascendente?
–La verdad es que no, a mí lo que me engancha es el camino de la sorpresa, encontrarme con una historia que me hace saltar de la silla y preguntarme: "¿Cómo es posible?". Y resulta que en ciencia abundan esas situaciones. La ciencia no es una fórmula fría sobre una pizarra, está llena de historiones que atrapan más que una novela de acción.

–Como la que da título a su libro.
–Dígame si no es fascinante: en el primer viaje a la Luna, los astronautas empezaron a ver chiribitas al cerrar los ojos y años más tarde se descubrió que eran los rayos cósmicos previstos por el físico Víctor Hess en 1921. O la historia de Thomas Harvey, que robó el cerebro de Einstein y lo tuvo 20 años en un bote en la cocina de su casa. O el caso de Neil Davis, que ideó un sistema para provocar auroras boreales en Alaska y los soviéticos lo confundieron con un ataque nuclear. ¿Y qué me dice de los que intentaron crear un repositorio de semen de premios Nobel para fabricar una generación de genios? Esas historias no se les ocurren a los guionistas de Netflix, pero son reales y muchas están vinculadas a grandes hallazgos científicos. 

–¿Nos fascina lo que no entendemos?
–Nos fascina el proceso de entender, ese momento en el que las piezas del puzle encajan. Está comprobado: en ese instante se produce una descarga de dopamina en el cerebro y se activa el circuito de la recompensa. Es universal, lo sentimos todos cuando resolvemos un sudoku, entendemos una explicación matemática o acertamos una pregunta de Saber y ganar. Ese mecanismo nos hace adictos al deseo de comprender.

"Nos fascina el proceso de entender, ese momento en que todas las piezas del puzle encajan"

–¿Adictos? ¿Somos unos yonquis de darle al coco?
–Desde la cuna. En el MIT hicieron experimentos con niños pequeños exponiéndolos a dos tipos de juegos, uno cuyo funcionamiento conocían y otro que no, y ellos buscaban los juegos cuyas instrucciones desconocían y desechaban los que ya entendían. Algunos estudios aseguran que ese circuito neuronal de recompensa fue lo que nos hizo avanzar en la evolución hasta llegar a lo que somos. Más que la curiosidad por hacernos preguntas, lo que nos convirtió en humanos fue el placer que sentimos cuando encontramos las respuestas.

–¿Aunque lo hagamos con un órgano como el cerebro, que a menudo nos engaña?
–No comparto esa afirmación. En realidad, el cerebro no nos engaña, porque entonces se engañaría a sí mismo, pero en ocasiones, para sobrevivir, saca conclusiones que pueden ser erróneas. En la evolución nos fue de gran ayuda identificar el patrón de manchas negras sobre fondos amarillos con la presencia de un tigre, pero a veces solo era un efecto óptico. Nos fascina descubrir nuestra propia tara porque nos permite comprobar que lo que vemos no es la realidad, sino la interpretación que nuestro cerebro elabora a partir de nuestras percepciones.

–Quién lo diría, con lo seguros que solemos estar de lo que vemos.
–Creemos que el mundo gira a nuestro alrededor y que podemos entenderlo todo. En realidad, somos unos pobres diablos abandonados en un rincón de la galaxia dotados de unas capacidades limitadas que nos impiden comprender todo lo que vemos.

"La ciencia ha demostrado que la experiencia humana tiene un sustrato material. Un puñetazo contra los programas de fenómenos paranormales"

–¿También de comprendernos a nosotros mismos?
–Antes habría que aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de nosotros mismos. Pacientes con lesiones cerebrales han cambiado radicalmente su carácter y la concepción que tenían de ellos. Entonces, ¿qué somos? Solo un amasijo de células rodeadas de impulsos nerviosos. Deberíamos rebajarnos los humos, no somos almas etéreas que vagan eternamente por el universo, solo somos un chispazo fugaz en medio de la eternidad.

–Más de uno se va a sentir decepcionado con esa definición.
–La ciencia ha demostrado que la experiencia humana tiene un sustrato material. Esto es un puñetazo contra todos esos vendehúmos y programas de fenómenos paranormales que cuentan como misterios situaciones fácilmente explicables. Por ejemplo, las experiencias cercanas a la muerte. Quienes han estado a punto morir y finalmente se han salvado coinciden en describir sensaciones místicas. En realidad, solo han sentido los efectos de someter a sus cerebros a estados de hipoxia. Ese túnel blanco que dicen ver no es una puerta al cielo, sino una creación de sus neuronas tras pasar un cierto tiempo sin recibir aporte de oxígeno. Habrá quien piense que esto es menos emocionante. A mí me lo parece mucho más. 

–¿Llegaremos a entender el cerebro hasta poder copiarlo en un formato digital?
–Me temo que no, y el motivo es que no solo pensamos con el cerebro, lo hacemos con todo el cuerpo. Aunque no seas consciente, la información que te transmiten los dedos de tus pies, tus manos o tu espalda forma parte también en lo que eres. No somos un ente etéreo encerrado en una mierdecilla de cuerpo, somos, como dijo Walt Withman, un único ser. 

–En su libro cuenta muchas historias sobre la criogenización. ¿Ve posible que algún día podamos congelarnos para resucitarnos en el futuro?
–Ahora mismo no, por más cuentistas que haya por ahí diciendo que la eternidad está a nuestro alcance, pero hay investigadores muy serios haciendo hallazgos sorprendentes en este campo, y en ciencia no existe la palabra imposible. Todo el que la ha usado, ha acabado siendo ridiculizado después. Preveo que podremos alargar la vida muchos años, pero me temo que solo una parte de la población con recursos podrá acceder a esas técnicas y el resto será mano de obra efímera.

"No solo pensamos con el cerebro, lo hacemos con todo el cuerpo"

 –¿Ve al hombre colonizando el universo?
–Ojalá, pero las distancias en el espacio son tan grandes que seguramente nos extinguiremos antes de llegar a la estrella más cercana. Los astrónomos sostienen que hemos aparecido en una época benigna en la historia del universo y que es posible que haya por ahí otras civilizaciones distintas a la nuestra, pero dadas las dimensiones del espacio-tiempo, veo difícil el encuentro. Fíjese qué drama: no solo estamos solos, sino que es posible que no seamos los únicos que están solos. Ojalá me trague mis palabras y algún día detectemos un mensaje de ahí fuera.

–¿Le preocupa el mundo que le va a dejar a sus hijos?
–Me preocupa el que me va a tocar vivir de viejo. Lo que más me inquieta es la escalada de irracionalidad en la que hemos entrado. Hemos colonizado el planeta por encima de nuestras posibilidades y del propio planeta, pero lo más terrible es que, en ese escenario tan delicado, la gente se está echando en manos de los peores instintos. Por eso es tan importante defender desde todos los ámbitos el uso de la razón, de la ciencia y del pensamiento crítico.

–¿Cómo?
–Combatiendo a los que propagan mentiras con sus propias armas. Los timadores embaucan a la gente con historias narrativamente perfectas para atrapar su atención. Necesitamos buenas historias, de esas que se cuentan en torno a una hoguera y que pueden hacerse tan virales como las mentiras, pero que estén basadas en la verdad. Y ahí tiene mucho que contar la ciencia, que es, por definición, la antítesis del dogmatismo.