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Meike y Jens Widderich, en una finca valenciana que funciona con micromecenazgo.

Adopta una granja: el 'crowdfunding' llega al campo

Una plaforma de micromecenazgo pone en contacto a clientes y pequeños productores de la huerta valenciana

A través del móvil, los compradores hacen seguimiento de sus productos y los reciben en casa sin intermediarios

Nacho Herrero

Meike y Jens son una pareja de jubilados alemanes que se han desplazado cuatro días a València, aunque el motivo de su escapada no está entre los que recogen las estadísticas de turismo. Han viajado para cambiarle el nombre al naranjo que tienen adoptado desde hace un par de años. Hasta ahora llevaba el de sus dos nietas, pero la familia ha crecido y había que incluir a la tercera. Ahora se llama Mika&Ida&Lena y los joviales abuelos se volverán a casa cargados de fotos para corroborarlo.

De la finca en la localidad de Bétera en la que está plantado este aún frágil árbol les llegan a su casa, cerca de Fráncfort, 80 kilos de naranjas por temporadaEl kilo les sale a entre 2,4 y 3 euros, entre los 80 euros que se pagan por la adopción (60 a partir del segundo año) y los costes de entre 6 y 10 envíos.

El objetivo es producir bajo demanda para sortear «el precio mundial» que pone la globalización

No es nada desorbitado para lo que se puede pagar en una tienda física en Alemania. Sus naranjas no llevarán malla roja, ni deslumbrarán, ni serán todas iguales, pero tendrán otras cosas. «Abres la caja cuando te llega y huele a València», cuenta Meike, que explica que esta forma de consumo es algo habitual para ellos.  «Compramos directamente a productores, apenas vamos al supermercado. Donde vivimos hay mercado de productores dos veces por semana y a veces vamos a las granjas. Queremos que los que se queden el dinero de su trabajo sean los granjeros», apunta.

En crecimiento

El movimiento es minoritario, pero crece a buen ritmo y más con el impulso de los lazos que crea el fenómeno de la adopción. Así lo han experimentado Gonzalo y Gabriel Úrculo, los hermanos que están al frente de Naranjas del Carmen y que, tras su inesperado éxito, impulsaron la plataforma Crowdfarming, que agrupa a los productores. Se trata de un tipo de micromecenazgo llevado al campo: esto es, la compra anticipada de una producción a cambio de un vínculo con el productor y con el árbol o la oveja en cuestión.

Los distintos idiomas dan cuenta de la diversidad de origen de la clientela. / miguel lorenzo

Todo empezó con una herencia, la de la finca del abuelo, complicada de gestionar. «Desde que murió nadie se podía encargar de ella y llegó un momento en el que mis padres no podían mantenerla y decidimos gestionarla nosotros», cuenta Gonzalo. «Había ya algunos productores a los que les iba muy bien vendiendo por internet en el mercado español y pensamos que podíamos asumir el reto logístico de vender a escala europea el producto de una agricultura ecológica y con valores», explica. «Otros 'piraos' urbanitas que van a crear algo», cuenta que pensó tras conocerlos Ángel Boix, investigador del IVIA y encargado de la huerta. «Pero me ha sorprendido porque he visto que su proyecto funciona», admite. Tanto lo hace que a los cuatro años ambos dejaron sus otros trabajos.

El vínculo

En la peor crisis citrícola en muchos años, esta plataforma tiene ya cerca de 17.000 naranjos adoptados, cuyos propietarios cuadruplican el precio que reciben por kilo al del vecino del campo de al lado. De 0,15 a 0,75 céntimos. De perder dinero a ganarlo y dar trabajo, concretamente y solo en Naranjas del Carmen, a cerca de 40 personas fijas. Una locura para una finca de naranjos, por mucho que en verano también ofrezcan productos de su huerta a esos mismos clientes. Pero es que el precio en origen del kilo de naranjas es de unos 75 céntimos, cuatro veces más que el que de media ha cobrado un agricultor en esta campaña desastrosa (para ellos, no para el distribuidor final).

Una pareja alemana recibe 80 kilos de naranjas por temporada, a un precio similar al de las tiendas

Dispuestos a crecer, empezaron a replantar árboles envejecidos mientras algunos clientes se pasaban a verles. «Vimos que venía mucha gente al huerto porque querían ponernos cara y dar una vuelta por allí, y un verano que estábamos plantando árboles, medio en broma, dijimos de ponerle el nombre de una de las personas que había venido y comprobamos que se creaba un vínculo muy grande», recuerda.

Cultivo ecológico y sin triaje

Así que abrieron una lista y en poco tiempo dieron en adopción 10.800 árboles, principalmente a clientes alemanes, pero también de Francia. Suponen cerca de la mitad de los naranjos que tiene la finca, aunque es precisamente de ese otro 50% –el que está en su plenitud productora– del que salen la mayoría de las naranjas que se envían.

Gonzalo Urculo, impulsor de la iniciativa. / miguel lorenzo

Cultivo ecológico y sin apenas triaje, pues las bonitas y las feas están igual de buenas. También incluyen una foto cada año de la evolución del árbol y un 'e-mail' con cada incidencia. «Educas a los clientes en el sentido de que entienden que, si está lloviendo, ese día no puedes recoger. Les contamos si se va a retrasar por el tiempo o que la temporada se va a terminar en dos semanas. Por cualquier cosa les escribimos un e-mail», cuenta Gabriel.

La plataforma dispone de 17.000 naranjos; sus dueños multiplican por cuatro el precio que reciben por kilo

«La idea es la transparencia máxima entre productor y consumidor, y para nosotros el sello de transparencia máxima es que puedes venir a verlo. Decimos que no echamos herbicidas, y luego vienen y ven la hierba que hay», apunta. Por supuesto que van. Cada día hay visita y Gema les lleva hasta su árbol, les cuenta la historia de la finca y les da detalles de la producción. «Es una experiencia muy chula. Ver su expresión y también la de nuestro equipo cuando nos visitan o ver cómo se hacen un selfi con su árbol es algo muy chulo y nos da mucho 'feedback', que era algo por ejemplo que no tenía mi abuelo, que no sabía dónde acababan sus naranjas. La transparencia ayuda a hacer las cosas bien porque también hay un compromiso del consumidor», recalca Gonzalo.

El carro de la compra

«Hay muchos factores para esta crisis cítrica, seguro, pero para mí uno de los más importantes es la gran desconexión entre el productor y el consumidor. El supermercado decide lo que comemos», desliza. Esa desconexión y su éxito les llevó a dar un paso más. Así nació una plataforma que tiene ya a más de 15 productores asociados. «Llegó un punto en el que dijimos: ‘O nos compramos más campos y plantamos más árboles o externalizamos el modelo a otros productos y productores’», cuenta Gabriel. Y eso es lo que hicieron.

La finca familiar de los hermanos Urculo que hoy se apuntala en el micromecenazgo. / MIGUEL LORENZO)

«La naranja es el producto estrella, porque empezamos con eso, y hay dos productores más. Ahora va a entrar uno de limones, que es un producto que a nosotros, que tenemos un campito y vendemos en temporada, nos vuela. El cítrico es muy Marca España. Pero también hay olivos, que triunfan un montón, almendros, ovejas, colmenas…», desgrana. Todo en poco más de un año. El último en sumarse ha sido una pequeña granja de Lleida. También se puede adoptar un almendro o un árbol de cacao en Filipinas o de café en Colombia.

Contacto directo

Para hacerse una idea de su clientela actual basta con una llamada de teléfono y escuchar la grabación que permite elegir entre inglés, alemán, francés y, en último lugar, español. «La idea es llegar a tener 500 productores en dos años y convertirnos en una alternativa de consumo real y viable. Que una familia pueda alimentarse de sus unidades de producción», afirma, ambicioso, Gonzalo. Candidatos no les faltan. «No necesitamos darnos a conocer, están viniendo productores todos los días, por los precios y porque nadie se compromete a comprarles la próxima campaña. Nosotros ganamos el dinero con la logística, nuestro margen está en mover paquetes, que es lo que hacemos bien», reconoce.

La iniciativa cuenta con productores asociados y se proponen a llegara 500 en dos años

Se trata de aprovechar las pocas ventajas que la globalización les ofrece, como el contacto directo por internet o con un vuelo barato. «Los pequeños y medianos productores hemos salido perdiendo con la globalización, hay un precio mundial y parece que todos tenemos que pasar por ahí, pero este modelo hace partícipe del producto al consumidor, tiene ese lado romántico de conocer su unidad de producción y recibirlo en casa, y también permite al productor planificar su cosecha.

La idea es, como en el resto de sectores, producir bajo demanda. A nadie le interesa tener un stock de 100.000 coches», apunta. No hay desperdicio y casi todos los productores han renunciado al plástico. Tampoco es producto de proximidad, eso está claro. A cambio, solo envían productos de temporada y directamente de la granja a las casas, sin kilómetros extra.