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Steve Bannon: el apóstol del odio

PELÍCULA CONTROVERTIDA

Steve Bannon: el apóstol del odio

Un documental retrata al ideólogo de ultraderecha y hacedor de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en el 2016

Juan Manuel Freire

Después de retratar al artista Ai Weiwei ('Ai Weiwei: Never sorry'), seguir el día de las elecciones presidenciales de Estados Unidos del 2016 ('11/8/16') y avisar sobre los peligros de usar estimulantes como el Adderall y el Ritalin para mejorar el rendimiento académico ('Take your drugs'), la documentalista Alison Klayman encaró su proyecto, quizás, más personal y arriesgado con 'The brink', un acercamiento vérité a las bambalinas de la actividad profesional del ideólogo de la extrema derecha Steve Bannon. Llegará a nuestros cines el viernes, día 10, con el más claro título de 'Steve Bannon, el gran manipulador', titular de una famosa portada de 'Time' de febrero del 2017.

El título original ('El borde') puede hacer referencia a esas palabras de Lincoln sobre unos Estados Unidos al borde de la destrucción que Bannon cita en la película. (El mismo hombre invoca en el mismo filme, también con orgullo, a la colaboradora nazi Leni Riefenstahl). Pero también puede hablar de un planeta al borde de la invasión del neofascismo populista.

Si el proyecto es personal para Klayman es, en parte, porque ella es judía y siente en el estómago cada alusión antisemita de un hombre que vive de propagar el odio, el prejuicio y el miedo. Sin embargo, no hablamos de una película conversacional sino, sobre todo, observacional. Klayman sigue al personaje, le observa, coloca la cámara en los lugares adecuados, captura detalles significativos, practica el comentario a través de las decisiones de montaje… El hombre se condena a sí mismo.

La directora, 
Alison Klayman,
es judía y siente
en el estómago
cada alusión
antisemita del
personaje

¿Cómo accedió Bannon a dejarse pisar los talones? Cuestión de familiaridad. Antes de ser director ejecutivo de la página web de extrema derecha Breitbart News, jugar un rol importante en la campaña presidencial de Donald Trump del 2016 y convertirse en estratega jefe de la Casa Blanca (a él debemos la prohibición de viajar a EEUU para los ciudadanos de varios países de mayoría musulmana), Bannon había trabajado en la producción y distribución de cine independiente: ahí donde lo ven, tan poco artístico y progresista, produjo 'Extraño vínculo de sangre', de Sean Penn, o 'Titus', el péplum de Julie Taymor. Durante su época al frente de la distribuidora Wellspring Media, una de sus empleadas había sido la productora Marie Therese Guirgis, quien unos años después creyó que su antiguo jefe merecía un documental. Y que no sería difícil convencerle para protagonizarlo.

El Movimiento

Al parecer, hubo algunos noes antes del sí, pero Klayman acabó teniendo acceso íntimo a la actividad profesional durante algo más de un año, justo después de su salida de la Casa Blanca y hasta las elecciones de medio mandato que vieron al partido demócrata recuperar el control de la Cámara de Representantes. La actividad de Bannon en aquellos meses se bifurca en dos ramas esenciales: por un lado, trata de ayudar a los republicanos hablando en eventos de recaudación de fondos, y por otro, se concentra en elevar el Movimiento, organismo que busca la unificación-potenciación de la agenda política de los movimientos reaccionarios de Francia, Bélgica, Italia, Polonia o España (aunque no hay imágenes de sus reuniones con miembros de Vox).

Bannon habla de una "revolución global" y de "algo a lo que vale la pena dedicar tu vida", en apariencia ajeno a las consecuencias de un discurso abstracto: los paquetes bomba de Cesar Sayoc, los ataques a inmigrantes en Alemania, o el atropello mortal durante la marcha supremacista en Charlottesville, el mismo que Spike Lee usó como coda incendiaria de 'Infiltrado en el KKKlan'.

Uno de los 
trucos de Bannon
para conseguir
fieles es
autoflagelarse
exhibiendo sus
flaquezas físicas

Sobre todo, vemos al afable agitador conversar con ideólogos afines y personajes poderosos que apoyan su visión, como John Thornton, el antiguo presidente de Goldman-Sachs. Cuando le toca enfrentarse a opiniones discordantes, Bannon se tambalea, aunque trate de disfrazar su incomodidad con colegueo (como cuando recibe las tundas del heroico periodista Paul Lewis, de 'The Guardian') o quitar hierro a sus derrotas verbales (como cuando se desquita del rapapolvos de la presentadora de 'Good morning Britain' en ITV, Susanna Reid, con un gesto bastante misógino).

La inquietante levedad 

A menudo, las formas ligeras de Bannon chirrían con el contexto y el contenido. Al principio del documental habla de cierto momento de su película 'Torchbearer' –cuyo nombre le cuesta recordar a él mismo, aunque solo sea de hace tres años–, retrato no de un gran humanista sino del patriarca homófobo y racista de la serie de telerrealidad 'Duck dynasty'. La secuencia se desarrolla en el campo de concentración de Auschwitz, donde, dice Bannon, disfrutó mucho. Pero todavía le impresionó más Birkenau, que describe así: "El lugar más inquietante en el que nunca he estado. Tiene algo especial. Esta es la sensación que pensé que iba a sentir en Auschwitz". Cuando se para a pensar en los diseñadores industriales que crearon un campo de concentración desde cero, lo hace con una inquietante media sonrisa. "Es ingeniería de precisión hasta el enésimo grado. De Mercedes, Krupp, Hugo Boss y demás… Es un complejo industrial que está institucionalizado para asesinatos en masa". Cuando se pregunta cómo pudieron sus creadores separarse del terror moral de todo ello, no parece tan aterrorizado como encantado.

El crítico del
'New Yorker' teme
que el documental
en realidad sirva
para "alimentar
a la bestia"

En otras ocasiones, casi se puede llegar a entrever por qué tanta gente adora a Bannon. Uno de sus trucos es la autoflagelación: dedicarse comentarios poco halagadores, reconocer sus flaquezas físicas, mostrarse como tú y como yo, uno más, alguien normal, es decir, lo que él considera alguien normal, un hombre blanco cristiano. Sentado en la llamada Embajada Breitbart de Washington, D.C., trata de ingerir un batido verde con mala pinta en el intento de perder peso; no quiere que le llamen "Jabba el Hutt borracho". En un debate en Toronto, recibe un montón de abucheos pero solo unos tímidos aplausos, a los que contesta con un "gracias, mamá". Sabe reírse de sí mismo, o sabe que aparentar eso da un barniz de calidez humana a un programa deshumanizador.

La sombra de una duda

Es durante momentos así cuando uno se pregunta si en realidad 'Steve Bannon, el gran manipulador' no será un proyecto que, inconscientemente, solo está ayudando a acrecentar la leyenda de su objeto de crítica. El mero hecho de convertirle en protagonista de una película ya es peligroso; dejar que el personaje campe a sus anchas en su propio terreno, sin ponerle demasiado contra las cuerdas, puede serlo más aún. ¿Cuánto y cómo debemos hablar de Bannon? Como decía el crítico Richard Brody en 'The New Yorker': "Al escribir sobre ‘Steve Bannon, el gran manipulador’, me arriesgo a cometer el mismo error fundamental que su directora, Alison Klayman, cometió al hacer este documental: alimentar a la bestia".

Con según qué figuras, quizá la mejor actitud no sea la observación sino la acción. El mismo póster original de la película adula al personaje sin quizá pretenderlo: una gran silueta de Bannon observa desde arriba un planeta empequeñecido, al borde del apocalipsis moral.