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"Se fuerte, Mohamed"

FERRAN NADEU

EL VIAJE INCIERTO

"Se fuerte, Mohamed"

Un 'exmena' anima a un niño que quiere cruzar el Estrecho a vivir su 'sueño', pero le advierte de que su futuro no será lo extraordinario que imagina

Elisenda Colell

Solo 10 kilómetros separan el puerto Tánger Med, el mayor puerto mercante de Marruecos, de la costa andaluza. Al otro lado del mar, está España, Europa y un sueño de una supuesta vida de éxito. Diez kilómetros de esperanzas para muchos, pero también repletos de muertes e intentos fallidos antes de encontrar otra vida. Mohamed es uno de los niños que aguardan cerca de este puerto para meterse debajo del motor de algún camión de mercancías que vaya hasta España. Se hace llamar 'harraga' ('el que lo quema todo'). Naoufal fue de los primeros en cruzar el Estrecho, hace ya 16 años. Mira al pequeño, y le sonríe. "Tiene derecho a una oportunidad, pero si vuelve sin nada, como yo, tendrá que ser muy fuerte". Él tuvo que soportar la soledad de Europa, y las miradas que significaban fracasado de sus paisanos.

Naoufal tiene 32 años y es un tangerino de pies a cabeza. Nació, y creció en la medina de Tánger. De pequeño vendía "lo que podía" por las calles, y ahora sigue trabajando en ella como acompañante turístico. Pero su vida, en la medina de Tánger, tiene un importante paréntesis que lo llevó hacia Barcelona.

Mohamed, de 14 años, señala su 'meta', al otro lado del Estrecho. /FERRAN NADEU

Naoufal, que en realidad no se llama así pero que pide anonimato para contar su historia, dejó de estudiar a los 12 años. "Tuve que dejar la escuela y me puse a vender cosas en la calle, mi familia es muy pobre y me lo pidió. Era la única forma que teníamos para poder pagar el alquiler y comer", explica. Fue creciendo, y soñando con una vida mejor, una vida libre. "Pensé que en España todo sería más fácil, que tendría una vida mejor".

En el 2003, hace ya 16 años, se pasaba las tardes en el puerto de Tánger tratando de cruzar, junto a varios amigos. "Nos levantábamos, íbamos al puerto, intentábamos meternos en algún barco de mercancías, fracasábamos y volvíamos a casa". Pero tras varios intentos, un día las cosas le salieron bien. Saltó del rompeolas del puerto y se pudo agarrar a la cuerda de un barco. El resto del trayecto lo hizo dentro de un camión, agarrado a los bajos del vehículo. No se apeó hasta oler un campo de olivos. Estaba en Jerez.

Hace más de diez años que Naoufal cruzó el Estrecho escondido debajo de un camión. A los pocos meses, la soledad que sentía en Barcelona le obligó a regresar. A veces se arrepiente de su decisión. / FERRAN NADEU

Madrid, 10 Km

"Llegamos de noche, y decidimos separarnos por parejas". Él y un amigo enfilaron un camino  después de ver un cartel: 'Madrid, 10 km'. En realidad, era la salida para entrar a la autopista. La capital estaba a más de 600 kilómetros. "Estuvimos dos días enteros andando, sin comer, hasta que una mujer nos salvó la vida", recuerda. Paró el coche y les llevó hasta Madrid. "Aquí no acogemos a marroquís, iros a Barcelona", cuenta que les comentaron en un centro de menores de la capital donde les pagaron el billete hasta Catalunya. 

"Pensé que en España viviría mejor, pero cuando llegué me sentía solo, añoraba a mi familia y volví"

Naoufal

'Exmena' de 32 años

Pero, en Barcelona, la que tenía que ser la ciudad de sus sueños, su vida se truncó. "Estaba solo, echaba de menos a mis padres y hermanos". A los seis meses de su huida, regresó a Tánger. "Me moría de ganas de pasar con ellos la fiesta del cordero", relata. "En el centro de menores no tenía amigos, no hacíamos nada y yo me moría de nostalgia". En realidad, Naoufal cree que no estaba preparado en ese momento. "Mil veces me he arrepentido: perdí la posibilidad de tener papeles, de poder estudiar allí... Ojalá tuviera la memoria de ahora y la edad de antes".  

Naoufal explica esta historia de camino al puerto de Tánger Med. De allí, escapan ahora los menores marroquís escondidos en camiones de mercancías. Y sabe que muchos de ellos esperan la oportunidad en Delia, un puerto pesquero, que tiene "una de las mejores playas de Marruecos". Desde ella, se ve el Estrecho, la costa andaluza y el puerto. 

El escondite

En este pueblecito aguardan los menores que desean cruzar el mar. Durante el día piden comida en la aldea y duermen en la montaña. Por la noche, tratan de infiltrarse en algún vehículo burlando el control policial.

"No quiero la vida que tengo aquí, vendiendo verduras. Quiero ser futbolista en Barcelona"

Mohamed

Niño de 14 años que espera para cruzar

Uno de estos jóvenes es Mohamed. Tiene solo 14 años. No mide más de metro y medio, aún no ha pegado el estirón. No se le intuye ni el vello del bigote. Pero lo tiene clarísimo: "Me voy a ir a España". Naoufal evita hablar a Mohamed de su fracaso. Solo le mira, le sonríe, le abraza y le da ánimos. "Sé fuerte, tanto si vas como si regresas. Ah, y pórtate muy bien en el centro". ¿Qué piensas cuando le ves? "Espero que cruce, tiene la oportunidad de cambiar su vida a mejor". El niño asiente. Ya de mayor de edad, Naoufal intentó mil veces volver a España. Al fin llegó, como inmigrante irregular. Sufrió agresiones por ser magrebí, y lo acabaron deportando. Ahora vive resignado, en Tánger. 

Lo que Mohamed no sabe, es que cuando Naoufal volvió sin nada, fue aún peor. "Cuando vuelves de Europa, primero la gente te aclama. Después, todo el mundo se hace preguntas. ¿Cómo es que no regresa a allí? ¿Cómo es que no gasta? ¿Es que no tiene dinero? La gente habla, y a la que ven que te quedas... Es horrible, tienes que ser muy fuerte para aguantarlo". No hay insultos, no hay peleas. "Es la mirada", suspira. Mirada de "vaya fracasado". Mirada de "No vales para nada". "Me sentía un inútil...", reconoce. 

El pequeño Mohamed mira atentamente al 'exmena'. Tiene el pelo rizado, rapado por los costados, y castaño. Los ojos marrones, que se le van cerrando cuando los rayos de sol le dan en la cara. Viste dos bañadores que le hacen de pantalón, una camiseta rota por la espalda, y muy sucia. Igual que las chanclas, que eran azules pero ya grisean. Esto es todo lo que posee. Y en la boca, la ortodoncia que le puso un médico para arreglarle los dientes desalineados. 

Historia repetida

El pequeño repite, bastante, la historia del adulto. A los 11 años tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar en la verdulería de su padre. "No quiero esta vida, quiero ser futbolista en Barcelona". Este verano huyó de su casa, en Fez. Subió a un autobús con las manos vacías y un sueño por cumplir. Hace unas semanas, cuando se hizo este reportaje, llevaba días malviviendo en "las montañas", en los campos cercanos al faraónico puerto. "Vine solo, pero aquí he aprendido que tengo que ir en grupo, he pasado un poco de miedo". Uno de los chicos que le acompaña se tapa la cara con una capucha. Todos llevan la ropa sucia y piden limosna. 

"Hay peleas entre todos los que quieren cruzar, intento ir con gente buena y no buscarme problemas". Por ejemplo, la cola. "No, no quiero eso". Por la noche, todos los 'harraga' –así se autodefinen los niños dispuestos a morir cruzando el estrecho de Gibraltar– se encuentran ante las puertas del puerto. "Intentamos meternos en los camiones que ya han pasado el escáner, pero es muy difícil, hay mucha policía", explica el adolescente. 

Mohamed es un niño de 14 años que lleva tres días en el puerto de Tánger esperando para colarse en el motor de un camión para llegar a Barcelona. / FERRAN NADEU

¿Sabes que te puedes morir? "Sí, estoy dispuesto a morir, no me importa, tengo que intentarlo". Naoufal frunce el ceño y recrimina: "No hagas estas preguntas". Para ellos, el problema no es morir en alta mar, sino saber aguantar el tiempo preciso escondidos en el camión. Mohamed explica que hay amigos que salieron del vehículo en "mal momento". Uno de ellos se equivocó, salió en medio de un semáforo una vez había llegado a España. Él pensaba que el camión estaba parado, y cuando arrancó se le llevó la cabeza, y la vida. "Yo ya sé cómo funciona eso, piensa que en Fez no se habla de otra cosa". Le gustaría probar otras formas de cruzar, más seguras. Por ejemplo, la moto de agua. "Pero, mi familia no tiene dinero, y esto cuesta 4.000 euros".

¿Tus padres lo saben, están de acuerdo? "Sí". Naoufal decide llamarles, agolpado por la responsabilidad de hermano mayor. "Mohamed, vuelve a casa ahora mismo, ¿qué quieres, que te coman los peces? ¡Vuelve inmediatamente!", le grita su padre a través del teléfono. El niño le dice que no, que se va a España. Y le cuelga. "No pienso volver atrás, es mi oportunidad y la pienso aprovechar", suelta con una mirada desafiante. "Yo le entiendo", admite Naoufal. "La vida allí es mejor, al menos la gente tiene derechos". Los dos se dan un fuerte abrazo. El niño se va, convencido que de esa noche cruza el Estrecho. A las pocas horas, el padre vuelve a llamar a Naoufal. "¿Donde está mi hijo? Voy a ir a buscarlo".

Al rescate

Al padre de Mohamed le costó tres días llegar hasta Delia. Primero, tuvo que conseguir el dinero. El viaje duró cinco horas. Lo explica el menor, días después de la llegada del padre, cuando logramos volver a contactar con él. "Al llegar, un hombre me llamó y me dijo que tenía un trabajo para mí". Pero era mentira, fue allí, y se encontró con su padre. "Mi hijo no va a volver a intentarlo, le ha quedado clarísimo que se va a quedar en Fez ayudándome con la tienda". El padre está convencido de que Mohamed no volverá a escaparse. El fútbol está prohibido, y como la familia tuvo que costearle el viaje para irlo a buscar, no sabe si podrá comprar un cordero para el día de la festividad. "Le pegué una buena bronca", asegura el hombre.  

"Cuando termine la fiesta del cordero, lo volveré a intentar", responde el hijo cuando se queda solo. Ha vuelto a trabajar en la verdulería familiar. "Estoy muy cabreado, esto es una mierda, solo quiero volver al puerto y cruzar". Está persuadido de que su destino es Barcelona. Y más en concreto, el Camp Nou. ¿Sabes que quizá en Barcelona también tienes que hacer trabajos que no te gusten? "Sí, y los haré, al menos tendré derechos, allí la gente tiene mucho dinero". 

"Ángeles sin fe, libres como el aire, yo me rendiré cuando las piedras bailen", canta India Martínez en la canción de la banda sonora de la serie 'El Niño'. Para Naoufal, este tema es "la banda sonora" de su vida. Y de tantos 'harraga'. La escucha de camino a casa, mientras cubre con el coche los 40 kilómetros de costa tangerina entre su hogar y el puerto de Tánger Med. Mira el Mediterráneo. "Aquí la tienes, la tumba de nuestros sueños".