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David Pilling: "El PIB es el fetiche de nuestro tiempo"

ENTREVISTA

David Pilling: "El PIB es el fetiche de nuestro tiempo"

El periodista ha iniciado una cruzada contra usar este índice como la única vara de medir la economía sin tener en cuenta los indicadores sociales

Juan Fernández

La semana pasada saltaron las alarmas en el Banco Central Europeo al descubrir que el crecimiento de las economías de la UE en el 2019 será menor del anunciado meses atrás: ahora estiman que el PIB europeo subirá un 1,1%, frente al 1,9% que habían previsto en otoño. No hay noticias nuevas sobre los niveles de salud o felicidad que disfrutarán los ciudadanos este año, ni de cómo andará el medioambiente, ni de si bajará o subirá la delincuencia o cómo evolucionará la desigualdad salarial. Pero ocho décimas de PIB han sido suficientes para que empecemos a oír hablar de negros nubarrones en el horizonte.

El periodista David Pilling ha iniciado una cruzada contra lo que denomina «la tiranía del PIB», consistente en usar este dato como única vara para medir la economía, y de rebote la vida, en el mundo. En el libro 'El delirio del crecimiento' (Taurus) explica lo que esconde esa cifra y, sobre todo, lo que escapa a ella. 'Spoiler': hemos sido engañados, la foto del PIB no refleja nuestra realidad, ni su idolatrado crecimiento beneficia a la mayoría.

El PIB español aumentó un 2,5% en el 2018, más que Alemania, Francia o Reino Unido. ¿Debería sentirme orgulloso de mi país?
Yo me haría antes estas preguntas: ¿cómo ha evolucionado la renta media de los hogares en esos meses? ¿Y la deuda de las familias? ¿Cuántos hospitales y colegios se han creado? ¿Hoy hay más gente ocupada en empleos de calidad? ¿Ha crecido la esperanza de vida del español medio? Las respuestas a estas preguntas le darán una idea más real de cómo le fue a su país el año pasado.

Sin embargo, el Gobierno presume del dato y la oposición le afea que es menor que el año anterior, cuando gobernaban ellos. ¿A quién hacemos caso?
En términos de PIB, los dos tienen razón. El problema es que hemos convertido ese dato en el fetiche de nuestro tiempo y lo consideramos el único indicador del éxito o el fracaso de una economía, pero el PIB solo hace referencia a la producción, no dice nada sobre su incidencia en el bienestar de las personas. En las próximas elecciones, los candidatos prometerán que la economía seguirá creciendo, pero verá cómo ninguno se compromete a elevar la expectativa de vida de los españoles. Ese dato también existe, pero solo nos fijamos en el PIB. 

¿Van parejos?
En absoluto. La economía de Estados Unidos lleva una década creciendo sin parar, pero la longevidad de los norteamericanos es hoy menor que hace 10 años. Si miramos otras variables, como sus niveles de salud mental o de contaminación ambiental, veremos que también han ido a peor. 

En su libro compara al PIB con una persona y lo define como «un mercenario que adora la contaminación, los delitos, la guerra y los desastres naturales». ¿Estamos en manos del diablo?
El PIB es un indicador amoral, no inmoral. Para él, lo único que importa es que haya actividad económica, da igual para qué se destine. Un conflicto armado es bueno porque hace crecer la industria del armamento, los robos son positivos porque elevan el gasto en seguridad, los huracanes son beneficiosos porque obligan a invertir en la reparación de daños. Las consecuencias de estas actividades no las tiene en cuenta, porque el PIB solo mide la cantidad, no la calidad de la economía. 

Sin embargo, nadie lo discute.
Porque es sencillo y fácil de comunicar, es el mejor intento que ha habido para resumir la actividad de una economía en un solo dato. Lo inventó el economista Simon Kudsman en los años 30 para medir el crecimiento de la industria norteamericana que salía de la Gran Depresión. Tras la guerra, Estados Unidos lo impuso al mundo con la excusa de medir el impacto que tenía el 'plan Marshall' en los países receptores de ayudas. La Unión Soviética y China se resistieron a usarlo, pero al final lo aceptaron y todos los países se lanzaron a la carrera de ver quién hacía crecer más su PIB.

«Si crecimiento 
implica envenenar
el planeta y
precarizar a los
trabajadores, sí
creo que
debemos decrecer»

Y lo cierto es que ha crecido. El PIB español es hoy diez veces mayor que el año en que nací, pero yo no soy diez veces más rico que mis padres. ¿Me lo explica?
Es más, seguramente usted hace más esfuerzos que sus padres para cuadrar sus cuentas. Imagine que va al estadio a ver un partido de fútbol y todo el mundo está sentado, pero alguien de delante se pone de pie para ver mejor, obligando a los de detrás a hacer lo mismo, hasta que todos terminan en pie. Entonces, uno se pone de puntillas, y al rato todos acaban de puntillas para poder ver. El día siguiente, alguien aparece con alzas en los zapatos, lo que obligará a los demás a hacer lo mismo. La carrera del PIB es igual de absurda: cada vez estamos más incómodos para conseguir lo mismo. 

En su libro denuncia que, en términos relativos, un norteamericano medio gana hoy el mismo salario que en 1980. Sin embargo, Estados Unidos ha incrementado su riqueza abrumadoramente en términos de PIB. ¿Dónde ha ido a parar ese dinero?
A una élite formada por las 16.000 familias más adineradas del país que han multiplicado su participación en la riqueza nacional por cinco desde 1980 mientras la renta media de las familias permanece estancada. Es decir: el crecimiento de la economía solo ha servido para hacer más ricos a los que ya eran ricos y generar frustración en capas de población, cada vez más mayoritarias, que se sienten rezagadas. El resultado de esa frustración se llama Donald Trump.

¿Y es la solución?
Al contrario, Trump es una versión mejorada de lo que hemos padecido en los últimos 30 años, su política económica solo busca subir el PIB sea como sea, empezando por bajarle los impuestos a los ricos. La frustración originada por el delirio del crecimiento ha llevado a mucha gente a votar en contra de sus intereses. En Reino Unido pasó lo mismo con el 'brexit'. 

¿La crisis es hija del culto al PIB?
Hasta cierto punto, sí. No podemos echarle la culpa de todos los males, pero hemos tomado decisiones equivocadas por obsesionarnos con ese dato. Por ejemplo, en los años previos al crash, todos estaban enamorados de los bancos porque aumentaron su contribución al PIB. Luego se supo que lo hicieron con productos tóxicos, pero en aquel momento solo veíamos el espejismo del crecimiento económico que estaban generando. 

¿Qué le parecen las teorías que animan a apostar por decrecer? 
El crecimiento no tiene por qué ser malo, todo depende de lo que entendamos por crecer. Si implica envenenar el planeta y precarizar a los trabajadores, entonces sí creo que debemos decrecer. Pero hay muchas formas de generar riqueza y desarrollar la economía que son beneficiosas para la población. Sobre todo, en la era digital. Lo llamativo es que muchas de esas actividades se consideran lesivas para el PIB. 

¿Por ejemplo?
Antes, si usted quería viajar, iba a una agencia, contrataba un vuelo y un hotel y luego hacía el 'check-in' en el aeropuerto. Ahora, todas esas gestiones las hace desde su ordenador y puede que se aloje en casa de alguien con quien ha intercambiado su vivienda. Su vida se ha expandido, pero la economía se ha encogido, porque ha robado recursos al sector turístico y hotelero y su acción no se ha reflejado en el PIB. Paradójico, ¿verdad?

¿Qué propone, entonces, que nos carguemos el PIB?
No, el PIB es útil y debe seguir existiendo, la solución no es abandonarlo, sino situar a su nivel otras variables, como la salud de los ciudadanos, sus índices de felicidad o el medioambiente, y considerarlas igual de importantes a la hora de diseñar las políticas económicas. Cuando inventó el PIB, Kuznets ya advirtió de que no había que confundir este dato con el bienestar de una nación, y que debíamos fijarnos en sus componentes, no en el número. Pero no le hicimos caso. 

¿Se puede medir el bienestar?
Se puede medir lo que aporta la actividad económica al bienestar de la gente, y eso no lo dice el PIB, aunque es un dato más trascendental de lo que parece. Algunos estudios han comparado los resultados electorales con las encuestas de felicidad de la población y han observado que lo que hace cambiar el voto de la gente es su expectativa de que le vaya a ir bien o mal en el futuro, no lo mucho o poco que crezca la economía. A los políticos ya les trae cuenta fijarse en esos datos, no solo en el PIB. 

Datos biográficos

Tras estudiar inglés y ruso en la Universidad de Cambridge y hacer un posgrado en Periodismo, se especializó en información económica internacional. 

Desde 1990 ha trabajado para el ‘Financial Times’, primero como adjunto al editor en Londres y luego como corresponsal en Chile, Argentina y Japón. También se especializó en información farmacéutica y biomédica. Tras ser editor jefe del diario para Asia durante la primera década del siglo, actualmente ejerce este puesto para África.

Sus columnas de opinión, que suelen girar sobre economía y geopolítica mundial, le han hecho acreedor de varios premios internacionales de periodismo. Vive en Londres, pero pasa la mitad de su tiempo viajando por el mundo, sobre todo en África.

Temas: PIB Libros