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Flora Tristán: la pionera del feminismo del 99%

Flora Tristán: la pionera del feminismo del 99%

La autoprocalamda filósofa «paria» ya trenzó hace dos siglos el primer socialismo con la emancipación de las mujeres

Una nueva biografía va tras los pasos de esta pensadora que escapó de su matrimonio y tuvo una vida novelesca

Núria Marrón

Podría decirse que Flora Tristán –la filósofa autoproclamada «paria» que tejió feminismo, socialismo, pacifismo y antiesclavismo– murió hace 175 años tal como vivió. La mujer que, desde los márgenes y la exclusión, había logrado levantar una vida y una obra de pensamiento y acción política acabó falleciendo con solo 41 años en Burdeos, adonde había acudido para expandir su unión internacionalista obrera en un intenso 'tour' por tierras francesas. A la ciudad había llegado arrastrando un cuadro de tifus que la estaba debilitado más allá de sus fuerzas, ya de por sí erosionadas desde que su marido–una bestia violenta, abusadora y alcoholizada– le había disparado al corazón porque prefería acabar sin cabeza bajo la guillotina antes de que su esposa lograra «escapar de su destino fangoso», que diría Simone de Beauvoir un siglo después.

¿Abrumados? Es cierto que asomarse a la huella de esta pensadora que ya a principios del siglo XIX abogaba por enlazar las distintas opresiones –en especial de género y  clase– provoca un cierto vértigo, tanto por su biografía desbordante, como por su legado, que quedó sepultado durante más de un siglo y que los tiempos –a menudo a cámara lenta– se están encargando de excavar.

"Fue pionera en unir las luchas obreras con la herencia de Mary Wollstonecraft y las revolucionarias francesas", asegura Conxa Llinàs

«Fue pionera en unir las luchas obreras con la herencia de las revolucionarias francesas y la británica Mary Wollstonecraft, y creo que estaría muy de acuerdo con esa divisa actual que dice que ‘sin las mujeres no hay revolución’», apunta la profesora de Filosofía Conxa Llinàs Carmona, autora de 'Flora Tristán, una filósofa social' (Universitat de Barcelona), una nueva y monumental biografía que va tras los pasos de esta pensadora que trenzó vida y obra de forma extrema y cuyo modelo, subraya Llinàs, es asombrosamente vigente. «Ella tuvo clarísimo que las mujeres debían apuntarse a las luchas de las clases populares, y esto es una bomba. De hecho, hoy día el feminismo popular [también conocido como el del 99%] va del brazo del ecologísmo, el decolonialismo, la comunidad LGTBI y todos los colectivos que han quedado al margen».

La manifestación en Barcelona del pasado 8 de marzo.  / Ricard cugat

«Quiero ser filósofa»

Precisamente en los arrabales de la clase y el género emergió esta pensadora (París, 1803- Burdeos, 1844) que de muy joven y siendo casi analfabeta ya escribió a su entonces novio «quiero ser filósofa», seguramente influida, intuye Llinàs, por aquel primer socialismo que a principios del siglo XIX impugnaba los primeros efectos de la industrialización (en suma: miseria y riqueza extremas) y, tal como pasa hoy, se atrevía a imaginar nuevas formas de vida. Hija natural de una burguesa francesa y de un coronel peruano de clase alta, tenía 4 años cuando murió su padre y dejó a la familia a la intemperie económica: el matrimonio nunca se selló ante la autoridad civil y la familia peruana se negó a reconocerlo, así que madre e hija se vieron obligadas a dejar la cómoda campiña francesa y acabaron malviviendo en un barrio miserable de París donde «no todos los días saciaban el hambre ni tenían leña para calentarse».

Su marido, del que había logrado separarse, le disparó en plena calle

Tras frustrarse un noviazgo al descubrirse que era bastarda, su madre la alentó a casarse con el dueño de un taller de pintura y linotipia llamado André Chazal que debía sacarla de la pobreza y que, en cambio, la sumergió en una «vida fétida». El matrimonio le deparó tres hijos –la única niña, Aline, es la madre de Paul Gauguin–; una domesticidad asfixiante; episodios violentos, y un final –la separación– que la condenó a la clandestinidad que suponía ser mujer separada –«me repudiaba una sociedad que soporta el peso de las cadenas y que no perdona a ningún miembro que trata de liberarse de ellas»– y a litigar con el exmarido por la custodia de sus hijos, incluso cuando fue procesado por abusar de Aline. «Una esposa que huye de su domicilio solo tiene un lugar en la sociedad: ¡es una paria!», le  había amenazado su tío. «Y bien, seré una paria», había asumido ella.

A la conquista de una vida

«Fue una mujer valiente y determinada que se apropió constantemente de su vida –apunta Llinàs–. Es impresionante cómo va tomando decisiones y no hace ningún movimiento que no haya pensado antes». Sus primeros pasos a la intemperie la llevaron a trabajar hasta la humillación como doncella de una familia inglesa –con la que se inició en las observaciones de clase– y a malvivir luego de incógnito en París, donde se hacía pasar por viuda para poder trabajar y donde se escondía con su hija de los intentos de secuestro del exmarido.

Catel de un espectáculo sobre Flora Tristán.

Sin embargo, a esa vida sin horizonte –seis veces dejó la capital huyendo del exmarido– le dio un giro homérico cuando embarcó, sola, hacia Perú para reivindicar la herencia del padre, amigo de Simón Bolívar, y poder así «ocupar un puesto en la sociedad». La travesía en el 'Mexican'–133 días, 19 hombres y «olas como montañas»– y luego los meses que pasó en la provincia de Arequipa –donde sus familiares eran una especie de virreyes– le sirvieron para hacer una minuciosa disección de las relaciones de poder, como plasmó luego en 'Peregrinaciones de una paria', pero no para ser reconocida por el tío.

Tras volver de Perú sin lograr la herencia paterna, empezó a desarrollar su pensamiento político y activismo

Y tras montar una escena a la altura de su leyenda –'madame la colère', le llamaban–, Tristán apenas logró arrancar una pequeña paga que, eso sí, le sirvió para dar los primeros pasos para dedicarse a escribir. «En adelante, ya no le preocupará ser aceptada en París, sino que se pone del lado de millones de excluidos, se autodenomina paria y desarrolla una filosofía de emancipación –explica Llinàs–. Su fracaso personal la hará universal». 

Amistad con George Sand

Determinada hasta el denuedo, a su vuelta a París empezó a devorar libros y a codearse en círculos socialistas e intelectuales, en los que conoció a George Sand (Aurore Dupin), con la que mantuvo una amistad digamos que difícil. La escritora reprochaba a Tristán el desapego por sus hijos, y esta, su falta de compromiso político y que evitara espinas firmando en masculino. De hecho, ya en su primer escrito, 'De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras', Tristán convirtió en sujeto político al último eslabón social: las marginadas. En él denunció que las ciudades solo ofrecían «envilecimiento» a las mujeres que, solas, huyen de destinos y matrimonios desgraciados, propuso asociaciones para socorrerlas y apuntó a un estribillo de su obra: las mujeres serán las encargadas de llevar «la paz y el amor» a la sociedad.

Sello conmemorativo de la pensadora y activista. 

Tristán –que jamás volvió a emparejarse, proclamó  el «amor a la humanidad» y dejó tras de sí una leyenda afectiva en la que unos biógrafos ven frigidez y otros bisexualidad– se adentró en un frenesí de actividad y escándalos que, maestra de la supervivencia, ella aprovechó para dar publicidad a su obra. Dos veces compareció ante la justicia frente a su esposo. La primera por los abusos a su hija y la segunda por el intento de asesinato, y en las dos el tribunal la convirtió de víctima en verdugo. «He sufrido un asesinato moral», escribió, implacable defensora de la igualdad de derechos y del divorcio, reinstaurado por Napoleón. Finalmente, Chazal fue condenado a 22 años de cárcel –ocasión que aprovechó para pedir la abolición de la pena capital– y, al poco, emprendió un viaje al corazón de la industrialización, Inglaterra, para tomar apuntes al natural de las condiciones de vida del proletariado.

Internacionalismo

Allí visitó fábricas inmundas y barrios insalubres, así como hospitales, psiquiátricos, cárceles y asilos donde se confinaba a la población sobrante. Se asomó a los 'finishes' –donde mujeres y niños se encomiaban por cuatro chavos a los delirios depredadores de los señores– y se disfrazó de diplomático turco para colarse en el Parlamento británico, un fortín, vino a decir, del privilegio. Todo ello acabó glosado en 'Paseos por Londres', que a su vez dio pie a su principal obra política, 'Unión obrera', publicada gracias a una campaña de suscripción popular y que, unos años antes que el 'Manifiesto comunista', defendió una organización proletaria internacional.

Abogó por una organización internacional obrera y recorrió fábricas y talleres de Francia

En la obra, Tristán establecía un minucioso tutorial de emancipación –con educación paras las mujeres, casas que sostenían los cuidados de forma colectiva y delegados que debían defender los intereses de clase–. «Solo hablando de fraternidad no se sale de la miseria», decía. Y como era consciente de que la mayoría de los obreros no sabían leer, se embarcó en un tour para recorrer las fábricas y talleres del país, en el que conoció alguna alegría y bastantes sinsabores, calumnias y hasta registros y acoso de las autoridades.

El final ya lo conocen. Reventada, murió en Burdeos, donde cientos de obreros e intelectuales se relevaron llevando a hombros el féretro de esta mujer que pagó un alto precio por salir de la jaula y que desplegó «una inteligencia muy práctica» que le sirvió para imaginar y planificar nuevos mundos guiándose, subraya Llinàs, por un «sentido ético de la justicia».  La misoginia de las décadas siguientes, sin embargo, ahogó su figura, hasta el punto de que su nieto Paul Gauguin la calificó en sus memorias de «marisabidilla socialista y anarquista» que «invirtió su fortuna en la causa obrera y no paró de viajar».