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La veterinaria Caroline Asiimwe, en el centro de investigación de Uganda donde trabaja.

OSCAR RAFONE

CIENTÍFICAS AFRICANAS EN MOVIMIENTO / Y 5

Caroline Asiimwe: la doctora de los chimpancés

La veterinaria rescata a nuestros primos más cercanos de las trampas de los furtivos

Michele Catanzaro / Marco Boscolo

Un chimpancé de cuatro años, atado por la mano a un cable de metal, chillaba y se retorcía en lo más profundo de la selva de Budongo (Uganda), el pasado 5 de febrero. Una llamada telefónica sacó de la cama a Caroline Asiimwe, una veterinaria de 36 años. Eran los guardias de la reserva, que habían encontrado al pequeño. El cable era una trampa puesta por un cazador furtivo. 

«Después de caminar cinco kilómetros en la selva, llegué donde estaba el pequeño», relata Asiimwe. «Estaba estresado y agresivo. Le disparé una flecha sedante y luego le quité la trampa. Le di antibióticos y analgésicos. Al despertarse huyó hacia donde llamaba su grupo. Fue una suerte que hubiera alguien patrullando por allí», explica la veterinaria. 

Mano de un chimpancé atrapada en una trampa de cazadores furtivos. /BUDONGO CONSERVATION FIELD STATION

No es la primera vez que Asiimwe se apresura a rescatar un chimpancé de una trampa. La caza furtiva es uno de los peores peligros para las especies africanas amenazadas, como los chimpancés. La selva de Budongo, uno de los santuarios de estos simios, no se salva de ella. 

La reserva es el escenario de una guerra entre humanos y chimpancés. La desencadenaron la deforestación, la llegada de refugiados y el descubrimiento de petróleo y gas. Hay víctimas en los dos lados. Incluso niños.

Asiimwe busca el bienestar de los chimpancés, pero también de los furtivos. En lugar de perseguirlos, su equipo les proporciona alternativas: criar cabras o trabajar de guardias de la reserva. Su trabajo recibió en el 2017 el premio Samira Omar de sostenibilidad que otorga la World Academy of Science (TWAS). EL PERIÓDICO la visitó en el marco de un proyecto periodístico apoyado por los Journalism Grants del European Journalism Center.

Víctimas de dos bandos

La Budongo Conservation Field Station (la ONG donde trabaja Asiimwe) se emplaza en un conjunto de casitas en una claro de la selva. El ruido del entorno es atronador y los babuinos se pasean tranquilamente entre los barracones. El día después del rescate, el 6 de febrero, también se paseaba por allí un grupo de personas mayores estadounidenses que emplean sus vacaciones para ayudar en proyectos de conservación.

Asiimwe les describe el conflicto que afecta a los 800 kilómetros cuadrados de la reserva –el mayor bosque natural de Uganda, casa de casi 1.000 chimpancés. «En los últimos cinco años, los chimpancés han matado a ocho niños», dice la veterinaria. La degradación de la selva empuja a los chimpancés a buscar comida en los campos fuera de la reserva. «Si se cruzan con un bebé que llora, su instinto es agarrarlo y colgárselo de la barriga. Pero acaban arrastrándolo o arrojándolo a los humanos si estos los atacan», explica. 

Pero también los chimpancés son víctimas. «Hemos encontrado chimpancés lanceados, lapidados y con clavos en el cráneo. Hay gente que usa sus huesos para la magia. Y hemos perdido a grupos enteros por contagiarse de un resfriado humano», relata la veterinaria. 

Hay cada vez más contacto entre humanos y chimpancés. La población de la región y la deforestación crecen ambas a un ritmo superior al 5% anual. La industria de la caña de azúcar y los hidrocarburos del lago Alberto atraen a más y más gente. Además la zona acoge a refugiados del norte de Uganda y de la República Democrática del Congo. «A este ritmo, no habrá selva en 2030», lamenta Asiimwe. 

Buscando trampas

El 7 de febrero, pronto por la mañana, Asiimwe sale con un grupo de seis hombres a buscar trampas en el sector N3 de la selva, uno de los 23 en los que está repartida.  «Son difíciles de ver, pero los furtivos suelen marcarlas con una rama rota o un árbol cercano, para recordar donde están», explica Ochokuru Seteson, un guardia de 44 años. 

«Si vamos de patrulla en la selva profunda, podemos encontrar hasta 400 o 500 trampas en una semana», afirma. Las más sencillas son cuerdas de hierro o nailon atadas a una rama doblada, a lo largo de un camino. Cuando un animal pone una pata en la trampa la rama se dispara y la cuerda se cierra alrededor de la pata. 

La científica y su equipo, durante una intervención para liberar un ejemplar joven de chimpancé de una trampa de cazadores furtivos. / BUDONGO CONSERVATION FIELD STATION

El mismo efecto se obtiene poniendo las cuerdas encima de agujeros cubiertos de hojas. Pero algunos furtivos emplean incluso cepos: bocas de metal que se cierran en las extremidades de quien las pisa. «Los furtivos van a por antílopes y jabalíes, pero los chimpancés pasan por los mismos caminos y pueden quedarse atrapados», explica Asiimwe.

Es lo que le pasó hace más de 15 años a Gallet, un macho cuya mano quedó presa en un cordel de nailon. Gallet consiguió arrancarlo de la rama pero la herida se infectó. «La mano olía mal y los otros chimpancés lo evitaban: la trampa acabó con su vida social», relata Asiimwe.

Gallet y Kefa

Los veterinarios de Budongo tuvieron que esperar años. «Los chimpancés van en grupo y si dormimos a uno, los otros no dejan que nos acerquemos. Además, cuando reciben el dardo suben a los árboles y hay que preparar un lienzo para que no se estrellen contra el suelo al dormirse», explica Asiimwe. Finalmente, en una misión conjunta con otras organizaciones (Rescue, Ngogo Chimpanzee project, UWA y JGI Uganda), consiguieron liberar a Gallet de la atadura. «Al cabo de una semana ya se estaba desparasitando junto con su comunidad», explica Asiimwe. 

El joven Kefa ha tenido menos suerte. A este se le ató un alambre de metal a la cara. Como nunca se separa de su madre y de su hermana, Asiimwe está esperando a que coincidan tres veterinarios en Budongo, para dormir a los tres a la vez. «Si no intervenimos su mandíbula crecerá deformada», explica la veterinaria. Asiimwe ha visto dedos, manos y piernas cortadas. Si la cuerda se ata al cuello o el animal cae en un cepo, la supervivencia es difícil.

«Caroline es muy buena en su trabajo. Es una persona que inspira a la gente y consigue que hagan cosas que no harían de entrada. Y además es muy buena disparando dardos sedantes», comenta Vernon Reynolds, el primatólogo de Oxford que fundó la estación de Budongo y la dirigió hasta el 2005. 

Los hombres que patrullan la selva con Asiimwe no son guardias cualquiera. «Yo era un furtivo», dice dice Ochokuru Seteson. «Cuando no tienes trabajo, cazar te da comida y consigues dinero vendiendo lo que sobra. Yo nunca atrapé a un chimpancé, pero mi padre, sí», relata. 

Los furtivos

«Para encontrar un ladrón necesitas otro ladrón», bromea Asiimwe. Desde el 2002, la estación de Budongo ha ido empleando hasta seis exfurtivos para que limpien la selva de trampas. «Los furtivos son la gente más pobre: se exponen al riesgo de ser atacados por animales o pillados por la policía porque no tienen otra opción. Nosotros se la ofrecemos», explica la veterinaria. 

Acabada la ronda de la selva, en la tarde del 7 de febrero, Asiimwe visita un pueblo cercano, donde encuentra a Diro Nelson. Es uno de los veteranos del «programa de cabras» de la estación de Budongo.  «La idea es ofrecer recursos alternativos: si esta gente necesita carne, ¿por qué no darles unas cabras a cambio de que dejen de poner trampas?», explica Reynolds, que estuvo en los inicios del programa.

Así lo hizo Nelson y otros furtivos en el 2007. Dos cabras por persona fueron suficientes. Asiimwe les hace un control periódico. Hoy hay más de 150 personas en el proyecto, entre exfurtivos y individuos en riesgo. 

«El número de trampas en la selva se ha reducido. También se había reducido el número de chimpancés heridos, pero desde hace tres años ha repuntado», se queja Asiimwe, que lo atribuye a la presión poblacional. 

Encuentro 

En la ronda del 8 febrero, los guardias oyen gritos en la lejanía. El grupo sigue los chillidos a paso veloz pero en silencio. Se ve movimiento arriba. Allí están: chimpancés saltando por los árboles, con el macho supervisando y los pequeños pegados a las hembras. No hay incidentes: el grupo come feliz entre las ramas. Un ejemplar joven sube disparado por un tronco. «Es Kefa, el del alambre de metal en la cara», explica un guardia.

«Cuando los libero de las trampas, me siento aliviada, por darles otra oportunidad a la vida», comenta Asiimwe. «Son nuestros primos más cercanos. No quiero que un día los niños lean en un libro que había animales que se parecían a nosotros, pero ya no existen», concluye.