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Miembros de Tamera, en Portugal, frente a la cocina solar.

Así se combate la crisis climática 'desde abajo'

Michele Catanzaro y Vera Novais ('Observador')

Cuando la comunidad de Tamera, en Portugal, empezó a recoger la lluvia en un gran lago artificial, los vecinos se preocuparon. Esos 'hippies' alemanes que practican el amor libre iban a quedarse con su agua, debieron pensar. No era un asunto menor, en la árida región del Alentejo. Sin embargo, el año siguiente el agua no les faltó e incluso apareció una nueva fuente natural, aseguran los miembros de la comunidad.

Antes, el agua resbalaba hacia el océano por terrenos erosionados. Atraparla y dejar que penetrara en la tierra había beneficiado a todo el mundo. Desde ese año, el 2008, varios propietarios les han pedido ayuda para crear una veintena de lagos parecidos fuera de la comunidad.

Comunidades para el clima

Esa comunidad es un lugar de peregrinaje para quienes creen que la emergencia climática se puede combatir desde abajo. Si el sector público arrastra los pies y el privado mira hacia otro lado, ¿la solución puede estar en las comunidades? Los autores de este reportaje abordaron esta cuestión con el apoyo de una Beca de Investigación Climática de la AJSPI (Asociación Francesa de Periodismo Científico) y la Fundación BNP Paribas.

Laboratorios sociales

Lo cierto es que el sector comunitario ya no es una anécdota. Hay 15.000 miembros en la Red Global de Ecoaldeas, entre ellas Tamera. La red europea de proyectos energéticos comunitarios (ResCoop) cuenta con 1.500 integrantes, sobre todo cooperativas. Tamera es uno de los estandartes del sector. Cada detalle de su paisaje está plasmado para aprovechar la lluvia. Entre las casitas y 'roulottes' que puntean sus colinas, hay tres lagos más; canales horizontales que ralentizan el agua para que se filtre; y calles onduladas, para que la lluvia no forme torrentes.

La comunidad de Tamera, en el árido Alentejo, pasó de despertar recelos a asesorar sobre cómo recoger agua

"En el 2006 cogíamos el agua a 80 metros bajo tierra, ahora a siete", afirma Bernd Mueller, un miembro de la comunidad de 57 años, que lideró la operación. Tamera fue fundada en 1995 por un grupo contracultural alemán. Hoy, con casi 200 habitantes, se autoabastece de agua y produce con paneles solares el 60% de la energía que necesita. 

Cada día, 30 habitantes comen en una cocina solar. Un espejo encorvado de tres metros de diámetro concentra los rayos debajo de una olla llena de comida vegana. "Si hay mucho sol, hay más variedad de comida", explica Franziska Klapper, cocinera de 26 años. 

"Todas estas tecnologías se han inventado en otros sitios, por ejemplo en universidades. Pero las ecoaldeas ensayan sus implicaciones sociales", afirma Ana Esteves, del Instituto Universitario de Lisboa. Ser un laboratorio social es el primer rasgo atractivo de las iniciativas comunitarias. El segundo es su particular manera de crecer. "Más que expandirse, tienden a replicarse. Lo que se expande no es su talla, sino su cultura", afirma Gil Penha-Lopes, investigador de la Universidad de Lisboa. Tamera ha asesorado proyectos en todo el mundo, como la ecoaldea Los Portales (Sevilla), en España.

'Cartografía' de la crisis climática.

Sin embargo, hay barreras a la replicación. "Muchas ecoaldeas acaban comercializando su conocimiento, para sobrevivir", observa Ana Esteves. Tamera financia el 60% de sus gastos con cursos y estancias de pago, y ha creado una empresa de retención de agua. Esteves pide apoyo público para estos proyectos, como hacen los llamados municipios en transición. 

Negocio y espiritualidad

Otro aspecto que plantea cierta suspicacia es el componente espiritual de muchos proyectos comunitarios. Tamera tiene dos fundadores carismáticos, que han escrito libros sobre la matriz sagrada o el campo de sanación, y que hablan a la comunidad de temas como la vida después de la muerte, en un espacio que recuerda mucho una iglesia.

Algunas tienen un componente
espiritual. "No es obligatorio creérselo todo", asegura un físico que se unió a la comunidad

"No es obligatorio creérselo todo: yo me lo tomo como una metáfora", afirma Frederick Wehie, un estadounidense de 45 años que dejó un posdoctorado en física para unirse a la comunidad. "Nos une la determinación para crear un modelo alternativo. Cualquier cambio tecnológico será inútil sin un cambio cultural radical", afirma.

Lo cierto es que el compromiso medioambiental es un efecto colateral en muchas comunidades. A menudo, surge de una visión política. "La crisis fue fundamental para que la gente empezara a cuestionarse el modelo energético", afirma Irene Machuca, una funcionaria sevillana de 42 años, impulsora de la mayor planta fotovoltaica ciudadana de España, en Alcolea del Río (Sevilla). 

"La gente cobraba menos y, a la vez, se disparó el precio de la luz. Algunos empezaron a hacerse preguntas, se cabrearon y buscaron alternativas", relata Machuca. El proyecto de investigación TESS sobre acciones climáticas comunitarias detectó un pico de estas iniciativas en Europa alrededor del 2010.

Los Portales, ecoaldea de Castilblanco de los Arroyos, en Sevilla. /mario lopes pereira

A partir del 2015, 1.700 ciudadanos empezaron a financiar los dos millones que costó el huerto solar de Alcolea. Desde el 2016, esta planta de casi 9.000 placas solares produce lo equivalente al consumo de 1.400 familias. "Los socios prestan a la cooperativa desde 100 hasta 15.000 euros. La cooperativa les da el 1,75% del dinero invertido cada año, como una forma de intereses", explica Machuca.

Energía comunitaria

La cooperativa a la cual se refiere es SomEnergia, una idea descabellada lanzada en el 2010 por un grupo de activistas de Girona, que se ha convertido en la mayor cooperativa energética de España, con casi 60.000 socios y casi 100.000 contratos.

Con sus 17 centrales de energía renovable, SomEnergia produce un 6% de la energía que consumen sus socios. El resto se lo proporciona comprando de la red de energía de origen renovable. Desde el 2016, la cooperativa ha registrado beneficios.

Ajustes en la plaza fotovoltáica de SomEnergia de Alcolea. / mario lopes pereira

Siendo el gigante del sector, SomEnergia copa tan solo el 0,5% del mercado energético. Machuca tiene grandes esperanzas en la recién aprobada ley de autoconsumo pero afirma: "Nuestro objetivo no es crecer, de hecho nos asusta un poco". 

También en este sector, la estrategia preferida es replicar el modelo. En la última década han surgido una docena de cooperativas energéticas regionales. Incluso hay iniciativas puntuales, como un gran aerogenerador financiado por más de 600 personas, que opera en Pujalt bajo el nombre de Viure de l’Aire del Cel. SomEnergia ha inspirado también a su equivalente portugués, Coopérnico. 

¿Comunidad o política?

No obstante, las iniciativas comunitarias están lejos de tener un impacto importante sobre el cambio climático. La mayoría de las estimaciones se basan en hipótesis. Si el 5% de los europeos estuvieran implicados en ellas, el 85% de los países de la Unión alcanzarían sus objetivos de emisiones en el 2020, según TESS.

"Es difícil desencadenar
altruismo a gran escala. Se necesitan normas", afirma un economista

"Es difícil desencadenar un comportamiento altruista a gran escala. Las normas sociales consideran aceptable usar coches o aviones. ¿Podemos esperarnos que esto cambie por si solo? Se necesitan normas legales", observa Jeroen van den Bergh, investigador ICREA del Institut de Ciències i Tecnologies Ambiental (ICTA) de Barcelona, que considera que los impuestos sobre la contaminación podrían ser más eficaces. 

"El empoderamiento ciudadano es positivo si su objetivo es hacer comunidad. Si el objetivo es conseguir grandes cambios, puede ser incluso dañino", observa Greg Sharzer, autor de 'No Local. Why small-scale alternatives won’t change the world'. "Estas iniciativas compiten con grandes jugadores que dictan las reglas y pujan a la baja. Sin protección pública, es fácil que fracasen, generando frustración", afirma.  

Según ambos expertos, la acción política es más eficaz. "El tiempo invertido en estos proyectos se podría dedicar a presionar a los gobiernos para que actúen sobre los grandes jugadores", afirma Sharzer, que pone sus esperanzas en iniciativas como el 'Green New Deal'. 

"Yo soy biólogo: en la naturaleza todos los cambios que ocurren a una escala se crean a partir de la escala inferior", afirma Penha-Lopes. "Estas iniciativas no son la repuesta al cambio climático, pero sí una repuesta fundamental a escala local", concluye.