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Todas las batallas de Marie Colvin

UN MITO DEL REPORTERISMO BÉLICO

Todas las batallas de Marie Colvin

La actriz Rosamund Pike encarna a la legendaria reportera de guerra en 'La corresponsal', película que aborda la complejidad de la periodista abatida, en el 2012, por el ejército de Asad

Nando Salvà

Marie Colvin dijo en una ocasión que «la valentía es no tener miedo de tener miedo». Tenía suficiente experiencia en lo que a esa emoción se refiere como para pronunciar esas palabras sin que sonaran contradictorias o ridículas. Después de todo, llegó a ser quien fue cubriendo para el 'Sunday Times' conflictos como los de Afganistán, Libia y Siria, y esquivando la muerte en lugares como Líbano, Kosovo y Chechenia. Lo hizo desde 1985 hasta su muerte en Siria en el 2012, a los 55 años. 

Combatir las guerras siempre se ha considerado como una actividad eminentemente masculina, y lo mismo puede decirse de escribir sobre ellas. Sin embargo, sobre todo en el apogeo de las revueltas derivadas de la Primavera Árabe, quedó claro que las mujeres corresponsales corren un peligro añadido por el hecho de serlo, pero también pueden lograr acceso a entornos exclusivamente femeninos, y, en general, dan más importancia a las personas que a las explosiones. Y, en algún caso, los entrevistados masculinos se abren más fácilmente a ellas.

Marie Colvin, en una foto distribuida por 'The Sunday Times' tras su muerte, el 22 de febrero del 2012.

Colvin, sin ir más lejos, fue quien primero entrevistó a Muamar Gadafi después de que Estados Unidos bombardeara su casa y matara a su hija. Pero su pasión era escribir sobre las vidas de la gente corriente atrapada en las zonas bélicas, a la que ella solía llamar «humanidad in extremis»; gente como los niños y mujeres que murieron a manos de los soldados sirios en un sótano de Baba Amr, un distrito de la ciudad de Homs, y a quienes dedicó el que resultó ser su último y fatídico artículo.


La necesidad de ver

El próximo viernes llega a los cines el biopic La corresponsal, en el que el director Matthew Heineman zigzaguea a lo largo de la última década de la vida de Colvin. La vemos desesperada por informar de una crisis humanitaria desconocida, luchando por encontrar estabilidad y reconocimiento en su trabajo, sufriendo alucinaciones, peleándose con su exmarido, descubriendo una fosa común y manteniendo un conflicto permanente con su imagen física –al parecer encadenaba dietas–; descubrimos a una mujer compleja, guiada por una mezcla letal de empatía obsesiva y adicción al caos. Sentía la necesidad casi patológica de ver, de ser testigo, que luego justificaba comunicando al mundo lo que había encontrado. Veía su trabajo como una misión cara a la creación de una conciencia global; las víctimas de la guerra debían ser humanizadas, socorridas y atendidas.

 

En zona caliente

Lo que principalmente convirtió a Colvin en asunto de leyenda entre sus colegas fue su dedicación. A menudo era el único periodista –o casi el único–, hombre o mujer, en entrar en zona caliente y el último en salir, incluso si eso significaba caminar durante cuatro días a temperaturas bajo cero para cruzar la frontera de Chechenia, ayudar a salvar a más de un millar de mujeres y niños refugiados presionando para lograr su evacuación de Timor Oriental o perder un ojo a causa de una granada, como le sucedió en Sri Lanka en el 2001 –de ahí, el parche negro que lució buena parte de su vida, y que según ella misma la hacía parecer una pirata–.

«La valentía 
es no tener
miedo de tener
miedo», solía
decir la
corresponsal 

Una escena de la película, por ejemplo, la sitúa en Iraq a principios de la década pasada, escuchando a un oficial estadounidense que da a los periodistas instrucciones sobre adónde pueden y adónde no pueden ir. Inmediatamente le ordena a su fotógrafo, Paul Conroy, que no haga caso: irán adonde la historia los lleve. 

'La corresponsal', en cualquier caso, no intenta posicionar a su protagonista como una mártir o una salvadora, sino como alguien que disfrutaba del prestigio que su posición le proporcionaba, y que no era inmune a la vanidad y por tanto no se lo pensaba dos veces antes de recordarles a otros reporteros quién estaba en lo más alto del orden jerárquico.

Un asesinato de Estado

Cuando no estaba informando desde las trincheras le gustaba codearse con líderes mundiales y asistir a fiestas en las que departir con estrellas de cine y demás celebridades. Y nada la preocupaba más que acabar convirtiéndose en «un pseudohombre maloliente y exhausto» –fueron las palabras textuales que usó en la edición británica de 'Vogue' de diciembre del 2004–. Incluso en las trincheras vestía ropa interior de satén y encaje.

La Primavera Árabe trajo consigo más cambios en el mundo del reporterismo. Muchos regímenes empezaron a tratar abiertamente a los periodistas como enemigos. Y el problema es que, gracias a las informaciones a través de redes sociales y de las entrevistas por Skype, sabían dónde encontrarlos. El 22 de febrero del 2012 Colvin y Conroy estaban en la planta baja de un edificio de varios pisos en Baba Amr, utilizado como centro de prensa, cuando sobre allí impactó un proyectil que a ella la mató y a él lo dejó gravemente herido. 

Con el tiempo, quedó en evidencia que Colvin había sido víctima de represalias por su cobertura de la guerra de Siria. El pasado 31 de enero, un juez estadounidense dictaminó que los funcionarios de más alto nivel del Gobierno sirio habían planeado y ejecutado cuidadosamente el ataque con el propósito específico de matar a periodistas, y condenó al régimen de Bashar al Asad a pagar 302,5 millones de dólares a la familia de Colvin en concepto de daños y perjuicios.

Daños colaterales

Para quienes reportan desde el frente, resulta extremadamente difícil pasar de la vida al límite propia de las zonas de conflicto al aburrido confort doméstico, y parece ser que ese desajuste tuvo que ver en el uso abusivo que Colvin hacía del alcohol y en su tumultuosa vida personal. En el caso de algunas mujeres corresponsales, además, está el elemento añadido de querer ser madres: Colvin quería serlo, pero tras dos abortos involuntarios se resignó a dedicarse por completo a su trabajo.

Le preocupaba  
convertirse
en «un
pseudohombre
maloliente y
exhausto»,
declaró a 'Vogue'

En última instancia, peor aún, no fue capaz de reconciliar la imagen de intrépida heroína que proyectaba con las dudas y el dolor interior que sufría. Una serie de imágenes le venían una y otra vez a la memoria: un anciano con la respiración entrecortada a quien un cohete ruso acaba de arrancar la parte trasera de la cabeza; el cuerpo sin vida de un campesino vestido con un traje de lana desgastado; una joven palestina que muere en Beirut víctima de las balas. En el 2004, fue diagnosticada con un trastorno de estrés postraumático.

Tras su muerte, se convirtió en símbolo de lo complicada que llega a ser la vida de quienes viajan a los lugares más remotos y se adentran en un ambiente de violencia e inseguridad extremas para revelar esa verdad al mundo, de lo emocionalmente abrumadora que resulta y de lo difíciles de curar que son las heridas que causa. Y, mientras los conflictos que siguen activos en todo el planeta continúan provocando millones de muertes y desplazamientos, el estreno de 'La corresponsal' funciona como recordatorio no solo de su figura, sino también de la importancia de los enviados especiales en una época y un panorama mediáticos en los que el reporterismo de primera mano está cada vez más devaluado.