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La socióloga Leticia Sabsay, en el Citilab de Cornellà.

LA ENTREVISTA

Leticia Sabsay: "La crueldad contra los más vulnerables provoca fascinación"

La socióloga y profesora de la London School of Economics alerta sobre la aparición de nuevas formas de odio que se defienden como libertad de expresión

Núria Marrón

La socióloga Leticia Sabsay rastrea las fronteras territoriales –pero también las sociales, económicas, de género, sexuales e identitarias– que marcan, asegura, quién tiene derecho a recursos, voz y vida, y a quién le toca cabalgar en los márgenes de la existencia. Ya saben. Menores extranjeros que malviven a la intemperie. Miles de migrantes ahogados ante el pulso inmisericorde de la UE. O colectivos de mujeres precarizadas y desprotegidas por un Estado del bienestar que «se está disolviendo como una azucarillo».

 Bajo estas violencias –abre fuego la socióloga–, subyace una lógica común: los esfuerzos gubernamentales por dividir a las poblaciones entre colectivos que valen y cuya vida hay que proteger, y los que serán tenidos por desechables, sobrantes.

¿Sobrantes, dice?
Sí, como diría Judith Butler, hay vidas que cuentan, y vidas que no. Y lo común a todas estas opresiones es que uno de los ejes de esta división se basa en el valor que producen estas vidas, su papel en el mercado, o si este, en cambio, es irrisorio y fácilmente reemplazable. Vemos ahí una articulación muy fuerte entre fuerzas gubernamentales –que controlan los flujos de población y se hacen cargo de ciertos colectivos y dejan a otros de lado– y lógicas neoliberales. Pero podemos ir más allá.

"Hay vidas que cuentan y otras que no, y un eje de esta división es si producen valor en el mercado o si este es irrisorio"

Adelante.
Creo que esta intensificación de la desigualdad no se puede disociar de la lógica (neo)colonial. Como decía Jose Mujica: «O me compras las naranjas o te mando a todos los recolectores a tu país». Las empresas multinacionales occidentales siguen funcionan de forma extractiva en los territorios colonizados, ya sea en la minería o cooptando los servicios públicos. Además, junto al empobrecimiento y la explotación, están las guerras relacionadas con objetivos geopolíticos y económicos. Estos intereses diezman poblaciones en lugares «lejanos» y, mientras, a Europa la perturba que la gente quiera ir a lugares que brinden oportunidades.

Vemos a niños encerrados en jaulas y gente ahogada a diario y, como máximo, nos indignamos... un rato.
La pregunta sería por qué no estamos en la calle todo el rato, ¿verdad? Hay intelectuales tratando de entender la lógica tan violenta de la contemporaneidad de modo que podamos resistirla. Yo, por ejemplo, empiezo a pensar en la idea de la estética de la crueldad, en el sentido de que cada vez se hace más visible, en los medios, la violencia ejercida sobre los que son construidos como el otro, el que se considera que no vale tanto, el de fuera, el que de alguna manera es visto como menos humano. Y percibo que esto provoca una especie de goce, de fascinación y, a la vez, de anestesia.

"Vivimos una transición muy acelerada hacia un imaginario político en el que se puede ejercer la crueldad contra los  que son construidos como 'el otro'"

O sea, ¿en el mejor de los casos, la imagen del padre y la niña ahogados en Río Bravo nos inmuniza ante el sufrimiento?
Sí. Me parece que estamos viviendo una transición muy acelerada a un imaginario político en el que se normaliza ejercer crueldad sobre los que son considerados inferiores, o sobre los que hay que expulsar para construir un «nosotros» homogénero y cada vez más cerrado y excluyente. Eso tiene que ver con lo que, según los contextos y sin demasiada claridad, se viene llamando neoautoritarismo, neofascismo, nueva ultraderecha... Que no encontremos un nombre para definirlo habla ya de parte del problema. No sabemos ni cómo entenderlo, pero creo que lo común es esta estética de la crueldad. Esa obscenidad y legitimidad al ejercer violencia contra el otro.

También asegura que la violencia del poder nunca había sido tan transparente. ¿A qué se refiere? 
La UE, que dice defender los derechos humanos, es un ejemplo. Primero evitó dar publicidad al desarrolló del sistema de protección de su frontera sur, pero de ahí pasó a un discurso más cínico según el cual se debían frenar los flujos para proteger a los migrantes, víctimas del tráfico, cuando en realidad se les estaba reprimiendo. Y ahora escuchamos a políticos, y no solo ultras, decir que no podemos favorecer las actividades de rescate porque producen un efecto llamada. Ese es el punto de la obscenidad de la crueldad: el mensaje es que hay que dejarlos morir porque así se produce un efecto disuasorio. O sea, que ese dejar morir, esa política de muerte, se hace transparente, ni siquiera se repudia.

"De algún modo, quien se siente al borde del abismo y pelea contra los que están debajo disfruta de la fantasía de distanciarse de lo que teme y mantenerse en pie" 

¿Y qué ocurre cuando se corre ese velo?
Es cierto que la violencia de los estados securitarios siempre ha estado ahí. Obama, por ejemplo, ya tenía políticas antimigratorias muy fuertes. Y deberíamos retrotraernos a la colonización para entender la larga trayectoria de esta necropolítica, como dice Achille Mbembe. Sin embargo,  esta nueva transparencia que, de alguna forma, legitima el odio y el atrincheramiento, hace algo más. No es solo que esté aflorando el racismo que podía permanecer latente –y que, como diría Vox, «la dictadura del progresismo» reprimía–, sino que se están produciendo más y nuevas formas de xenofobia que ahora se defienden como libertad de expresiónón.

¿No es un poco manicomial que los más vulnerables sean vistos como una gran amenaza?
Desde la crisis del 2008, cada vez mayores sectores forman parte de los excluidos. Lo que antes eran las poblaciones racializadas, pobres, de las colonias, ahora también lo son las clases medias pauperizadas. Hay mucha gente que nunca se pensó a sí misma como sujeta a esas políticas de muerte y que ahora, en cambio, se siente en el abismo. Cuando aparecen el miedo y la incertidumbre –que asume en muchos casos la lógica de la paranoia–, es fácil reaccionar contra el síntoma y no contra la causa.

¿Qué quiere decir?
Que ante esta situación hay dos opciones: o bien reaccionar contra ese poder, esa fuerza que ves invencible, que te presiona y que te deja cada vez más cerca del precipicio, o, al contrario, darte la vuelta y pelear contra esos que están debajo, querer distanciarte lo más posible de ellos porque eso te da la ilusión de que te puedes mantener en pie. Esa fantasía funciona y se produce esa lógica paranoica de ver al otro como un peligro. De algún modo, el más frágil hace de espejo y nos muestra nuestra propia vulnerabilidad, de la que nos queremos defender.

"Con la crisis climática, grandes franjas serán invivibles y habrá desplazamientos; si no generamos resistencias, la presión producirá algún tipo de revolución y no necesariamente para mejor"

¿Y qué ocurre entonces?
Nos encerramos en la comunidad donde nos sentimos protegidos –en 'Estados amurallados', Wendy Brown ya relacionaba la obsesión por la construcción de muros con esas fantasías de soberanía en un mundo que se derrumba– y vemos como amenaza que los excluidos quieran entrar porque, efectivamente, nuestro mundo no podría seguir siendo el mismo si aceptara su demanda. Debería convertirse en otra cosa que hoy resulta difícil o casi imposible pensar. Como decía Fredric Jameson, «es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo».

No la veo demasiado optimista con el futuro.
No tengo bola de cristal, pero lo que ya estamos viendo es que la lucha por los recursos naturales va a empezar a imponer una presión importante en la agenda global. Además, está la crisis climática, que está haciendo que grandes franjas del planeta se vuelvan invivibles. Si no generamos resistencias antes, creo que habrá una presión tal que producirá algún tipo de revolución, y no necesariamente para mejor.

Oiga, ¿avista alguna salida de emergencia?
Frente al auge de la ultraderecha, lo que venimos escuchando es que debemos volver al discurso moderado, a la democracia liberal representativa tal como la conocemos, cuando lo cierto es que nunca ha confrontado de lleno la desigualdad social y que ha fracasado justamente por su moderación y su centrismo. Tenemos que buscar otros modos de pensar la representación política.

"Los más jóvenes se están dando cuenta de que no hay lugar para ellos y se empiezan a mover; creo que algo puede surgir de ahí"

¿Alguna idea?
Hay que buscar formas de radicalizar la democracia en un sentido más popular. Por ejemplo, las movilizaciones por la propiedad común de los recursos naturales como el agua o las manifestaciones masivas feministas –que incluyen a jubiladas, migrantes, trans– nos están dando indicaciones de por dónde ir. El feminismo popular no solo está expresando una idea de justicia posible, también formas políticas que exceden a lo que los partidos pueden incorporar en sus agendas, por lo que estos deberán escuchar si quieren sobrevivir. Además, no creo que sea casual que estos movimientos que se han vuelto masivos y transnacionales focalicen muchas de sus demandas en el reclamo por el respeto a la vida y al cuerpo.

¿Hay esperanza, pues?
Podría ser, en la medida que se puedan articular con otros actores y otras luchas. Igual que el movimiento ecologista, tan efervescente ahora, los reclamos no van de defender "lo mío", sino de entender que todos somos seres interdependientes y que hay que proteger la vida humana y la del planeta. Lo que veo en el movimiento feminista y en las generaciones más jóvenes me provoca cierta ilusión. Se están dando cuenta de que no hay lugar para ellos y se empiezan a mover. Piensan distinto, y creo que algo puede surgir de ahí. 

Perfil

La socióloga (Buenos Aires, 1968), cuyo discurso podría ubicarse en un punto ciego entre el Sur Global y Occidente, es profesora de género y cultura contemporánea del Departamento de Género de la London School of Economics.  Se licenció en la Universidad de Buenos Aires e hizo el doctorado en la Universitat de València.  

Autora de los ensayos ‘The political imaginary of sexual freedom’ y ‘Fronteras sexuales: espacio urbano, género y ciudadanía’, ha participado en la Universitat d’Estiu de les Dones (Cornellà), en el curso ‘Cossos im-possibles. Desmuntant l’imaginari sexual’, coordinado por la investigadora Amanda Mauri.